España empieza a acostumbrarse a una frase terrible: nadie podía preverlo. La escuchamos después de cada tragedia. La escuchamos después de cada desastre. La escuchamos cuando hay muertos, cuando hay familias rotas, cuando hay preguntas sin responder y cuando el poder necesita ganar tiempo para que el dolor se enfríe.
Ahora ocurre con el accidente ferroviario de Adamuz. El presidente de la Comisión de Investigación de Accidentes Ferroviarios llegó a calificarlo como un hecho “fortuito y de mala suerte”, mientras reconocía incidencias frecuentes en la red y señalaba dudas sobre el origen técnico del siniestro. Y eso, precisamente, es lo insoportable: que cuando todavía hay cadáveres recientes, cuando todavía hay familias esperando respuestas, el sistema empiece a envolverlo todo en el papel de celofán de la fatalidad.
Porque si todo fue mala suerte, nadie es responsable.
Si nadie podía preverlo, nadie dimite.
Si fue fortuito, nadie paga.
Si fue inevitable, el poder queda absuelto.
Y esa es la gran mentira.
No se trata de anticipar cada tragedia como si los gobernantes fueran profetas. Se trata de saber si hubo avisos, si hubo fallos, si hubo abandono, si hubo mantenimiento insuficiente, si hubo protocolos incumplidos, si hubo decisiones políticas que deterioraron la seguridad. Se trata de saber si la vida de los españoles está en manos de servidores públicos o de administradores de excusas.
La tragedia de Adamuz no puede despacharse con una frase de sobremesa. El accidente del 18 de enero de 2026 dejó decenas de muertos y más de un centenar de heridos.Y mientras tanto, el ministro de Transportes, Óscar Puente, rechazó dimitir o asumir algún tipo de responsabilidad. Fiel a la ética socialista, la culpa siempre es de otro, y no no se encuentra, es un asunto fortuito e inevitable.
Nada nuevo.
En España ya no dimite nadie. Ni por una pandemia gestionada con improvisación, oscurantismo y propaganda. Ni por una cifra de muertos que todavía pesa como una losa sobre la conciencia nacional. Ni por el apagón del que acaba de cumplirse un año sin explicaciones convincentes. Ni ahora por una catástrofe ferroviaria que debería haber provocado una sacudida institucional de primer orden.
Aquí la responsabilidad política ha sido sustituida por la rueda de prensa. La dimisión, por el argumentario. La verdad, por el relato.
Nos gobierna una clase política que siempre llega tarde al desastre y demasiado pronto a la excusa. Y si puede, hace negocio con la tragedia, o como mínimo intenta sacar rédito político con la misma. Cuando hay inauguraciones, aparecen todos. Cuando hay fotos, todos quieren salir. Cuando hay medallas, todos se empujan. Pero cuando hay muertos, empiezan las competencias cruzadas, los informes pendientes, las investigaciones eternas, las frases calculadas, la promesa de auditorías que nunca llegan y el “no es momento de buscar culpables”.
Nunca es momento de buscar culpables para quienes temen ser encontrados.
Lo vimos durante la pandemia. Se encerró a los españoles, se arruinaron negocios, se aisló a ancianos, se prohibieron despedidas, se impuso el miedo como método de gobierno y después nadie asumió nada. Lo vimos con los contratos, con las mascarillas, con los comités fantasma, con las cifras cambiantes y con una sociedad sometida a una ingeniería de obediencia. Hubo dolor, pero no hubo responsabilidades y si mucho negocio a costa de nuestro encierro y de nuestros muertos.
Lo vimos también con la gota fria de Valencia de 2024, donde una reconstrucción periodística habló de doce horas trágicas y de “gravísima inactividad con resultado mortal”, con alertas reiteradas y decisiones tardías. Allí también se intentó convertir la imprevisión en fatalidad y la falta de reacción en tragedia inevitable.
Lo vemos ahora con Adamuz.
Y conviene decirlo claro: cuando un Estado se acostumbra a llamar mala suerte a lo que puede ser negligencia, ese Estado se vuelve peligroso para sus ciudadanos. Porque la mala suerte no firma presupuestos. La mala suerte no decide inversiones. La mala suerte no nombra cargos. La mala suerte no gestiona infraestructuras. La mala suerte no ignora advertencias. La mala suerte no mantiene estructuras politizadas. La mala suerte no se sienta en consejos de administración.
Las decisiones las toman personas.







