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Cuando la verdad molesta, fabrican un relato

Cuando la verdad molesta, fabrican un relato
porJavier Garcia Isac
opinion

Niegan las imágenes, niegan los hechos, niegan la realidad


Hay algo profundamente revelador en la España de hoy: cuanto más graves son los escándalos que cercan al poder, más agresiva se vuelve la maquinaria mediática encargada de blanquearlos. Ya no se conforman con ocultar, minimizar o distraer. Ahora directamente niegan lo evidente. Niegan las imágenes, niegan los hechos, niegan la realidad. Y lo hacen con una desfachatez que solo puede sostenerse desde la impunidad que otorga controlar demasiados micrófonos y demasiados platós.

Lo hemos vuelto a ver con todo lo relacionado con Begoña Gómez y el clima de tensión generado en torno a quienes investigan, preguntan o informan sobre los asuntos que la rodean. Cuando aparecen vídeos, testimonios o escenas claras donde determinados entornos actúan con hostilidad contra periodistas, no importa. El mecanismo se activa de inmediato: darle la vuelta a todo. Convertir al acosado en acosador. Presentar a la víctima como verdugo. Y transformar al periodista incómodo en enemigo público.

No es nuevo. Es la vieja táctica del poder cuando se siente acorralado: desacreditar al mensajero para no responder al mensaje.

La izquierda del negacionismo selectivo

Durante años nos dijeron que el negacionismo era un pecado civil. Pero hoy asistimos al negacionismo más descarado de todos: el negacionismo político. Niegan lo que cualquiera puede ver. Niegan los vídeos. Niegan los insultos. Niegan la presión organizada. Niegan el señalamiento constante. Niegan la utilización partidista de medios públicos. Niegan incluso la persecución a quienes no se someten.

Si una cámara recoge un hecho incómodo para el Gobierno, la culpa será de la cámara. Si un reportero formula una pregunta incómoda, la culpa será del reportero. Si un medio destapa un escándalo, la culpa será del medio. Nunca del poder.

Y así hemos llegado a una situación grotesca donde determinados tertulianos, comunicadores y agitadores disfrazados de periodistas se permiten señalar a profesionales honestos mientras ellos actúan como comisarios ideológicos al servicio del Ejecutivo.

Televisiones públicas convertidas en trincheras

Lo más grave no es que existan medios afines al Gobierno. Eso ha ocurrido siempre. Lo verdaderamente escandaloso es la utilización de recursos públicos para imponer una versión oficial y criminalizar a la disidencia. Televisiones pagadas por todos convertidas en instrumentos de propaganda de unos pocos.

Desde esos espacios se insulta a reporteros libres, se ridiculiza a medios incómodos y se intenta inocular la idea de que solo es periodismo aquello que no molesta al poder. Lo demás, dicen, es activismo.

Curiosa definición la suya: llamar activista al que pregunta y periodista al que obedece.

El miedo al periodismo libre

Lo que realmente les irrita no es un micrófono. Es perder el monopolio del relato. Durante décadas bastaba con controlar unas cuantas redacciones y unos cuantos consejos audiovisuales. Hoy eso ya no alcanza. Existen medios alternativos, digitales, independientes y reporteros que salen a la calle sin pedir permiso.

Por eso atacan con tanta furia a grupos como EDATV o Informa Radio. Por eso cargan contra periodistas como Vito Quiles o Tate Barceló. Porque preguntan donde otros callan. Porque incomodan donde otros aplauden. Porque no aceptan la censura social del régimen de lo políticamente útil.

Sin blanqueamiento mediático no habría llegado tan lejos

Conviene decirlo con claridad: ningún proceso de degradación institucional alcanza ciertos niveles sin una red de protección mediática. Ningún poder cercado por sospechas, contradicciones y escándalos resiste tanto tiempo sin altavoces dispuestos a justificar lo injustificable.

Si hoy España vive una etapa marcada por la polarización tóxica, la colonización institucional y la confusión deliberada entre partido, Gobierno y Estado, es también porque demasiados comunicadores decidieron dejar de fiscalizar al poder para servirle.

No informan: administran relatos.

La calle ya no compra el engaño

Pero hay algo que empieza a cambiar. La distancia entre el discurso oficial y la percepción real de la gente es cada vez mayor. El ciudadano ve, compara y saca conclusiones. Ya no basta con un tertuliano indignado o un programa amañado para borrar lo que circula en miles de móviles.

La propaganda pierde eficacia cuando la realidad aprieta.

De ahí la ansiedad creciente del poder. De ahí la agresividad. De ahí la obsesión por desacreditar a quien investiga. De ahí la necesidad de fabricar enemigos interiores.

Defender la verdad sigue siendo una obligación

En una democracia sana, el periodista incómodo es necesario. El reportero que insiste, pregunta y molesta cumple una función esencial. El problema no es quien pregunta. El problema es quien no quiere responder.

Por eso hoy más que nunca toca defender el trabajo honesto de tantos profesionales que, con más riesgos que privilegios, siguen haciendo periodismo de verdad. Y toca denunciar a quienes pretenden sustituir la verdad por propaganda, la información por consigna y la crítica por linchamiento.

Porque cuando un Gobierno necesita que la mentira prevalezca, no estamos ante un Gobierno fuerte. Estamos ante un poder asustado.

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