Hoy España tiene una cita a las nueve de la noche, de esas que trascienden lo normal. La última vez que estuvimos aquí se podía fumar en los bares, Felipe VI era príncipe, y un café costaba 1,20€. Así podría seguir todo el artículo.
Sin embargo, hay algo que sigue intacto: la ilusión de un país entero. Desde aquel comienzo “mejorable” del Mundial contra Cabo Verde, hemos llegado a cada partido con muchas dudas, pero repletos de esperanza. Nos hemos enfrentado a la Portugal de Cristiano. A la Francia de Mbappé… y les hemos ganado. Hablamos de selecciones históricas, de una calidad indudable. Nosotros también la tenemos, puede que incluso más. Pero hay algo mucho más importante: los españoles tenemos alma. Tenemos un poder de superación y una manera de afrontar las cosas que no se parece a la de nadie. Y lo más importante: cuando nos unimos por algo, somos jodidamente buenos en eso.
Y si no, que se lo pregunten a Portugal. En los octavos de final, con el partido ya asomándose a la prórroga, Mikel Merino apareció en el descuento para eliminar a Cristiano y los suyos. Un partido después, en cuartos contra Bélgica, se repitió el guion casi calcado: Merino, otra vez desde el banquillo, otra vez en el 88, otra vez cuando todos mirábamos el reloj con resignación. No es casualidad. Es una selección que no sabe rendirse hasta que el árbitro pita el final.
Y esa manera de no rendirse no la inventamos en un campo de fútbol. Solo la sacamos a relucir cuando el balón está en juego, porque llevamos practicándola toda la vida, fuera de cualquier estadio.
Recuerdo esos aplausos a las ocho de la tarde a los sanitarios que se dejaban la vida por nosotros durante el coronavirus. Recuerdo cómo nos unimos en el apagón inesperado, cómo nos ayudamos entre vecinos, salimos a la calle y hablamos unos con otros sin perder la ilusión. Porque a un español le puedes quitar todo, que jamás le quitarás la fe ni la esperanza.
De alguna forma, creo que deberíamos ser conscientes de la fuerza que tiene estar unidos y luchar todos juntos por lo que queremos y nos parece justo.
Esta selección, además, lo tiene todo para hacerlo. Un capitán que juega como si llevara veinte años más de los que tiene, un chaval de Barcelona que parece haber nacido para este escenario, y un banquillo capaz de decidir un Mundial sin haber empezado el partido. No es la España de la generosidad y poco más. Es una España que compite de tú a tú con cualquiera, y que además, cuando aprieta el momento, aparece.
Y al frente, un entrenador que sabe de superación mejor que nadie. A Luis de la Fuente le echaron del Alavés en 2011, en Segunda B, a los tres meses y por malos resultados. Pasó más de un año sin equipo, sin cobrar, buscándose la vida. Y en vez de tirar la toalla, empezó de nuevo desde las categorías inferiores de la Federación. Quince años después, está a un partido de ser campeón del mundo. Si hay alguien que entiende lo que significa no rendirse, es él.
Estoy seguro de que esta noche nos traemos la copa del Mundial a casa. No será fácil, ni nos lo pondrán en bandeja. Pero como dice la frase: soy español, ¿a qué quieres que te gane?







