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Trotski contra Stalin: cuando la revolución empezó a devorar a sus propios hijos

Trotski contra Stalin: cuando la revolución empezó a devorar a sus propios hijos
porJavier Garcia Isac
opinion

Aquel congreso de 1924 marcó el inicio de la derrota del trotskismo y el ascenso imparable de Iósif Stalin

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El 23 de mayo de 1924, en el XIII Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, el aparato bolchevique comenzaba oficialmente la demolición política de León Trotski. Apenas habían pasado unos meses desde la muerte de Lenin, y lo que se presentaba ante el mundo como un debate ideológico dentro del comunismo era, en realidad, una guerra despiadada por el poder absoluto. Una lucha sin cuartel entre dos monstruos políticos, entre dos concepciones del terror revolucionario, entre dos formas distintas de entender la expansión del marxismo, pero con un mismo objetivo final: imponer la dictadura totalitaria del comunismo sobre los pueblos.

Aquel congreso de 1924 marcó el inicio de la derrota del trotskismo y el ascenso imparable de Iósif Stalin. Pero conviene recordar algo fundamental que demasiados ingenuos olvidan todavía hoy: ni Trotski era el bueno, ni Stalin el malo. Ambos eran criminales revolucionarios. Ambos defendían la violencia como método político. Ambos justificaban el exterminio del adversario. Ambos despreciaban la libertad, la religión, la propiedad y la nación. Lo único que les separaba era la estrategia para consolidar el poder soviético.

Trotski había sido el gran arquitecto del Ejército Rojo, el organizador del terror revolucionario durante la Guerra Civil rusa y uno de los responsables directos de la maquinaria represiva bolchevique. Stalin, por su parte, era el hombre gris del aparato, el burócrata implacable, silencioso y paciente que comprendió antes que nadie que el verdadero poder no estaba en los discursos incendiarios, sino en el control absoluto del partido.

Trotski defendía la llamada “revolución permanente”. Consideraba que el comunismo sólo sobreviviría si se extendía rápidamente por Europa y el resto del mundo. Para él, la URSS debía convertirse en el motor de una insurrección internacional constante. Stalin, en cambio, sostenía la tesis del “socialismo en un solo país”. Creía que primero había que consolidar el poder soviético dentro de Rusia antes de exportar la revolución al exterior.

Las diferencias tácticas eran evidentes. Pero el fondo era exactamente el mismo: ambos soñaban con una tiranía planetaria basada en el marxismo. Uno quería incendiar el mundo inmediatamente. El otro prefería fortalecer primero el Estado soviético para después extender su imperio. Ninguno defendía la libertad. Ninguno defendía la democracia. Ninguno defendía la dignidad humana.

La historia posterior demuestra además que Stalin no sólo derrotó políticamente a Trotski, sino que convirtió el comunismo en una gigantesca maquinaria de paranoia, purgas y exterminio. El estalinismo acabó acusando a los trotskistas de “fascistas”, “agentes del imperialismo” o “colaboradores de Hitler”, utilizando exactamente los mismos mecanismos de propaganda y demonización que hoy siguen utilizando muchos movimientos de extrema izquierda contra cualquiera que discrepe de ellos.

Porque el comunismo siempre termina igual: devorándose a sí mismo.

El comunista moderado acaba acusado de traidor. El revolucionario termina denunciado por revisionista. El compañero de partido pasa a ser enemigo del pueblo. El camarada se convierte en sospechoso. Y el régimen necesita constantemente nuevas purgas para justificar su propia existencia.

Existe una vieja frase que resume perfectamente esta lógica interna del marxismo revolucionario: “Cuando entran cinco comunistas en una habitación, sólo salen vivos dos, y tres nuevos partidos, sindicatos o facciones”. No es una exageración. Es la esencia misma de la izquierda revolucionaria: la división permanente, la lucha intestina y la eliminación del discrepante.

Lo vimos en la Unión Soviética. Lo vimos en China. Lo vimos en Cuba. Lo vimos en Camboya. Y también lo vimos en España.

Durante la Guerra Civil española, el Frente Popular no sólo combatía contra el bando nacional. También libraba una guerra interna entre comunistas, socialistas, anarquistas y trotskistas. Las luchas dentro de la izquierda fueron feroces. Stalin no toleraba ninguna desviación ideológica. Moscú quería controlar completamente la revolución española, y cualquier grupo que escapase de esa obediencia era señalado como enemigo.

Ahí aparece el caso del POUM, el Partido Obrero de Unificación Marxista, acusado de trotskista y perseguido por los propios comunistas estalinistas. El POUM contaba con dos diputados en las Cortes de 1936. Uno de ellos, Joaquín Maurín, cayó en zona nacional y, paradójicamente, salvó la vida. El otro, Andreu Nin, quedó en territorio controlado por el Frente Popular y fue secuestrado, torturado y asesinado brutalmente por agentes soviéticos y comunistas españoles al servicio de Stalin.

Andreu Nin fue acusado absurdamente de fascista, de espía y de colaborador del enemigo. Exactamente igual que sucedería años después en las grandes purgas soviéticas. La mentira revolucionaria necesitaba justificar la eliminación física del disidente. Nin fue arrancado de una checa y trasladado a Alcalá de Henares, donde sería torturado salvajemente antes de ser ejecutado. El crimen fue ocultado mediante montajes propagandísticos infames.

Las paradojas del comunismo son estremecedoras: el dirigente comunista que cae en manos del enemigo sobrevive; el que permanece junto a sus propios camaradas acaba asesinado por ellos.

El comunismo no admite diferencias. No tolera matices. No soporta la discrepancia. Necesita enemigos constantes, incluso dentro de sus propias filas. Por eso todas las revoluciones comunistas terminan convertidas en regímenes policiales donde el terror ya no se ejerce únicamente contra el adversario exterior, sino contra el propio compañero de partido.

El estalinismo llevó esta lógica hasta extremos monstruosos. Las grandes purgas de los años treinta provocaron millones de muertos, deportados y encarcelados. Viejos bolcheviques, héroes revolucionarios, generales del Ejército Rojo y dirigentes históricos fueron eliminados uno tras otro. La revolución acabó exterminando a buena parte de sus propios fundadores.

Y, sin embargo, décadas después, todavía hay quien romantiza aquel horror.

Todavía existen universidades donde Trotski es presentado como una especie de comunista humanista traicionado por Stalin. Como si el creador del Ejército Rojo y defensor del terror revolucionario hubiera sido un demócrata. Como si el problema del comunismo hubiese sido únicamente Stalin y no la propia naturaleza criminal de la ideología marxista.

La realidad histórica es mucho más incómoda: Stalin no traicionó el comunismo. Stalin fue una consecuencia lógica del comunismo.


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