La sentencia del Tribunal Supremo sobre la trama que durante años ha sacudido los cimientos del Ministerio de Transportes marca un antes y un después en la historia reciente de la corrupción política en España. No estamos ante una simple condena penal. Estamos ante la confirmación judicial de algo que muchos llevamos años denunciando: que José Luis Ábalos y Koldo García no eran dos personajes aislados, dos aventureros que actuaban por libre, dos "lobos solitarios" dentro de la estructura socialista. Eran piezas fundamentales de un engranaje político mucho más amplio.
Durante años, desde las filas socialistas se intentó construir un relato. El mismo relato que ya vimos en los tiempos de Filesa, de los GAL, de los ERE o del caso Tito Berni. Siempre la misma estrategia: presentar los casos de corrupción como comportamientos individuales, como errores personales, como actuaciones ajenas a la organización.
Pero la realidad termina imponiéndose.
José Luis Ábalos no era un militante cualquiera. No era un concejal de pueblo. No era un cargo intermedio perdido en algún rincón de la administración. Fue secretario de Organización del PSOE. Fue ministro de Transportes. Fue la mano derecha de Pedro Sánchez durante años. Fue el hombre que recorrió España organizando el regreso de Sánchez al liderazgo socialista. Fue quien controló el aparato del partido y quien gestionó buena parte del poder interno del sanchismo.
Koldo García tampoco apareció por generación espontánea. No llegó al Ministerio por oposición ni por mérito profesional. Era el hombre de confianza de Ábalos. Su sombra. Su escolta político. Su ejecutor.
Por eso resulta sencillamente ridículo intentar convencer a los españoles de que ambos actuaban al margen del partido.
La pregunta que muchos ciudadanos se hacen es evidente: ¿de verdad alguien puede creer que durante años se desarrollara una estructura de favores, comisiones, adjudicaciones y tráfico de influencias alrededor de uno de los ministerios más importantes del Gobierno sin que nadie más supiera nada?
La sentencia desmonta el discurso de quienes han pretendido reducir todo este escándalo a un simple problema personal de Ábalos y Koldo.
Pero si hay algo que ha puesto especialmente nervioso al PSOE no son las condenas de Ábalos o de Koldo. Lo que verdaderamente ha provocado inquietud en Ferraz es la situación de Víctor de Aldama.
Porque Aldama ha demostrado algo que el socialismo teme por encima de cualquier otra cosa: que colaborar con la Justicia tiene consecuencias positivas para quien decide contar la verdad.
El Tribunal Supremo ha reconocido expresamente esa colaboración aplicándole una atenuante muy cualificada. Gracias a esa cooperación, la condena resulta notablemente inferior y además queda suspendida bajo determinadas condiciones.
Y aquí es donde la izquierda política y mediática ha mostrado toda su hipocresía.
Los mismos que durante años han defendido los beneficios penales para terroristas arrepentidos, para delincuentes colaboradores o para cualquier figura contemplada por nuestro ordenamiento jurídico, ahora ponen el grito en el cielo porque Víctor de Aldama ha obtenido una reducción de pena gracias a su cooperación con la Justicia.
¿Por qué les molesta tanto?
La respuesta es sencilla.
Porque no les preocupa Aldama.
Les preocupa el precedente.







