El 23 de mayo de 1924, en el XIII Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, el aparato bolchevique comenzaba oficialmente la demolición política de León Trotski. Apenas habían pasado unos meses desde la muerte de Lenin, y lo que se presentaba ante el mundo como un debate ideológico dentro del comunismo era, en realidad, una guerra despiadada por el poder absoluto. Una lucha sin cuartel entre dos monstruos políticos, entre dos concepciones del terror revolucionario, entre dos formas distintas de entender la expansión del marxismo, pero con un mismo objetivo final: imponer la dictadura totalitaria del comunismo sobre los pueblos.
Aquel congreso de 1924 marcó el inicio de la derrota del trotskismo y el ascenso imparable de Iósif Stalin. Pero conviene recordar algo fundamental que demasiados ingenuos olvidan todavía hoy: ni Trotski era el bueno, ni Stalin el malo. Ambos eran criminales revolucionarios. Ambos defendían la violencia como método político. Ambos justificaban el exterminio del adversario. Ambos despreciaban la libertad, la religión, la propiedad y la nación. Lo único que les separaba era la estrategia para consolidar el poder soviético.
Trotski había sido el gran arquitecto del Ejército Rojo, el organizador del terror revolucionario durante la Guerra Civil rusa y uno de los responsables directos de la maquinaria represiva bolchevique. Stalin, por su parte, era el hombre gris del aparato, el burócrata implacable, silencioso y paciente que comprendió antes que nadie que el verdadero poder no estaba en los discursos incendiarios, sino en el control absoluto del partido.
Trotski defendía la llamada “revolución permanente”. Consideraba que el comunismo sólo sobreviviría si se extendía rápidamente por Europa y el resto del mundo. Para él, la URSS debía convertirse en el motor de una insurrección internacional constante. Stalin, en cambio, sostenía la tesis del “socialismo en un solo país”. Creía que primero había que consolidar el poder soviético dentro de Rusia antes de exportar la revolución al exterior.
Las diferencias tácticas eran evidentes. Pero el fondo era exactamente el mismo: ambos soñaban con una tiranía planetaria basada en el marxismo. Uno quería incendiar el mundo inmediatamente. El otro prefería fortalecer primero el Estado soviético para después extender su imperio. Ninguno defendía la libertad. Ninguno defendía la democracia. Ninguno defendía la dignidad humana.
La historia posterior demuestra además que Stalin no sólo derrotó políticamente a Trotski, sino que convirtió el comunismo en una gigantesca maquinaria de paranoia, purgas y exterminio. El estalinismo acabó acusando a los trotskistas de “fascistas”, “agentes del imperialismo” o “colaboradores de Hitler”, utilizando exactamente los mismos mecanismos de propaganda y demonización que hoy siguen utilizando muchos movimientos de extrema izquierda contra cualquiera que discrepe de ellos.
Porque el comunismo siempre termina igual: devorándose a sí mismo.
El comunista moderado acaba acusado de traidor. El revolucionario termina denunciado por revisionista. El compañero de partido pasa a ser enemigo del pueblo. El camarada se convierte en sospechoso. Y el régimen necesita constantemente nuevas purgas para justificar su propia existencia.
Existe una vieja frase que resume perfectamente esta lógica interna del marxismo revolucionario: “Cuando entran cinco comunistas en una habitación, sólo salen vivos dos, y tres nuevos partidos, sindicatos o facciones”. No es una exageración. Es la esencia misma de la izquierda revolucionaria: la división permanente, la lucha intestina y la eliminación del discrepante.







