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MAÑANA TE LLAMO

MAÑANA TE LLAMO
Ilustración de José Rivela
por EDATV
19 de agosto de 2026 a las 16:04
opinion

José Rivela Rivela

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Hace cuarenta y un días, alguien me dijo: «Mañana te llamo». No le pedí que lo hiciera. Hablábamos de un artículo mío que un periódico había decidido publicar. Yo ignoraba la fecha y él conocía a quien podía averiguarla. Se ofreció a preguntar. «Mañana te llamo y te digo». Y nos despedimos. Desde entonces han pasado seis domingos, un buen pedazo de julio y más de medio agosto. Del mañana, por ahora, no tengo noticias.

El mañana es una medida del tiempo bastante imprecisa. En los calendarios ocupa veinticuatro horas, pero en la conversación puede durar semanas, meses y, si uno tiene paciencia y buena salud, algunos años. «Mañana te llamo», «mañana te lo mando», «mañana quedamos», «mañana lo miro». Hay mañanas que nacen con una extraordinaria vocación de eternidad. También las hay honradas, naturalmente. Son las menos literarias: llegan al día siguiente.

Hubo un tiempo en que llamar era bastante más complicado. El teléfono vivía en casa y no salía de ella. Ocupaba una mesita, tenía un cable que le impedía cualquier aventura y sonaba con una autoridad que hoy han perdido los teléfonos y algunas personas. Cuando sonaba, alguien corría a cogerlo.

—¿Está José?

Y si José no estaba, se dejaba recado. Había unas libretas junto al aparato en las que se apuntaban números, nombres y mensajes con caligrafías familiares: «Ha llamado Antonio. Que le llames». No existían los dos tics azules, ni el teléfono sabía dónde estábamos, ni nosotros dónde estaba el otro. Curiosamente, cuando llamar era más difícil, «mañana te llamo» significaba con bastante frecuencia mañana.

También se incumplía, naturalmente. La nostalgia es una embustera muy eficaz y conviene no dejarle escribir sola. Había quien prometía llamar y desaparecía durante semanas, pero disponía de un repertorio de excusas bastante más digno que el nuestro. Comunicaba. No había nadie en casa. Se había perdido el número. La conferencia no entraba. El teléfono estaba averiado. Hoy llevamos el aparato en el bolsillo, conoce nuestros pasos, nuestros amigos, nuestras fotografías y probablemente bastantes cosas que nosotros hemos olvidado. Para llamar ya no hace falta recordar un número. Basta con tocar un nombre. Hemos eliminado casi todas las dificultades para comunicarnos, salvo una: acordarnos de hacerlo.

Mi padre pertenecía a una generación que se tomaba esas cosas en serio. Si decía que llamaría el martes, llamaba el martes. Y si había quedado con alguien a las cinco, a las cinco menos cinco ya estaba incómodo por la posibilidad de llegar tarde. No necesitaba apuntar «cumplir mi palabra» en ninguna agenda. La agenda servía para recordar la cita; la palabra, para acudir. Tampoco era un héroe. Era veterinario, y durante muchos años recorrió pueblos en los que una llamada podía anunciar una vaca enferma, un parto complicado o un animal que no podía esperar hasta el miércoles. Tal vez por eso sabía que hay mañanas que, si llegan pasado mañana, ya no son mañana.

No pretendo elevar una llamada telefónica a cuestión de honor. Sería excesivo y, sobre todo, agotador. Todos hemos dicho alguna vez «te llamo» con la misma ligereza con que decimos «a ver si nos vemos», esa formidable expresión española que permite despedirse de alguien con afecto y no volver a verlo hasta el entierro de un conocido común. Hay frases que nacieron para comprometer y han terminado sirviendo para escapar. «Te digo algo», «quedamos esta semana», «cuenta conmigo». Y «un día comemos», que ha provocado menos comidas que cualquier dieta de adelgazamiento. Son pequeñas promesas sin notario, sin contrato y sin multa.

La llamada que esperaba, por cierto, ya no me hace falta. La persona que podía resolver aquella incógnita me lo ha confirmado directamente: el artículo se publicará este mes. Magnífica noticia. El recado ha llegado antes que el mensajero. Y ahora se plantea un problema de cierta importancia metafísica. Si mañana suena el teléfono y escucho al otro lado «te llamaba para decirte cuándo sale», ¿qué hago? ¿Le agradezco la puntualidad, le pregunto en qué huso horario vive o acepto definitivamente que su mañana y el mío pertenecen a calendarios diferentes? No quisiera precipitarme.

El asunto ya no es la llamada ni la fecha de un artículo. Las cosas pequeñas tienen la mala costumbre de revelar asuntos mayores. Nadie entrega su palabra únicamente cuando firma un contrato, promete fidelidad o jura un cargo. También la entrega al decir «te lo llevo», «allí estaré» o «mañana te llamo». Nadie pierde un empleo por olvidarlo ni comparece ante un juez por llegar una semana tarde a un mañana.

Tampoco quiero convertirme en inspector general de promesas ajenas. Bastante tendría con revisar las propias. Seguro que en algún lugar de mi pasado queda alguien esperando un libro que prometí enviarle, una comida que quedó para «la semana que viene» o una llamada que se me perdió entre dos días. La memoria tiene la cortesía de conservar con bastante precisión las deudas de los demás y una sorprendente incompetencia para archivar las nuestras. Por eso no reclamo aquella llamada. A estas alturas hasta le he tomado cariño. Si sonara ahora, casi echaría de menos esperarla.

Mañana será el cuadragésimo segundo día. No pienso mirar el teléfono ni exigirle explicaciones al calendario. El artículo saldrá, que era lo importante, y aquella llamada puede seguir viajando tranquilamente hacia mí por algún lugar desconocido del tiempo. Quizá llegue. Quizá no. Sólo me queda una duda. Si algún día suena y escucho al otro lado la voz que me prometió «mañana te llamo», procuraré no reprocharle nada. Hablaremos, nos reiremos y, antes de despedirnos, tendré mucho cuidado con lo que digo.

No vaya a ocurrírseme prometerle que mañana lo llamo.


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