Para entender la magnitud del abismo al que nos asomamos, vamos a echar la vista atrás y observar el rastro de la ley de violencia de género, que acumula más de dos décadas de desastre. En este tiempo, más de tres millones de hombres han transitado por el purgatorio de los juzgados de la mujer. El 80% de estos procedimientos se archivan o terminan en libre absolución, lo que nos indica y nos da una idea del número de denuncias instrumentalizadas y por consiguiente muchas de ellas, falsas. Sin embargo, para un porcentaje demoledor de esos padres, la denuncia no es el grito de auxilio de una víctima real, sino una herramienta de asedio procesal perfectamente diseñada para apartarlos de sus hijos. Una vía rápida de exclusión biológica y afectiva paterna.
La tragedia está en que las leyes han decidido ignorar la naturaleza humana para abrazar únicamente el dogma ideológico: la idea de que la maldad tiene un sexo exclusivo. Bajo esta norma, las mujeres son descritas como seres de luz incapaces de albergar el rencor, la codicia o la crueldad, mientras que el hombre nace con una soga de serie y da igual si es más larga o más corta, ha de tenerla lista para ser usada poniéndosela alrededor del cuello ante la menor contrariedad con su expareja. Es una simplificación infantil que sería bastante cómica si no estuviera redactada con el sello del BOE.
Cuando la ley se divorcia de la realidad y se entrega a la ingeniería ideológica de mujeres que odian con fervor al hombre y además lo dicen abiertamente y sin ocultarse, las consecuencias son devastadoras. Pregúntenle, si tienen el valor de mirarle a los ojos, a mi gran amigo Eugenio García. Su hija de seis años, Olivia, fue asesinada cruelmente por su madre, Noemí Martínez Largo, con una dosis letal de barbitúricos. El crimen ocurrió apenas unas horas después de que la justicia, tras un calvario de disputas y denuncias instrumentales, decidiera otorgar la custodia al padre. El filicidio fue un acto atroz de una madre que prefirió extinguir la vida de su propia hija antes que asumir la derrota judicial frente a su expareja.
Desde aquí espero, por cierto, que Noemí Martínez Largo se esté pudriendo en el infierno. El dolor de Eugenio es el recordatorio de que el horror no tiene género, y de que la instrumentalización del desamor puede llegar a extremos que desafían la propia condición humana. Sin embargo, la nueva legislación está diseñada para facilitar el camino a quienes utilicen el aparato del Estado como un martillo contra el hombre. A partir de su aprobación definitiva, cualquier persona que decida levantar un muro infranqueable entre un padre y sus hijos solo tendrá que acudir a una comisaría. Sin necesidad de juicio, sin esperar a que un magistrado sopese la verosimilitud del relato, la maquinaria judicial se pondrá en marcha como una guillotina: la custodia suspendida, el contacto roto y el estigma social grabado en la frente del acusado.