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Lorenzo Sanz y la Séptima: el último presidente romántico de un fútbol que ya no existe

Lorenzo Sanz y la Séptima: el último presidente romántico de un fútbol que ya no existe
porJavier Garcia Isac
opinion

La opinión de Javier García Isac de hoy, miércoles 20 de mayo de 2026

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Hay fechas que no se olvidan jamás. Fechas que permanecen grabadas en la memoria colectiva de un pueblo, de una generación, de una afición. Para el madridismo, el 20 de mayo de 1998 es una de ellas. Aquella noche de Ámsterdam no fue únicamente la conquista de una Copa de Europa. Fue mucho más. Fue el final de una larga travesía por el desierto. Fue el regreso del Real Madrid al lugar donde siempre perteneció. Fue la recuperación del orgullo perdido. Y detrás de aquella conquista histórica hubo un hombre al que el tiempo, las circunstancias y muchas veces la injusticia no han tratado como merecía: Lorenzo Sanz.

El madridismo llevaba treinta y dos años esperando aquel momento.

Treinta y dos años escuchando burlas, soportando humillaciones y viendo cómo otros levantaban la Copa de Europa mientras el club más grande del mundo parecía condenado a vivir únicamente de los recuerdos en blanco y negro. Las viejas imágenes de Di Stéfano, Gento, Puskás o Amancio eran un refugio glorioso, sí, pero también una herida abierta para varias generaciones de madridistas que jamás habían visto campeón de Europa a su equipo.


Y entonces apareció Lorenzo Sanz.


No era un hombre perfecto. Tampoco pretendía serlo. No pertenecía a esa élite fría y calculadora que convierte el fútbol en una operación financiera. Lorenzo Sanz era otra cosa. Era pasión. Era cercanía. Era madridismo puro. Un presidente de los que sufrían los partidos como un aficionado más. Un hombre que vivía el club con el corazón por delante del marketing.

Llegó a la presidencia del Real Madrid en noviembre de 1995, tras la salida de Ramón Mendoza. El club atravesaba momentos complicados, tanto deportivos como institucionales. El Barcelona de Cruyff había marcado una época y el madridismo parecía resignado a contemplar desde la distancia cómo Europa se alejaba cada vez más.


Pero Lorenzo Sanz creyó.


Creyó cuando muchos ya no creían. Apostó por reconstruir el equipo, por devolverle carácter competitivo y hambre de gloria. Apostó por entrenadores como Fabio Capello o Jupp Heynckes. Apostó por jugadores que terminarían entrando en la historia del club: Roberto Carlos, Seedorf, Mijatovic, Suker, Panucci, Karembeu, Redondo, Hierro, Raúl…


Y llegó Ámsterdam.


Aquella final frente a la Juventus no fue sólo un partido de fútbol. Fue un acto de justicia histórica. El Real Madrid volvía a Europa para reclamar lo que era suyo. Y cuando Mijatovic marcó aquel gol eterno, el madridismo entero sintió que se rompía una maldición que parecía interminable.

Muchos recordamos perfectamente dónde estábamos aquella noche. Porque aquella Séptima no fue simplemente una copa más. Fue una liberación emocional. Fue el reencuentro con nuestra identidad. El Real Madrid volvía a ser el Rey de Europa.


Y Lorenzo Sanz lloraba.


Lloraba porque sabía lo que aquello significaba. Porque entendía lo que había sufrido el madridismo durante décadas. Porque había soportado críticas feroces, campañas internas, ataques constantes y un entorno muchas veces despiadado.

Aquel equipo no tenía quizá el brillo mediático de otros tiempos, pero tenía algo que representa como pocos la esencia del Real Madrid: competitividad, orgullo y fe en lo imposible.

La Séptima abrió además la puerta a una nueva era dorada. Sin aquella Copa de Europa quizá jamás habrían llegado la Octava o la Novena. Lorenzo Sanz devolvió al club la mentalidad ganadora en Europa. Recuperó el ADN competitivo que parecía dormido.


Y, sin embargo, el madridismo fue injusto con él.


Terriblemente injusto.

Porque apenas dos años después de conquistar dos Copas de Europa —la Séptima en 1998 y la Octava en 2000— perdió las elecciones frente a Florentino Pérez. Paradójicamente, uno de los presidentes más exitosos de la historia reciente del club salió por la puerta de atrás, víctima de promesas grandilocuentes, de la fascinación por el marketing y también de esa eterna ingratitud que muchas veces acompaña al fútbol.


