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El amor en tiempos de sospecha

El amor en tiempos de sospecha
porEDATV
opinion

Por Jota Camacho

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Una de las palabras más antiguas de la experiencia humana se ha convertido también en una de las más difíciles de definir. El amor. Está en todas partes y, sin embargo, parece escaparse de cualquier intento de explicación. Se escribe, se canta, se legisla y se teoriza sobre él con intensidad. Sin embargo, cuanto más se multiplica el discurso sobre el amor, más da la impresión de que nos alejamos de su comprensión.

Sabemos que el enamoramiento produce alteraciones neuroquímicas concretas y que determinadas sustancias intervienen en la atracción, en el apego y en la sensación de bienestar asociada a la presencia de una persona amada. Sabemos incluso que ciertas regiones cerebrales modifican su actividad cuando alguien experimenta un vínculo afectivo intenso.

Pero existe una diferencia entre describir un proceso y comprender su significado. Conocer la composición química de una obra de arte no permite entender su belleza. Analizar las vibraciones físicas de una sinfonía no explica por qué conmueve a quien la escucha. Del mismo modo, identificar los mecanismos biológicos que participan en el amor no basta para explicar aquello que el amor representa en la vida de una persona.

Desde hace décadas se ha extendido la idea de que el amor no es más que una estrategia evolutiva sofisticada, un conjunto de impulsos desarrollados por la naturaleza para garantizar la reproducción y la supervivencia de la especie. Según esta interpretación, todo lo que los seres humanos han escrito, construido, sacrificado o sufrido en nombre del amor sería, en última instancia, una consecuencia indirecta de procesos biológicos impersonales.

Sin embargo, esa lectura deja fuera precisamente aquello que convierte al amor en una experiencia singular. Porque el ser humano no vive el amor como un fenómeno químico. Lo vive como una decisión, una entrega, una promesa y una forma particular de mirar el mundo. Nadie contempla a su esposa, a su marido, a sus hijos o a sus amigos pensando en neurotransmisores. Lo que percibe es algo más complejo: una relación que ha adquirido valor por sí misma.

Una de las confusiones actuales consiste en identificar el amor con el enamoramiento. Son experiencias relacionadas, pero no equivalentes. El enamoramiento posee algo de irrupción involuntaria. Aparece sin pedir permiso. Modifica las prioridades. Altera la percepción. Hace que una persona destaque entre todas las demás con una intensidad difícil de explicar racionalmente. Durante esa fase, la voluntad participa poco. Se trata, en gran medida, de un acontecimiento que nos sucede. El amor verdadero comienza más tarde.

Empieza cuando desaparece la niebla de la fascinación inicial y surge la realidad completa del otro. Cuando las virtudes dejan de parecer perfectas y los defectos dejan de resultar invisibles. Cuando la convivencia sustituye a la fantasía y cuando el paso del tiempo obliga a abandonar las idealizaciones inevitables de los primeros momentos. Es precisamente entonces cuando aparece la libertad.

Mientras el enamoramiento empuja, el amor elige. El deseo inicial arrastra, el amor decide. La pasión espontánea se alimenta de la novedad, el amor aprende a encontrar profundidad en aquello que ya conoce. Por eso las relaciones duraderas poseen una dignidad que nuestra cultura suele infravalorar. Porque contienen una forma de fidelidad que sólo puede existir allí donde la emoción deja espacio a la voluntad.

Esta idea resulta especialmente difícil de comprender en una época dominada por la lógica de la satisfacción inmediata. Vivimos rodeados de sistemas diseñados para reducir la espera, eliminar la incomodidad y maximizar la capacidad de elección. Todo está pensado para ser sustituible. Cambiamos de dispositivo, de empleo, de entretenimiento y de hábitos con una rapidez desconocida para nuestros abuelos. Esa mentalidad, inevitablemente, termina influyendo también en la forma en que entendemos los vínculos humanos.

Nunca hemos disfrutado de tantas posibilidades de conexión y, sin embargo, la soledad se ha convertido en una de las grandes epidemias de la sociedad. Nunca había sido tan fácil conocer personas nuevas a la vez, resultado tan complicado construir relaciones duraderas. Disponemos de una cantidad prácticamente infinita de opciones, pero esa abundancia no parece habernos acercado a una mayor satisfacción afectiva. Porque el amor no funciona según la lógica del mercado.

