Hay fechas que no se olvidan jamás. Fechas que permanecen grabadas en la memoria colectiva de un pueblo, de una generación, de una afición. Para el madridismo, el 20 de mayo de 1998 es una de ellas. Aquella noche de Ámsterdam no fue únicamente la conquista de una Copa de Europa. Fue mucho más. Fue el final de una larga travesía por el desierto. Fue el regreso del Real Madrid al lugar donde siempre perteneció. Fue la recuperación del orgullo perdido. Y detrás de aquella conquista histórica hubo un hombre al que el tiempo, las circunstancias y muchas veces la injusticia no han tratado como merecía: Lorenzo Sanz.
El madridismo llevaba treinta y dos años esperando aquel momento.
Treinta y dos años escuchando burlas, soportando humillaciones y viendo cómo otros levantaban la Copa de Europa mientras el club más grande del mundo parecía condenado a vivir únicamente de los recuerdos en blanco y negro. Las viejas imágenes de Di Stéfano, Gento, Puskás o Amancio eran un refugio glorioso, sí, pero también una herida abierta para varias generaciones de madridistas que jamás habían visto campeón de Europa a su equipo.
Y entonces apareció Lorenzo Sanz.
No era un hombre perfecto. Tampoco pretendía serlo. No pertenecía a esa élite fría y calculadora que convierte el fútbol en una operación financiera. Lorenzo Sanz era otra cosa. Era pasión. Era cercanía. Era madridismo puro. Un presidente de los que sufrían los partidos como un aficionado más. Un hombre que vivía el club con el corazón por delante del marketing.
Llegó a la presidencia del Real Madrid en noviembre de 1995, tras la salida de Ramón Mendoza. El club atravesaba momentos complicados, tanto deportivos como institucionales. El Barcelona de Cruyff había marcado una época y el madridismo parecía resignado a contemplar desde la distancia cómo Europa se alejaba cada vez más.
Pero Lorenzo Sanz creyó.
Creyó cuando muchos ya no creían. Apostó por reconstruir el equipo, por devolverle carácter competitivo y hambre de gloria. Apostó por entrenadores como Fabio Capello o Jupp Heynckes. Apostó por jugadores que terminarían entrando en la historia del club: Roberto Carlos, Seedorf, Mijatovic, Suker, Panucci, Karembeu, Redondo, Hierro, Raúl…
Y llegó Ámsterdam.
Aquella final frente a la Juventus no fue sólo un partido de fútbol. Fue un acto de justicia histórica. El Real Madrid volvía a Europa para reclamar lo que era suyo. Y cuando Mijatovic marcó aquel gol eterno, el madridismo entero sintió que se rompía una maldición que parecía interminable.
Muchos recordamos perfectamente dónde estábamos aquella noche. Porque aquella Séptima no fue simplemente una copa más. Fue una liberación emocional. Fue el reencuentro con nuestra identidad. El Real Madrid volvía a ser el Rey de Europa.
Y Lorenzo Sanz lloraba.
Lloraba porque sabía lo que aquello significaba. Porque entendía lo que había sufrido el madridismo durante décadas. Porque había soportado críticas feroces, campañas internas, ataques constantes y un entorno muchas veces despiadado.
Aquel equipo no tenía quizá el brillo mediático de otros tiempos, pero tenía algo que representa como pocos la esencia del Real Madrid: competitividad, orgullo y fe en lo imposible.
La Séptima abrió además la puerta a una nueva era dorada. Sin aquella Copa de Europa quizá jamás habrían llegado la Octava o la Novena. Lorenzo Sanz devolvió al club la mentalidad ganadora en Europa. Recuperó el ADN competitivo que parecía dormido.
Y, sin embargo, el madridismo fue injusto con él.
Terriblemente injusto.
Porque apenas dos años después de conquistar dos Copas de Europa —la Séptima en 1998 y la Octava en 2000— perdió las elecciones frente a Florentino Pérez. Paradójicamente, uno de los presidentes más exitosos de la historia reciente del club salió por la puerta de atrás, víctima de promesas grandilocuentes, de la fascinación por el marketing y también de esa eterna ingratitud que muchas veces acompaña al fútbol.
Se le acusó de muchas cosas.
Algunas seguramente discutibles e infundadas. Pero nadie podrá borrar jamás lo esencial: Lorenzo Sanz devolvió al Real Madrid al trono de Europa.
Y quizá por eso duele especialmente recordar cómo se marchó.