Se le acusó de muchas cosas.


Algunas seguramente discutibles e infundadas. Pero nadie podrá borrar jamás lo esencial: Lorenzo Sanz devolvió al Real Madrid al trono de Europa.

Y quizá por eso duele especialmente recordar cómo se marchó.

Lorenzo Sanz falleció el 21 de marzo de 2020, en plena pandemia del COVID-19. Murió prácticamente en soledad, en uno de los momentos más oscuros y deshumanizados que ha vivido España. Sin homenajes multitudinarios. Sin el adiós que merecía un hombre que devolvió la felicidad a millones de madridistas.

Aquel país encerrado, paralizado por el miedo y el caos, apenas pudo despedir a uno de los presidentes más importantes de la historia del Real Madrid.

Y quizá por eso hoy, cuando se cumplen años de aquella Séptima inolvidable, conviene detenerse un instante para mirar atrás y hacer justicia.

Porque Lorenzo Sanz no fue simplemente un presidente. Fue el hombre que hizo posible que toda una generación descubriera lo que significaba ver al Real Madrid campeón de Europa.

Fue el presidente que nos devolvió la ilusión.

El presidente que creyó cuando nadie creía.

El presidente que devolvió al Real Madrid su destino europeo.

Pero además, y quizá esto sea todavía más importante, Lorenzo Sanz representó el final de una época. El último presidente romántico de un fútbol que hoy prácticamente ha desaparecido.


Porque el fútbol actual ya no tiene alma.


Y esa es seguramente la gran diferencia entre aquel Real Madrid de Lorenzo Sanz y el Real Madrid de hoy.

Nadie puede negar los éxitos deportivos de Florentino Pérez. Sería absurdo hacerlo. Ahí están las Copas de Europa, las Ligas, los récords económicos y la transformación del club en una potencia empresarial global. Probablemente el Real Madrid nunca había sido tan poderoso desde el punto de vista financiero.

Pero también es verdad que algo se perdió por el camino.

El Real Madrid de hoy parece muchas veces una multinacional del entretenimiento más que un club de fútbol. El Santiago Bernabéu se ha convertido en un estadio espectacular, moderno, futurista, pero también frío. Donde antes había aficionados hoy muchas veces hay turistas. Donde antes había sentimiento de pertenencia hoy hay consumidores globales. El fútbol moderno ha cambiado la pasión por el negocio.


Y quizá Florentino Pérez simboliza mejor que nadie esa transformación.


El fútbol ya no gira alrededor de la cantera, de la identidad o de crear familias dentro del vestuario. Gira alrededor de marcas globales, contratos televisivos, fondos de inversión, giras internacionales y venta de camisetas en Asia, Oriente Medio o Estados Unidos.

El aficionado tradicional ha ido desapareciendo poco a poco.

Aquellos niños y no tan niños que crecimos viendo a Hierro, Redondo, Raúl o Mijatovic sentíamos que el club nos pertenecía de alguna manera. Había cercanía. Había sentimiento. Había un vínculo emocional imposible de explicar.

Hoy todo parece mucho más artificial.

Más profesional.

Más perfecto.

Pero también más vacío.

Y quizá por eso muchos madridistas recuerdan con nostalgia aquella época de Lorenzo Sanz. Porque fue la última vez que el Real Madrid parecía un club humano. Un equipo reconocible. Un vestuario que transmitía camaradería. Una afición que todavía sentía el estadio como su casa y no como un parque temático del fútbol mundial.


Lorenzo Sanz seguramente cometió errores. Como todos. Pero amaba al Real Madrid de verdad. No como una marca, no como una empresa, no como una operación corporativa, sino como una pasión.

Y eso hoy vale muchísimo más de lo que algunos creen.

Porque los títulos son fundamentales, sí. El Real Madrid vive para ganar. Pero un club también necesita alma. Necesita identidad. Necesita memoria. Necesita emocionarse.

Y quizá esa emoción irrepetible de Ámsterdam en 1998 jamás vuelva a repetirse precisamente porque aquel fútbol ya no existe.

Aquella Copa de Europa fue la primera en color para toda una generación de madridistas.

Y quizá también fue la última gran Copa de Europa romántica del Real Madrid.



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