Mientras millones de españoles sufren una presión fiscal insoportable, una vivienda inaccesible, una inmigración ilegal descontrolada y una creciente inseguridad jurídica, el Gobierno de Pedro Sánchez parece tener otras prioridades. Entre ellas, ampliar de forma masiva el censo electoral mediante regularizaciones y la concesión acelerada de nacionalidades. No se trata únicamente de una cuestión administrativa o sentimental. Estamos ante una decisión política de enorme trascendencia que afecta directamente al futuro de la nación y a la propia legitimidad democrática del sistema.
La democracia descansa sobre un principio elemental: quienes deciden el rumbo de una nación deben formar parte de ella, compartir su destino y asumir las consecuencias de las decisiones políticas que adopten mediante su voto.
Sin embargo, el Gobierno de Pedro Sánchez parece decidido a alterar ese principio básico.
Durante años hemos asistido a una política de regularizaciones masivas, apertura de fronteras y concesión acelerada de nacionalidades. Ahora, además, observamos cómo desde la izquierda se impulsa la ampliación del acceso a la nacionalidad española para millones de descendientes de españoles residentes en el extranjero al amparo de las llamadas leyes de memoria histórica y memoria democrática.
El argumento oficial apela a una supuesta reparación histórica. La realidad política merece, como mínimo, un debate mucho más profundo.
España tiene repartidos por el mundo millones de descendientes de españoles. Muchos conservan un legítimo vínculo sentimental con la tierra de sus padres o abuelos. Nadie puede negar ese afecto ni el derecho a mantener la memoria familiar. Pero una cosa es respetar ese vínculo y otra muy distinta convertir automáticamente esa relación sentimental en un instrumento con consecuencias políticas directas sobre el futuro de España.
La pregunta es sencilla: ¿debe decidir quién gobierna España una persona que jamás ha vivido en nuestro país, que no paga impuestos aquí, que no utiliza nuestros servicios públicos, que no sufre nuestras leyes, que no soporta las consecuencias de las políticas energéticas, fiscales o migratorias y que, en muchos casos, ni siquiera tiene intención de residir algún día en territorio nacional?
Es una cuestión de sentido común.
Quien vota decide sobre la educación de nuestros hijos, sobre nuestras fronteras, sobre nuestra seguridad, sobre nuestros impuestos y sobre nuestro futuro colectivo. El voto no es un mero trámite burocrático. Es el instrumento más poderoso de una democracia.
Por eso resulta preocupante que la nacionalidad se convierta progresivamente en una herramienta política al servicio de intereses partidistas.







