El plan de Sánchez: controlar el relato, colonizar las instituciones y convertir la sospecha en norma

El plan de Sánchez: controlar el relato, colonizar las instituciones y convertir la sospecha en norma
porJavier Garcia Isac
opinion

Cuando el poder deja de aceptar límites

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Hay momentos en la historia de las naciones en los que los ciudadanos tienen la obligación moral de preguntarse hacia dónde se dirige su país. No basta con observar los acontecimientos de forma aislada. Es necesario unir las piezas del puzle. Y cuando se unen todas las piezas que hoy tenemos delante, el resultado es profundamente inquietante.

Las reflexiones expuestas por la periodista Isabel Durán sobre los mecanismos de identificación digital y los riesgos asociados a determinados cambios impulsados por el Gobierno no deberían despacharse con insultos, campañas de descrédito o ataques personales. Precisamente cuando una información genera dudas razonables, la obligación de un gobierno democrático es responder con transparencia y permitir el debate público. Sin embargo, la reacción de Moncloa y de sus terminales mediáticas ha sido exactamente la contraria: desacreditar al mensajero antes que responder a las preguntas.

Lo verdaderamente preocupante no es un asunto concreto. Lo preocupante es el patrón.

Porque cuando observamos los últimos años del sanchismo comprobamos que existe una constante: el control del relato, la ocupación de las instituciones y la eliminación progresiva de cualquier contrapoder.


La colonización del Estado


Pedro Sánchez llegó al poder prometiendo regeneración democrática. Ocho años después, España se encuentra inmersa en una crisis institucional sin precedentes desde la Transición.

El Gobierno ha convertido organismos que deberían ser neutrales en instrumentos políticos. RTVE, el CIS, la Fiscalía General del Estado, organismos reguladores y numerosas estructuras públicas han sido objeto de una colonización sistemática cuyo objetivo parece evidente: asegurar que el relato oficial prevalezca sobre cualquier versión alternativa.

Cuando un periodista investiga, se le señala.

Cuando un juez investiga, se le desacredita.

Cuando la Guardia Civil investiga, se intenta cuestionar su trabajo.

Cuando un medio publica información incómoda, se le acusa de difundir bulos.

No estamos ante hechos aislados. Estamos ante una metodología.

Y eso es lo que hace que las advertencias resulten especialmente graves.


El peligro de la identificación digital sin garantías


La polémica planteada por Isabel Durán gira en torno a la necesidad de que cualquier sistema digital de identificación mantenga mecanismos robustos de verificación y autenticación. Según las informaciones publicadas, la controversia surgió por la eliminación de determinados procesos de validación en tiempo real para la identificación mediante aplicaciones digitales en procesos electorales, algo que generó un intenso debate público.


La cuestión fundamental no es si ha existido fraude.

La cuestión es si pueden existir vulnerabilidades.

En una democracia madura, señalar una posible vulnerabilidad debería ser considerado un ejercicio de responsabilidad.

Sin embargo, en la España de Sánchez, quien señala un problema se convierte automáticamente en enemigo del régimen.

Y ahí reside el verdadero peligro.

Porque una democracia no muere necesariamente el día que se produce una irregularidad.

Muere cuando ya no se permite preguntar si esa irregularidad es posible.


El proyecto del sanchismo


Muchos españoles siguen pensando que todo esto son episodios inconexos.

No lo son.

La amnistía a quienes intentaron destruir España.

Los ataques permanentes al Poder Judicial.

La utilización partidista de RTVE.

La persecución de medios críticos.

La presión sobre periodistas.

La demonización de jueces y fiscales.

La descalificación constante de la Guardia Civil cuando investiga casos de corrupción.

La dependencia parlamentaria de separatistas y herederos políticos del terrorismo.

Todo forma parte de una misma lógica política: eliminar cualquier obstáculo para la permanencia en el poder.

Ese es el auténtico plan.

No se trata únicamente de gobernar.

Se trata de construir un sistema donde perder el poder sea cada vez más difícil.

Una democracia necesita desconfianza hacia el poder

Los padres de los sistemas democráticos entendían una verdad elemental: el poder necesita límites porque tiende naturalmente al abuso.

Por eso existen jueces independientes.

Por eso existe una prensa libre.

Por eso existen fuerzas de seguridad sometidas a la ley y no al partido gobernante.

Por eso existen mecanismos de control.

Cuando esos mecanismos empiezan a ser vistos como enemigos por quienes gobiernan, la democracia entra en zona de peligro.

Y eso es exactamente lo que está ocurriendo.

Cada día que pasa, el Gobierno parece más preocupado por controlar la información que por responder a las informaciones.

Más preocupado por desacreditar a quien investiga que por aclarar los hechos investigados.

Más preocupado por conservar el poder que por fortalecer las instituciones.

España ante una encrucijada

La gran cuestión ya no es Pedro Sánchez.

La gran cuestión es España.

La pregunta es si los españoles están dispuestos a aceptar una deriva en la que cada institución termine subordinada a los intereses de un partido político.

Porque cuando desaparecen los contrapesos, cuando se intimida a quienes investigan y cuando se pretende imponer una verdad oficial, la democracia deja de ser una democracia plena y comienza a convertirse en otra cosa.

Por eso las advertencias deben ser escuchadas.

No porque quien las formule tenga siempre razón.

Sino porque una sociedad libre necesita poder debatirlas sin miedo.

El problema no es que existan preguntas incómodas.

El problema es que desde el poder se pretenda impedir que se formulen.

Y esa, hoy, es probablemente la amenaza más seria a la que se enfrenta nuestra democracia.



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