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España a oscuras, ellos de fiesta

España a oscuras, ellos de fiesta
por Javier Garcia Isac
25 de agosto de 2026 a las 10:00
opinion

No se me ocurre mejor metáfora de la España actual

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Durante unos instantes España se quedó a oscuras. Era el eclipse. Un fenómeno extraordinario, hermoso, científicamente interesante y, desde luego, digno de ser contemplado. El primero de estas características visible desde la España peninsular en más de un siglo. Nada que objetar al espectáculo de la naturaleza.

Lo verdaderamente curioso es que, en un país donde millones de ciudadanos viven pendientes de cuánto cuesta encender la luz, llenar el depósito o hacer la compra, el poder haya conseguido convertir unos segundos de oscuridad en una celebración nacional.

España a oscuras y ellos de fiesta.

No se me ocurre mejor metáfora de la España actual.

El miércoles 12 de agosto la sombra de la Luna atravesó nuestro país y millones de españoles miraron al cielo. Hubo dispositivos especiales, retransmisiones, actos, concentraciones, despliegues institucionales y una cobertura informativa extraordinaria. Ayuntamientos organizaron actividades y algunos lugares recibieron a miles de visitantes.

Y está bien divulgar la ciencia. Está bien disfrutar de un acontecimiento que probablemente muchos no volverán a contemplar en las mismas circunstancias. Lo que resulta más discutible es esa capacidad del poder político y mediático para convertir cualquier acontecimiento en el acontecimiento, cualquier anécdota en una epopeya y cualquier distracción en una cuestión de Estado.

Porque mientras todos mirábamos hacia arriba, quizá convenía no mirar demasiado hacia abajo.

Ni alrededor.

Ni, sobre todo, al bolsillo.

La oscuridad que no termina en dos minutos

El eclipse terminó.

La oscuridad cotidiana de muchos españoles, no.

Esa continúa cuando llega la factura de la electricidad.

Continúa cuando uno se acerca a una gasolinera y observa cómo una parte importante de su salario desaparece simplemente para poder desplazarse a trabajar.

Continúa en las familias que hacen números antes de encender la calefacción.

Continúa en los autónomos que pagan electricidad, combustible, impuestos, cotizaciones y tasas antes incluso de saber cuánto van a poder llevarse a casa.

Continúa en una clase media que durante décadas fue la columna vertebral económica y social de España y que hoy contempla cómo trabajar ya no garantiza necesariamente vivir mejor.

Esa es la oscuridad que debería preocupar a nuestros gobernantes.

Pero para esa no hay gafas especiales.

No hay observatorios.

No hay retransmisiones minuto a minuto.

No hay grandes celebraciones.

Porque esa oscuridad no dura noventa segundos. Dura todo el mes.

Y vuelve al siguiente.

El gran espectáculo

El eclipse ha sido un fenómeno astronómico excepcional. Precisamente por eso no necesitaba propaganda. La naturaleza sabe organizar espectáculos sin necesidad de ministros.

Pero vivimos instalados en una política que necesita convertir permanentemente la realidad en espectáculo.

Todo debe tener su campaña, su dispositivo, su vídeo, su fotografía y su mensaje institucional.

Ya casi no se gobierna: se comunica.

Ya casi no se resuelven problemas: se construyen relatos.

Y cuando los problemas resultan demasiado incómodos, siempre aparece alguna cuestión capaz de llenar durante horas las televisiones, las redes sociales y las conversaciones.

Esta vez fue el eclipse.

España entera mirando al cielo mientras demasiadas cosas suceden en la tierra.

Y la imagen resulta formidablemente simbólica.

Durante unos instantes se apagó el Sol y se encendieron los focos.

Los focos de las televisiones.

Los focos de las instituciones.

Los focos del espectáculo político.

La oscuridad para España; la iluminación para quienes gobiernan.

Tranquilos: tenemos eclipse para rato

Además, quienes pensaran que el asunto terminaba el 12 de agosto pueden ir abandonando toda esperanza.

Tenemos eclipse para rato.

