Hay personajes que no necesitan monumentos porque ya forman parte de la memoria sentimental de varias generaciones de españoles. Luis Sánchez Polack, nuestro inolvidable Tip, es uno de ellos. Ahora que se han cumplido cien años de su nacimiento, merece la pena detenerse un instante, mirar hacia atrás y recordar a un hombre que convirtió el humor en un arte y la inteligencia en la mejor herramienta para provocar una carcajada.
Vivimos tiempos en los que la risa parece estar permanentemente vigilada. Hay humoristas que antes de contar un chiste tienen que pensar si alguien se va a sentir ofendido, si una asociación presentará una denuncia o si algún comisario de lo políticamente correcto pedirá su cabeza. Por eso, volver a Tip es regresar a un tiempo distinto. Un tiempo en el que el ingenio valía más que el insulto, en el que una mirada podía hacer reír más que un monólogo lleno de vulgaridades y en el que el humor no necesitaba gritar para ser brillante.
Muchos recuerdan a Tip por su inolvidable pareja con Coll, pero antes existió aquel otro dúo extraordinario formado por Tip y Top, que dejó su huella incluso en el cine, participando en películas tan populares como Las chicas de la Cruz Roja. La temprana muerte de Top parecía poner punto final a una etapa irrepetible. Sin embargo, el destino quiso regalarle a España otra de las grandes parejas humorísticas de nuestra historia: Tip y Coll.
Eran completamente distintos. Hasta políticamente. Coll era un hombre de izquierdas, profundamente próximo al socialismo, amigo personal de Felipe González, con quien presumía de compartir largas partidas de billar en La Bodeguilla. Tip tenía otra forma de ver la vida. Pero precisamente ahí residía parte de su grandeza. Nunca permitieron que las diferencias ideológicas destruyeran el dúo cómico ni el talento. Competían únicamente por ver quién hacía reír más.
Quizá esa sea otra de las lecciones que hemos olvidado.
Yo tuve además la fortuna de conocer a Tip lejos de los focos, lejos de los platós y lejos de los escenarios. Lo conocí en un lugar mucho más cotidiano: la antigua Cervecería Cruz Blanca, en la esquina de la calle Goya con Alcalá. Un establecimiento que ya forma parte también de ese Madrid que desapareció para no volver.
Mi padre le saludaba con frecuencia. Charlaban durante largo rato mientras el humo de los cigarrillos dibujaba una nube permanente sobre las mesas y las cañas iban llegando una detrás de otra. Aquellas conversaciones, aparentemente intrascendentes, eran un lujo. Eran parte de una forma de vivir Madrid que hoy casi resulta imposible explicar a quienes no la conocieron.
Con el paso de los años seguí encontrándome allí con Tip. Siempre elegante. Siempre con esa mezcla de bombín, ironía y mirada socarrona que parecía decir que el mundo era demasiado serio como para no reírse un poco de él.
Era un fumador empedernido, o por lo menos, siempre parecía estar fumando. De esos que parecían llevar el cigarrillo incorporado al cuerpo. Y, entre calada y calada, era capaz de improvisar una ocurrencia que convertía una conversación cualquiera en un recuerdo imborrable.
No necesitaba hacer el payaso. No necesitaba levantar la voz. No necesitaba recurrir al insulto fácil. Bastaba una frase, un gesto o un silencio perfectamente medido para provocar una carcajada.
Eso era talento.
Hoy muchos confunden el humor con la grosería. Otros creen que consiste en humillar al adversario político o en repetir consignas disfrazadas de chiste. Tip pertenecía a otra escuela. La de Miguel Gila, la de Mihura, la de Jardiel Poncela, la de quienes entendían que la inteligencia era el mejor combustible para la comedia.
Su humor era surrealista, elegante y profundamente español. A veces parecía absurdo, pero detrás de cada diálogo había una construcción impecable. El espectador tenía que poner también de su parte. Había que pensar. Había que escuchar. Había que dejarse sorprender.
Por eso sigue funcionando décadas después.
Basta volver a ver cualquiera de sus actuaciones con Coll para comprobar que el tiempo apenas ha pasado por ellas. Siguen arrancando sonrisas porque estaban hechas desde el ingenio y no desde la moda. Y el ingenio nunca envejece.
También echo de menos aquella España donde personajes tan diferentes podían compartir una mesa, discutir de política, hablar de toros, de fútbol o de literatura y terminar brindando juntos. Hoy parece que todo obliga a elegir trincheras. Entonces todavía existían personas capaces de anteponer la amistad a la ideología.
Quizá por eso recuerdo con tanto cariño aquellas tardes en la Cruz Blanca. No solo porque allí estuviera Tip, sino porque representaban una forma de entender la vida y Madrid que ya casi ha desaparecido. Las conversaciones pausadas, el camarero que conocía a todos por su nombre, las cañas bien tiradas, el humo de los cigarrillos, las risas espontáneas y la sensación de que el tiempo transcurría sin prisas.
Tip pertenece a esa España que algunos llaman antigua y que yo prefiero llamar inolvidable.
Cien años después de su nacimiento, su figura sigue muy presente. Porque los grandes humoristas nunca mueren del todo. Permanecen vivos cada vez que alguien vuelve a escuchar uno de sus diálogos, cada vez que una nueva generación descubre que es posible hacer reír sin caer en la vulgaridad y cada vez que comprendemos que la inteligencia sigue siendo el mayor espectáculo que puede ofrecer un humorista.
Hoy ya no existe aquella Cruz Blanca de Goya. Tampoco están muchas de las personas que llenaban aquellas mesas de conversación. Muchos de aquellos ex boxeadores o ex toreros con los que me juntaba han ido desapareciendo, aquellos con los que departía cañas y tertulia, nos han ido dejando, aunque siguen vivos en mi memoria, es entonces cuando siento una pizca de nostalgia, no porque piense que cualquier tiempo pasado fue mejor, soy de los que opina que lo mejor está por llegar, sino porque me doy cuenta de mis vivencias y recuerdos y no puedo evitar sentir cierta añoranza. Es entonces cuando pienso que el tiempo está pasando muy deprisa y me doy cuenta de la cantidad de amigos ya no están, aunque yo siga pensando en ellos y ahora tenga yo la edad de aquellos con los que departía siendo yo apenas un chaval. Pero, de vez en cuando, cierro los ojos y todavía puedo imaginar a Tip de pie en una esquina de la cervecería, con un cigarrillo entre los dedos, una caña delante, la chistera perfectamente colocada y esa media sonrisa que anunciaba que estaba a punto de decir algo inolvidable.
Eso, al fin y al cabo, también es inmortalidad.
Y ya saben, “la próxima semana… hablaremos del gobierno”