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FERNANDO ARRABAL O EL LEVE DESPLAZAMIENTO DEL MUNDO

FERNANDO ARRABAL O EL LEVE DESPLAZAMIENTO DEL MUNDO
Ilustraciónes de José Rivela Rivela
porEDATV
opinion

Por José Rivela Rivela (el cronista apartado)

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(Este texto es un trocito de la biografía de 1001 páginas que estoy escribiendo sobre Fernando Arrabal)

Hay hombres que escriben libros.

Y hay otros —más extraños— que terminan convirtiéndose ellos mismos en una forma de escritura.

Fernando Arrabal pertenece a esta última especie.

No porque haya cultivado el escándalo, como tantas veces han repetido los periódicos con esa pereza que suele reservarse para las vidas difíciles de clasificar, sino porque en torno a él la realidad parece perder ligeramente su posición habitual. Apenas unos centímetros. Lo suficiente, sin embargo, para que una silla deje de ser enteramente una silla, una carcajada conserve todavía el eco del miedo y una conversación pueda transformarse, de pronto, en un pequeño episodio metafísico.

Tal vez por eso resulte tan complicado hablar de Arrabal sin caer en simplificaciones. El personaje amenaza siempre con devorar al creador. Las gafas imposibles, la risa súbita, los gestos ceremoniales, las provocaciones, las entrevistas donde parece mezclar inocencia y dinamita. Todo eso existe, desde luego. Pero quedarse ahí sería tan injusto como describir el mar atendiendo únicamente a la espuma.

Ilustración de José Rivela
Ilustración de José Rivela

Debajo de esa superficie hay otra cosa.

Una herida antigua, probablemente irreparable, que atraviesa toda su obra sin necesidad de nombrarse continuamente. Porque Arrabal nunca ha escrito desde la comodidad intelectual del laboratorio ni desde el cinismo elegante de ciertos fabricantes de vanguardia. Su teatro, incluso cuando juega, incluso cuando se disfraza de farsa, conserva la gravedad de quien aprendió demasiado pronto que el mundo puede quebrarse de un día para otro y dejar a un niño frente a un silencio imposible de comprender.

Quizá ahí resida el secreto de su permanencia.

Muchas provocaciones envejecen mal. El escándalo tiene fecha de caducidad. La irreverencia profesional acaba pareciéndose demasiado a un uniforme. Pero algunas obras sobreviven porque nacen de una verdad más profunda que las modas culturales. Y en Arrabal esa verdad tiene que ver con el miedo, con la fragilidad, con la crueldad burocrática de la historia y también —de manera inesperada— con una forma obstinada de inocencia.

No la inocencia ingenua, claro está, sino esa otra más difícil de encontrar: la del hombre que sigue mirando el mundo con asombro incluso después de haber descubierto su ferocidad.

Por eso sus textos producen una sensación tan singular. Uno entra en ellos creyendo que va a encontrar extravagancia y termina encontrando intemperie. Espera juegos verbales y aparece, en cambio, una pregunta moral. Cree asistir a una ceremonia del absurdo y descubre que lo absurdo quizá no esté en el escenario, sino fuera de él.

En el fondo, Arrabal nunca ha necesitado deformar demasiado la realidad. Le ha bastado desplazarla apenas un poco para revelar lo que escondía.

Ese desplazamiento mínimo constituye probablemente una de sus grandes conquistas artísticas. Otros autores construyen universos enteramente fantásticos para inquietar al lector. Arrabal simplemente corre una silla unos centímetros. Y de pronto todo empieza a parecer extraño. No irreal: extraño. Como ocurre en ciertos sueños donde cada objeto permanece en su sitio y, sin embargo, algo resulta profundamente incorrecto.

Tal vez el arte verdadero consista precisamente en eso.

No en inventar otro mundo, sino en obligarnos a mirar de nuevo éste.

A lo largo de los años, muchos intentaron reducir a Arrabal a una etiqueta cómoda: dramaturgo provocador, autor pánico, enfant terrible, agitador cultural. Era inevitable. Las sociedades necesitan clasificar rápidamente aquello que no comprenden del todo. El problema es que Arrabal nunca permaneció quieto dentro de ninguna definición. Cada vez que parecía estabilizarse en una imagen pública, algo en él volvía a desplazarse.

Y quizá esa movilidad explique también la vitalidad de su obra. Hay autores que terminan convertidos en monumentos. Sus libros sobreviven, sí, pero alrededor de ellos empieza a acumularse un silencio museístico. Con Arrabal ocurre lo contrario: incluso hoy sigue produciendo una extraña sensación de inestabilidad. Uno tiene la impresión de que algo todavía puede suceder alrededor de su nombre.

No es una cualidad frecuente.

Muchos artistas logran prestigio. Muy pocos conservan presencia.

La presencia es otra cosa. No depende de premios ni de manuales universitarios. Tiene más relación con cierta electricidad secreta que continúa respirando alrededor de algunas personas incluso cuando el tiempo parece haberlas vuelto improbables.

Arrabal conserva esa electricidad.

Quizá porque nunca aceptó del todo las versiones oficiales de la realidad. Ni las políticas, ni las culturales, ni siquiera las sentimentales. Siempre permaneció ligeramente desplazado respecto al lugar donde se esperaba encontrarlo. Y desde ahí —desde ese margen incómodo, vulnerable, a veces ferozmente cómico— levantó una de las obras más singulares de la literatura europea contemporánea.

No deja de resultar curioso que una trayectoria tan atravesada por el dolor haya producido también tantas formas de humor. Pero acaso el humor de Arrabal no sea exactamente humor. O no solamente. Se parece más a un mecanismo de supervivencia espiritual. A una forma de impedir que el horror adquiera la última palabra.

Hay risas que distraen.

Y otras que defienden.

Las de Arrabal pertenecen a esta última categoría.

Por eso, cuando uno vuelve a sus libros, a sus cartas, a ciertas entrevistas donde parece hablar como un niño sabio o como un anciano que todavía conserva intacta la capacidad de asombro, comprende que lo importante nunca fue el escándalo exterior. Lo importante era otra cosa mucho más difícil de explicar y quizá también mucho más rara: esa manera suya de permanecer frente al mundo sin terminar de obedecerlo nunca del todo.

Y acaso sea precisamente ahí —en esa leve desobediencia interior— donde continúe respirando su verdadera obra.


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