El próximo eclipse total visible desde España llegará el 2 de agosto de 2027, especialmente en el sur de la Península, Ceuta y Melilla. Y el 26 de enero de 2028 tendremos un eclipse anular. El propio Instituto Geográfico Nacional agrupa estos acontecimientos dentro de la sucesión de eclipses ibéricos de 2026, 2027 y 2028.

Así que ya podemos imaginar lo que nos espera.

Cuenta atrás para el eclipse.

Preparativos para el eclipse.

Comisión para el eclipse.

Dispositivo especial para el eclipse.

Recomendaciones para el eclipse.

Programación especial sobre el eclipse.

Y, cuando termine el de 2027, empezaremos inmediatamente a prepararnos para el de 2028.

Después tendremos que buscar otra cosa.

Porque siempre tiene que haber algo que mirar excepto aquello que realmente importa.

El Sol no tiene la culpa

Conviene aclararlo porque vivimos tiempos extraños: el eclipse no tiene ninguna culpa.

El Sol tampoco.

La Luna, mucho menos.

El problema no está en disfrutar de un fenómeno astronómico extraordinario. Yo mismo puedo comprender perfectamente la emoción de quien pudo contemplarlo.

El problema es la desproporción.

La utilización política del entretenimiento.

La conversión permanente de España en un inmenso plató donde los problemas estructurales quedan sepultados bajo acontecimientos cuidadosamente amplificados.

Pan y circo fue la vieja fórmula romana.

En el siglo XXI hemos perfeccionado el procedimiento.

Ahora tenemos impuestos y espectáculo.

Y cuando falta el espectáculo, basta con mirar al cielo.

Dos Españas bajo el mismo eclipse

Quizá lo más significativo sea que bajo aquella sombra había dos Españas.

Una España institucional que podía celebrar el acontecimiento, organizar actos, desplegar dispositivos y convertir aquella tarde en una fiesta.

Y otra España que al día siguiente tuvo que levantarse temprano para trabajar.

La España que necesita el coche.

La que paga combustible.

La que paga electricidad.

La que paga impuestos.

La que mantiene abiertas pequeñas empresas.

La que tiene hijos.

La que cuida de sus mayores.

La que intenta ahorrar y descubre que cada vez resulta más difícil.

La que no necesita que el Gobierno le explique cómo mirar al Sol.

Necesita que deje de hacerle imposible llegar a fin de mes.

Ahí está la diferencia.

Durante unos segundos todos estuvimos bajo la misma sombra.

Pero cuando volvió la luz, las diferencias continuaron exactamente donde estaban.

España necesita volver a encenderse

Un país no está iluminado porque vuelvan los rayos del Sol.

Un país tiene luz cuando existe esperanza.

Cuando trabajar merece la pena.

Cuando formar una familia no se convierte en una heroicidad económica.

Cuando llenar el depósito no obliga a consultar previamente la cuenta bancaria.

Cuando encender la calefacción en invierno no provoca miedo a la factura del mes siguiente.

Cuando un autónomo no siente que trabaja medio año para mantener una gigantesca maquinaria administrativa.

Cuando la clase media puede ahorrar.

Cuando los jóvenes pueden imaginar un futuro mejor que el de sus padres.

Eso es tener luz.

Y esa es precisamente la paradoja que nos dejó este eclipse.

Durante unos instantes España quedó literalmente a oscuras y nuestros dirigentes pudieron convertir aquella oscuridad en una fiesta.

Pero existe otra oscuridad mucho más profunda que no merece celebraciones.

Es la oscuridad económica, política e institucional de un país al que demasiadas veces se le pide que mire hacia otro lado.

O hacia arriba.

El eclipse del 12 de agosto terminó.

El Sol volvió a aparecer.

Los españoles guardaron sus gafas.

Las cámaras desmontaron sus equipos.

Y la vida continuó.

Volvieron las facturas.

Volvió la gasolina.

Volvieron los impuestos.

Volvió la realidad.

Dentro de un año tendremos otro eclipse y volverán a invitarnos a mirar al cielo.

Yo prefiero mirar a España.

Porque el problema nunca fue que durante unos segundos se apagara el Sol.

El verdadero problema es que España lleva demasiado tiempo a oscuras mientras quienes deberían encender la luz continúan celebrando la fiesta.



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