Hay fechas que no pueden entenderse de manera aislada. Fechas que no nacen de la improvisación ni del capricho de unos hombres, sino que son la consecuencia de una larga cadena de acontecimientos que van estrechando el margen hasta hacer que una nación se asome al precipicio. El 17 de julio de 1936 fue una de ellas.
Noventa años después, España continúa discutiendo sobre aquella jornada como si todo hubiera comenzado aquella tarde en Melilla. Como si antes no hubiera existido nada. Como si los meses anteriores hubieran sido un ejemplo de convivencia democrática y de respeto institucional. Como si el asesinato de José Calvo Sotelo no hubiese sucedido jamás. Como si la violencia política, los incendios, los atentados, las ocupaciones y el miedo fueran simples anécdotas.
Pero la Historia nunca empieza donde algunos desean.
Durante meses, la España del Frente Popular había ido perdiendo el control del orden público. La autoridad del Estado se confundía demasiadas veces con la autoridad de las milicias. Los adversarios políticos eran perseguidos, agredidos o amenazados. La violencia había dejado de ser una excepción para convertirse en una forma cotidiana de hacer política.
El asesinato del diputado José Calvo Sotelo, cometido por miembros de las fuerzas de seguridad junto a militantes socialistas en la madrugada del 13 de julio, supuso para muchos españoles la constatación de que el Estado había dejado de garantizar la seguridad de quienes pensaban diferente. Su entierro, multitudinario y marcado además por nuevos episodios de violencia, terminó de convencer a muchos de que España caminaba hacia un enfrentamiento inevitable. Recordar que solo en su entierro son asesinadas otras 5 personas.
Mientras tanto, la conspiración militar dirigida por el general Mola seguía preparando un pronunciamiento cuya fecha prevista era el 18 de julio. Sin embargo, los acontecimientos se precipitaron.
En Melilla comenzaron a conocerse indicios de que las autoridades podían haber descubierto parte de la conspiración. El riesgo de detenciones era inminente. Retrasar la decisión podía significar el fracaso de toda la operación.
Fue entonces cuando los mandos comprometidos con el movimiento decidieron adelantarse.
En la tarde del 17 de julio de 1936, Melilla fue la primera ciudad española donde los militares se hicieron con el control de los principales edificios oficiales. La rapidez de la operación impidió una reacción organizada por parte de las autoridades gubernamentales.
Desde ese instante los acontecimientos se sucedieron con enorme velocidad.
Las restantes plazas del Protectorado español en Marruecos fueron adhiriéndose al movimiento. Ceuta, Tetuán, Larache y el resto de las principales guarniciones quedaron bajo control de los sublevados en pocas horas. El Ejército de África, considerado el mejor preparado de España, pasaba a desempeñar un papel decisivo en lo que estaba a punto de comenzar.