El mercado prospera gracias a la posibilidad de comparar alternativas. El amor, por el contrario, nace precisamente cuando una persona deja de ser intercambiable. Amar significa reconocer que alguien posee un valor único e irrepetible. Significa afirmar que, entre millones de seres humanos posibles, existe uno cuya existencia concreta importa de una manera especial. Esa singularidad es incompatible con la mentalidad de catálogo que impregna buena parte de la cultura contemporánea.

Reducir el amor a la relación romántica constituye otro error frecuente. Una de las grandes distorsiones de nuestro tiempo es haber concentrado casi toda la atención emocional sobre la pareja, olvidando otras formas de afecto igualmente esenciales para una vida plena.

La amistad, por ejemplo, representa una de las expresiones más extraordinarias del amor humano. A diferencia de los vínculos familiares, no viene determinada por la sangre. A diferencia de la relación romántica, no depende del deseo. La amistad es una elección libre mediante la cual dos personas deciden compartir una parte de su existencia porque reconocen mutuamente algo valioso en el otro. Quizá por eso las grandes amistades suelen sobrevivir a circunstancias que destruirían relaciones construidas sobre fundamentos más frágiles.

Lo mismo ocurre con el amor filial. Pocas experiencias transforman tanto a una persona como la llegada de un hijo. De repente, alguien descubre que existe un ser cuya felicidad importa más que la propia comodidad. Las prioridades se reorganizan. El tiempo adquiere otra dimensión. El futuro deja de ser una cuestión exclusivamente individual. Quien ha vivido esa experiencia comprende que el amor no consiste únicamente en recibir, sino también en asumir responsabilidades libremente aceptadas.

En realidad, toda forma auténtica de amor comparte una característica común: desplaza el centro de gravedad del individuo. Lo obliga a salir de sí mismo. Lo enfrenta a la evidencia de que existen realidades cuyo valor no depende de su utilidad personal. En una cultura obsesionada con la autorrealización, esta dimensión resulta incómoda porque introduce límites, deberes y renuncias. Sin embargo, también constituye una fuente de significado difícilmente reemplazable.

Las grandes tradiciones filosóficas y religiosas comprendieron esta verdad mucho antes de que existieran los laboratorios. Aunque difieran en sus doctrinas, muchas coinciden en considerar el amor como una fuerza capaz de trascender el interés inmediato. No se trata únicamente de sentir afecto por alguien, sino de orientar la propia voluntad hacia el bien de aquello que se ama. Bajo distintas formas y lenguajes, esa intuición aparece una y otra vez a lo largo de la historia.

Por eso las civilizaciones han construido sus obras más admirables impulsadas por algún tipo de amor. El amor a la verdad alimentó la búsqueda filosófica y científica. El amor a la belleza inspiró artistas, arquitectos y músicos. El amor a la comunidad permitió levantar instituciones capaces de sobrevivir a varias generaciones. Incluso el sacrificio, una palabra hoy poco apreciada, encuentra su sentido más profundo en el amor. Nadie sacrifica algo valioso por aquello que le resulta indiferente.

El amor constituye una forma de resistencia frente a la fragmentación, o a la idea de que todo es provisional. Frente a la tentación de reducir la existencia a cálculos de utilidad o al individualismo que convierte cada relación en una negociación permanente de beneficios y costes.

El amor no transforma únicamente nuestra relación con los demás; transforma también nuestra relación con nosotros mismos. Nos enseña que la plenitud no se encuentra en la ausencia de vínculos, sino en aquellos vínculos que libremente decidimos honrar.

Después de siglos de intentos por reducirlo, clasificarlo o explicarlo por completo, el amor sigue conservando una dimensión de misterio. Porque pertenece a esa categoría de realidades cuya profundidad siempre excede las palabras con las que intentamos describirlas. Un misterio que, en mi caso, cobra sentido diario gracias a las tres mujeres que mueven mi mundo y a las cuales les dedico este artículo, mi esposa y mis dos bellas hijas.

El amor mueve el mundo…


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