Aconteció que, caminando don Quijote y Sancho por una villa grande y muy ruidosa, toparon con una casa de inmensos cristales, donde se veía a multitud de hombres y mujeres moviendo los brazos, las piernas y hasta el cuello con extraordinario empeño, sin que ninguno pareciese avanzar un solo palmo.
Detuvo Rocinante el paso y el caballero, llevándose la mano sobre los ojos para mirar mejor, exclamó:
—¡Detente, Sancho! No hay duda de que hemos dado con uno de esos castillos donde algún maligno encantador tiene cautivos a los más esforzados caballeros de este siglo.
Miró Sancho con atención y respondió:
—Señor, a mí más me parece una venta donde todos pagan por cansarse.
—Ahí está precisamente el encantamiento —dijo don Quijote—. Cuando los hombres pagan por sufrir creyendo que son libres, la hechicería alcanza su mayor perfección.
Entraron.
Lo primero que vio el caballero fue una larga fila de personas caminando sobre unas bandas negras que corrían sin descanso.
—¡Por vida de Dulcinea! —gritó—. ¡Cuántos peregrinos condenados a recorrer el mismo camino sin esperanza de llegar jamás a ninguna parte!
Un joven vestido con ropas ajustadas respondió sonriendo:
—Estoy haciendo cardio.
—No, buen mancebo —replicó don Quijote—. Lo que hacéis es perseguir el horizonte, que es empresa imposible desde el principio de los tiempos.
Más adelante descubrió a otros levantando enormes pesos para volver inmediatamente a dejarlos donde estaban.
Don Quijote quedó pensativo.
—Jamás vi guerra donde tanta fatiga produjera tan poca conquista.
Sancho, que comenzaba a entender el negocio, dijo:
—Parece que aquí el mérito consiste precisamente en no mover nada.
En una sala cercana había hombres contemplándose en grandes espejos mientras contraían los músculos con solemne gravedad.
Don Quijote bajó la cabeza.
—¡Ay, Sancho! Antes el caballero se miraba para ajustar la armadura. Ahora parece que la armadura se ajusta para que el hombre pueda mirarse.
Siguieron andando.
En una pared colgaban pantallas donde aparecían números que subían y bajaban sin cesar.
Uno celebraba haber quemado seiscientas calorías.
Otro lamentaba no haber alcanzado diez mil pasos.
Otro recibía el aplauso de un reloj que vibraba en su muñeca.
Don Quijote preguntó:
—¿Qué reino han conquistado estos caballeros?
Respondió el entrenador:
—Han cumplido sus objetivos.
—¿Y cuáles eran?
El hombre consultó una tableta.
—Quemar novecientas calorías.
Don Quijote quedó silencioso.
Después murmuró:
—En mis tiempos, Sancho, los hombres contaban las victorias. Ahora cuentan las calorías. No sé si el mundo ha ganado exactitud, pero sospecho que ha perdido grandeza.
Cuando ya abandonaban el edificio, Sancho observó:
—Señor, ninguno parecía desgraciado.
—Ni tampoco feliz —contestó don Quijote.
Caminaron un largo trecho sin hablar.
Por fin el caballero dijo:
—Hay encantamientos peores que convertir gigantes en molinos. El más peligroso consiste en convencer a los hombres de que avanzan mientras permanecen quietos.
Y mientras el sol caía lentamente sobre la ciudad, Rocinante siguió su camino convencido de que aún quedaban gigantes verdaderos, aunque ahora vistieran ropa deportiva y pagaran una cuota mensual para combatir enemigos que nunca existieron.