(Este texto es un trocito de la biografía de 1001 páginas que estoy escribiendo sobre Fernando Arrabal)
Hay hombres que escriben libros.
Y hay otros —más extraños— que terminan convirtiéndose ellos mismos en una forma de escritura.
Fernando Arrabal pertenece a esta última especie.
No porque haya cultivado el escándalo, como tantas veces han repetido los periódicos con esa pereza que suele reservarse para las vidas difíciles de clasificar, sino porque en torno a él la realidad parece perder ligeramente su posición habitual. Apenas unos centímetros. Lo suficiente, sin embargo, para que una silla deje de ser enteramente una silla, una carcajada conserve todavía el eco del miedo y una conversación pueda transformarse, de pronto, en un pequeño episodio metafísico.
Tal vez por eso resulte tan complicado hablar de Arrabal sin caer en simplificaciones. El personaje amenaza siempre con devorar al creador. Las gafas imposibles, la risa súbita, los gestos ceremoniales, las provocaciones, las entrevistas donde parece mezclar inocencia y dinamita. Todo eso existe, desde luego. Pero quedarse ahí sería tan injusto como describir el mar atendiendo únicamente a la espuma.

Debajo de esa superficie hay otra cosa.
Una herida antigua, probablemente irreparable, que atraviesa toda su obra sin necesidad de nombrarse continuamente. Porque Arrabal nunca ha escrito desde la comodidad intelectual del laboratorio ni desde el cinismo elegante de ciertos fabricantes de vanguardia. Su teatro, incluso cuando juega, incluso cuando se disfraza de farsa, conserva la gravedad de quien aprendió demasiado pronto que el mundo puede quebrarse de un día para otro y dejar a un niño frente a un silencio imposible de comprender.
Quizá ahí resida el secreto de su permanencia.
Muchas provocaciones envejecen mal. El escándalo tiene fecha de caducidad. La irreverencia profesional acaba pareciéndose demasiado a un uniforme. Pero algunas obras sobreviven porque nacen de una verdad más profunda que las modas culturales. Y en Arrabal esa verdad tiene que ver con el miedo, con la fragilidad, con la crueldad burocrática de la historia y también —de manera inesperada— con una forma obstinada de inocencia.
No la inocencia ingenua, claro está, sino esa otra más difícil de encontrar: la del hombre que sigue mirando el mundo con asombro incluso después de haber descubierto su ferocidad.
Por eso sus textos producen una sensación tan singular. Uno entra en ellos creyendo que va a encontrar extravagancia y termina encontrando intemperie. Espera juegos verbales y aparece, en cambio, una pregunta moral. Cree asistir a una ceremonia del absurdo y descubre que lo absurdo quizá no esté en el escenario, sino fuera de él.
En el fondo, Arrabal nunca ha necesitado deformar demasiado la realidad. Le ha bastado desplazarla apenas un poco para revelar lo que escondía.
Ese desplazamiento mínimo constituye probablemente una de sus grandes conquistas artísticas. Otros autores construyen universos enteramente fantásticos para inquietar al lector. Arrabal simplemente corre una silla unos centímetros. Y de pronto todo empieza a parecer extraño. No irreal: extraño. Como ocurre en ciertos sueños donde cada objeto permanece en su sitio y, sin embargo, algo resulta profundamente incorrecto.







