Cada vez que organismos como la Organización Mundial de la Salud o la Organización de las Naciones Unidas felicitan al Gobierno de España de Pedro Sánchez, los españoles deberíamos empezar a preocuparnos. Porque si algo han demostrado estos años es que las estructuras supranacionales, lejos de defender la libertad de los pueblos, se han convertido en instrumentos ideológicos al servicio del globalismo, del control político y de la manipulación social. Y cuando esas organizaciones corruptas y desacreditadas aplauden la gestión de otro aparato igualmente degradado como el PSOE, lo lógico no es tranquilizarse, sino preguntarse qué interés oculto hay detrás de tanta felicitación mutua.
Lo sucedido en las últimas semanas con el llamado “hantavirus” —magnificado hasta extremos ridículos por determinados medios de comunicación y por un Gobierno obsesionado con el relato— vuelve a poner sobre la mesa algo mucho más profundo y preocupante: el uso del miedo como herramienta de ingeniería social. El miedo como arma política. El miedo como método de control.
Porque el sanchismo aprendió durante el coronavirus algo fundamental: una población aterrorizada es mucho más dócil, mucho más obediente y mucho más manipulable. Durante aquellos años oscuros vimos cómo se encerraba ilegalmente a millones de españoles mientras los mismos políticos que imponían restricciones se iban de fiesta, utilizaban coches oficiales, organizaban reuniones clandestinas o se saltaban sus propias normas. Vimos cómo se criminalizaba al discrepante, cómo se señalaba al ciudadano que dudaba, cómo se destruían negocios, familias y derechos fundamentales mientras el Gobierno se enriquecía políticamente en mitad del caos.
Y ahora, años después, vuelven a intentarlo.
No hablamos necesariamente de una nueva pandemia. No se trata de afirmar teorías extravagantes ni de caer en paranoias absurdas. Se trata de observar los hechos. Y los hechos son inquietantes. Muy inquietantes.
Resulta llamativo que días antes de que estallara toda esta alarma mediática, concretamente el 14 de abril, ya se estuvieran realizando simulacros relacionados con posibles crisis sanitarias. Resulta llamativo que determinados medios activaran de inmediato el lenguaje del miedo, hablando de protocolos, alertas y riesgos globales. Resulta llamativo que se intentara generar una sensación de amenaza desproporcionada respecto a unos casos muy limitados y perfectamente controlados. Y resulta todavía más llamativo el uso político que se ha querido hacer de todo ello.
Porque el Gobierno de Sánchez jamás actúa por humanidad. Nunca. Todo lo calcula en términos de propaganda, supervivencia política y control del relato. Y en ese momento concreto había algo que preocupaba enormemente a Moncloa: el avance de los casos de corrupción que cercan al entorno personal y político del presidente del Gobierno, especialmente el caso de Begoña Gómez.
Mientras las informaciones judiciales seguían acumulándose y la posibilidad de ver a la esposa del presidente sentada ante un tribunal dejaba de parecer una hipótesis remota para convertirse en una posibilidad muy real, de repente el foco mediático cambiaba. Otra vez el virus. Otra vez la alarma sanitaria. Otra vez la sensación de amenaza colectiva. Otra vez el miedo inoculado desde arriba.
Y aquí nada parece casual.
Tampoco lo fue la decisión sobre el lugar de atraque del crucero afectado. En vez de dirigirse hacia territorios donde gobierna el PSOE, se optó por situar el foco en una comunidad gobernada por el Partido Popular y concretamente en un municipio gobernado por una coalición entre Fernando Clavijo y el Partido Popular. Mientras tanto, se evitaba cuidadosamente que el desembarco tuviera lugar en zonas políticamente más sensibles para el Gobierno socialista, como podía haber sido el caso de Gran Canaria, donde la alcaldesa es Carolina Darias, precisamente ex ministra de Sanidad y una de las caras visibles del desastre sanitario durante la pandemia del coronavirus.
Porque el sanchismo jamás improvisa cuando se trata de manipular políticamente una crisis.







