El 19 de mayo de 1939, apenas unas semanas después del último parte de guerra firmado el 1 de abril, Madrid acogía el llamado Día de la Victoria. Aquella jornada no fue únicamente un desfile militar ni una exhibición de fuerza. Fue, sobre todo, la escenificación simbólica del final de una tragedia que había desangrado España durante casi tres años y el inicio de una nueva etapa para una nación destruida física, moral y espiritualmente.
Ochenta y siete años después, en una España donde la memoria histórica se utiliza como arma política y donde se pretende imponer un relato único sobre la Guerra Civil, recordar aquella fecha se ha convertido casi en un acto de resistencia intelectual. Porque el problema para la izquierda no es solo la figura de Franco. El verdadero problema es que la victoria nacional del 1 de abril de 1939 puso fin al caos revolucionario, al terror en la retaguardia, a la persecución religiosa y a la descomposición de un Estado que había dejado de existir mucho antes de terminar la guerra.
El Día de la Victoria celebrado en Madrid representaba la culminación oficial de aquella contienda. La capital de España, convertida durante años en símbolo propagandístico del “No pasarán”, terminaba siendo entregada precisamente por quienes comprendieron que continuar la guerra solo significaba prolongar inútilmente el sufrimiento de los españoles.
Y conviene recordarlo hoy, porque la historia real dista mucho del relato romántico que durante décadas ha construido la izquierda.
Mientras Dolores Ibárruri, “La Pasionaria”, lanzaba desde la distancia consignas incendiarias llamando a resistir hasta el final, muchos de los principales dirigentes del Frente Popular ya habían huido al exilio. Los mismos que exigían al pueblo seguir muriendo escapaban dejando atrás una España devastada. El famoso “resistir es vencer” terminó siendo una consigna vacía pronunciada por quienes jamás pensaron quedarse a afrontar las consecuencias de la derrota.
Fue entonces cuando se produjo el golpe encabezado por el coronel Segismundo Casado, apoyado por sectores socialistas, anarquistas y por dirigentes como Julián Besteiro, uno de los pocos hombres del socialismo histórico que comprendió que continuar aquella locura solo conduciría a más muerte y destrucción. También el padre de Santiago Carrillo, Wenceslao Carrillo, terminó asumiendo que la guerra estaba perdida y que la resistencia era imposible, cuestión que le costó la enemistad con su hijo, que deseaba continuar con la contienda, a pesar de que él ya no estaba en España.
Aquel levantamiento interno contra el Gobierno de Juan Negrín fue, en realidad, la constatación definitiva del hundimiento del Frente Popular. Negrín quería prolongar la guerra esperando un conflicto europeo que permitiera internacionalizar el enfrentamiento español. Es decir, estaba dispuesto a sacrificar aún más vidas españolas con tal de mantener viva una causa ya derrotada militarmente.
Casado y Besteiro entendieron algo elemental: España necesitaba paz.
Por eso Madrid terminó siendo entregada sin la destrucción final que algunos pretendían. Mientras otros escapaban hacia Francia o la Unión Soviética, Julián Besteiro decidió quedarse en España. Y esa decisión le honra históricamente mucho más que a tantos dirigentes revolucionarios que huyeron abandonando a quienes habían empujado al desastre.
El 19 de mayo de 1939, cuando las tropas desfilaron en Madrid ante Franco, lo que se celebraba oficialmente era el final de una guerra terrible entre hermanos. Pero también se escenificaba el inicio de una gigantesca tarea de reconstrucción nacional.







