La política actual es un juego de espejos donde los actores, lejos de representar los intereses de una nación, se han convertido en los enterradores de su propio tablero. Durante varias décadas, hemos aceptado un contrato social que, a la vista de los resultados, no es más que una estafa piramidal. A izquierda y a derecha, las cúpulas han sustituido la gestión por la administración del conflicto, el servicio público por el usufructo del cargo y la lealtad a España por la subasta de su integridad a cambio de votos. El hartazgo no es una pose ni una moda pasajera, sino el síntoma de un país que, sencillamente, se niega a morir mientras lo devoran sus parásitos.
La iniciativa impulsada por Franxuh trasciende lo anecdótico. Mientras los partidos políticos siguen inmersos en sus trifulcas, donde el insulto cruzado y la acusación vacía son el único combustible de su existencia, para satisfacer el odio hacia el contrario. Un grupo de creadores digitales hemos decidido romper el dique de contención. No se trata de un partido político, esa fórmula ya agotada que termina por dañar las mejores intenciones en el momento en que se adquiere el primer escaño; se trata de algo más profundo: una insurgencia de la voz ciudadana que reclama su espacio al margen de los bloques tradicionales.
Este movimiento no se entiende sin la suma de voluntades y perfiles que, desde opiniones diversas, hemos decidido alzar la voz contra el inmovilismo. Hablamos de una red de creadores donde confluyen voces tan incisivas como TelodiceAlba, Jaay Ve, Jota Redpill, Supporterina, Nerea Rodríguez, Fran Padilla, No Lies Allowed Podcast, Roman Reyes, Españoles Sin Miedo, , El Noticiero Spain, Ivangel Music, Rubén Ciento Zero, Polilla de Darwin, Patri Díaz, Entérate con Alba, Alberto Hispanista y este servidor, Jota Camacho, entre muchos otros que entendemos que el silencio ya no es una opción neutral. Al observar este abanico de rostros, no encontraréis funcionarios de la política, sino ciudadanos con alcance que hemos decidido que el coste de callar supera con creces el de la exposición. Mi propia participación en este pulso, movilizando a mi comunidad hacia un punto de encuentro común, obedece a una lógica elemental: ya no hay margen para la neutralidad cuando la convivencia se está desmantelando por dentro.
El votante de izquierda, al que se le ha vendido un relato de progreso que no es más que una desarticulación programada del Estado de bienestar y de la igualdad ante la ley, debe realizar un ejercicio de introspección urgente. Ser de izquierdas no puede ser nunca sinónimo de convertirse en el cómplice sumiso de la corrupción, ni de aplaudir con las orejas cuando se entrega el patrimonio, la soberanía o la caja común a quienes jamás han ocultado su deseo de romper la nación. Existe una izquierda honesta, arraigada en el sentido común y en la defensa del trabajo, que debe ser la primera en sentir el agravio de ver cómo sus siglas son secuestradas por una casta parásita. Esta casta no representa sus valores; se nutre de su voto para perpetuarse en un poder que solo utiliza en beneficio propio. Mantener la lealtad a una ideología no exige la claudicación moral ante la falta total de moral; al contrario, exige una rebeldía frente a quienes han convertido la bandera de la justicia social en el estandarte de la destrucción de nuestra prosperidad económica y cívica.
Por otro lado, el votante de derechas no puede refugiarse en la autocomplacencia. Vivir instalados en la crítica constante al desgobierno actual, esperando que las contradicciones ajenas obren el milagro por sí solas, es una forma de inacción suicida. Celebrar la ineptitud del adversario no es hacer política, es contemplar pasivamente cómo el incendio devora también los muebles de nuestra propia casa. La oposición, la derecha que se acomoda en la tibieza y en la gestión superficial de la protesta, se está mostrando incapaz de articular un proyecto de regeneración profundo y valiente. Si la derecha no es capaz de liderar la altura de miras que España demanda, deja de ser una alternativa de Estado para convertirse en una mera gestora de la decadencia.
El problema principal, por tanto, no está en el bucle de la dicotomía izquierda-derecha, sino en la estructura extractiva que nos gobierna. España no se está fragmentando por avatares del destino, sino porque estamos tolerando que una clase política profesionalizada convierta nuestra historia, nuestras instituciones y nuestra convivencia en una simple moneda de cambio para mantenerse en el poder alternativamente. Los partidos han dejado de ser el medio para alcanzar el bien común y se han transformado en el fin en sí mismos, una maquinaria voraz que devora recursos y libertades a partes iguales.
Frente a esta deriva, la premisa es irrefutable: solo el pueblo salva al pueblo. No nos hallamos ante un eslogan hueco, sino ante una verdad histórica. Cuando los contrapesos institucionales fallan, cuando la representación democrática se pervierte hasta el extremo y cuando el debate público se reduce a una trituradora de fanatismos, la única soberanía que permanece inalterada es la nuestra, la del ciudadano de a pie. No cabe esperar la llegada de un mesías providencial que baje del cielo del Congreso para arreglar lo que ellos mismos han corrompido; nos corresponde a la sociedad civil tomar las riendas de nuestro propio destino, para exigir la restitución estricta de la decencia pública.
La convergencia de creadores y ciudadanos que hoy se vertebra bajo el lema “No somos de izquierdas ni de derechas”, sino simplemente de abajo, constituye un llamamiento a todos los españoles que conservan intacta la capacidad de indignarse. A quienes entienden que la patria no es un concepto retórico, sino el espacio compartido de derechos y deberes que debemos legar a las próximas generaciones. La hora presente no reclama la fundación de otro partido cortado por el mismo patrón, sino la consolidación de un muro de contención civil y cultural. Un dique que obligue a esta casta política a recordar de una vez por todas quiénes son, a quién deben su mandato y quién posee la potestad democrática de poner fin a sus abusos.
La convocatoria está formulada con claridad. No se buscan adeptos acríticos para una causa vacía, sino cómplices lúcidos en la tarea inaplazable de reconstruir el sentido común en la esfera pública. Para cuantos deseen seguir este pulso de cerca y participar en la batalla cultural e institucional que tenemos por delante, mantengo abierto este canal de exigencia y debate a través de mis redes sociales en @jota_camachog. O en mi web www.jotacamacho.com
La política es un asunto demasiado serio como para abandonarlo en manos de quienes han hecho de ella un oficio depredador. Es el momento de regresar a lo esencial, de recuperar la dignidad de nuestra voz y de asumir con todas las consecuencias que, si queremos salvar este país, nadie vendrá a hacerlo en nuestro lugar. La verdadera alternativa no está en la confianza ciega en las urnas, sino en la movilización permanente de nuestra conciencia ciudadana en el presente.
¡Saldremos a las calles y el mundo entero nos va a oír!