Hay fechas que nunca dejarán de ser discutidas. Fechas que, incluso transcurridos casi noventa años, siguen dividiendo a los españoles porque todavía hoy se contemplan desde la pasión y no desde la serenidad. El 1 de abril de 1939 es una de ellas.
Después de casi tres años de una guerra fratricida que dejó cientos de miles de muertos, un país devastado y familias rotas para varias generaciones, España amanecía aquel día con un parte oficial que anunciaba el final de la contienda. Terminaban los combates. Se apagaban los cañones. Se cerraba uno de los capítulos más dramáticos de nuestra historia.
Aquel día no puede entenderse como la celebración de una guerra, sino como el final de una tragedia que jamás debió producirse y que fue provocada por las mismas siglas que hoy nos gobiernan.
He defendido siempre que la Guerra Civil no surgió de la nada. Fue el desenlace de un largo proceso de deterioro institucional, de violencia política, de sectarismo y de incapacidad para aceptar al adversario como un compatriota. Surgió del comportamiento irresponsable de la izquierda española. Quien quiera comprender el final del conflicto tiene la obligación moral de estudiar también sus causas.
Durante demasiados años se ha pretendido explicar nuestra historia comenzando en julio de 1936, como si todo lo ocurrido antes careciera de importancia. Sin embargo, el clima de enfrentamiento, el golpe de Estado revolucionario por parte del PSOE en 1934, la persecución política y religiosa, el deterioro del orden público y el asesinato de José Calvo Sotelo forman parte inseparable del camino que condujo a España al desastre.
La guerra fue un inmenso fracaso nacional que provocó la izquierda.
Y precisamente por eso considero que el 1 de abril de 1939 abrió una etapa distinta. España dejaba atrás los frentes abiertos, las trincheras y los combates. Comenzaba el difícil desafío de reconstruir un país materialmente destruido y profundamente dividido.
La paz nunca devuelve la vida a quienes la perdieron. Nunca borra el dolor de las familias. Nunca elimina los recuerdos de quienes padecieron el horror de una guerra entre hermanos. Pero la paz sí permite volver a construir. Permite levantar escuelas, carreteras, viviendas, industrias y proyectos de futuro allí donde antes solo existían ruinas.
Cada generación juzga ese periodo de forma diferente. Hay quien pone el acento en la ausencia de libertades políticas durante el régimen autoritario del General Franco; otros subrayan el proceso de reconstrucción económica y social que experimentó España en las décadas posteriores. Son debates legítimos que seguirán formando parte de nuestra historiografía. Lo que es indudable, es que ese periodo sentó las bases de una España moderna y próspera, donde el pueblo ya estaba reconciliado en los años 40. Lo que vimos a finales de los 80, fue la reconciliación de los partidos políticos, muchos de los cuales habían sido los responsables de provocar la guerra. Fuimos tremendamente ingenuos legalizando esas siglas manchadas de sangre como las del PSOE. Siglas que nunca buscaron ningún tipo de reconciliación, solo ganar en los despachos una guerra que ellos provocaron y que no fueron capaces de ganar en el campo de batalla.
Mi reflexión va por otro camino.
Lo verdaderamente importante es preguntarnos qué lecciones debemos extraer hoy de aquella tragedia.
Porque las guerras civiles no comienzan el día en que se dispara el primer tiro. Empiezan mucho antes. Comienzan cuando se demoniza al discrepante. Cuando se deja de respetar al adversario. Cuando se sustituye el debate por el insulto. Cuando las instituciones dejan de ser percibidas como neutrales. Cuando una parte de la sociedad considera que la otra ha dejado de tener los mismos derechos.
Ahí empiezan todas las fracturas nacionales.
Por eso observo con preocupación algunas dinámicas de la política española actual. No porque crea que la historia vaya a repetirse exactamente igual. La España de 2026 no es la de 1939. Nuestra sociedad, nuestras instituciones y nuestro contexto internacional son completamente distintos, pero no es menos cierto que el PSOE sigue empeñado en repetir los errores del pasado.
Y como les decía, sí percibo una creciente polarización que debería hacernos reflexionar.
Cuando desde el poder se divide constantemente a los ciudadanos entre buenos y malos, entre demócratas y supuestos enemigos de la democracia; cuando se cuestiona la legitimidad del discrepante; cuando se intenta controlar el relato histórico desde las instituciones; cuando la confrontación permanente sustituye al acuerdo, conviene recordar que ninguna democracia sale fortalecida por ese camino.
La historia nunca se repite exactamente. Pero sí suele rimar.
España no necesita volver a abrir las heridas de la Guerra Civil. Necesita conocerlas para no repetirlas.
Necesita estudiar su pasado completo, sin censuras y sin simplificaciones interesadas. Necesita aceptar que nuestra historia está llena de luces y de sombras. Y necesita comprender que ningún proyecto político justifica romper la convivencia entre españoles.
El mejor homenaje que podemos rendir a quienes sufrieron aquella tragedia no consiste en utilizarlos como arma arrojadiza noventa años después.
Consiste en impedir que las nuevas generaciones vuelvan a contemplar al compatriota como un enemigo. Y el actual gobierno está empeñado en todo lo contrario.
Porque si algo debería enseñarnos el siglo XIX, la Segunda República, la Guerra Civil y toda nuestra historia contemporánea es que España siempre ha salido adelante cuando ha sido capaz de reconstruirse sobre la concordia y no sobre el odio.
Ese sigue siendo, noventa años después, el verdadero desafío de nuestra nación.