El instinto de protección hacia nuestros hijos es el pilar sobre el que se asienta cualquier civilización que se precie de serlo. La biología, más allá de discursos ideológicos, nos enseñó hace milenios que la preservación de la vida del más indefenso es la tarea principal. Sin embargo, estamos viendo estos días, a muchas mujeres, saltarse este principio sagrado. Cuando el filicidio se convierte en un objeto de debate público donde la identidad del agresor, su sexo, altera el peso de la condena, salen a la luz, miles de ejemplos de desequilibrios emocionales y dogmas sectarios.
Lo que ocurre con casos como el de Lindsay Clancy o con la respuesta que el feminismo radical brinda ante parricidios cometidos por mujeres, no es aislado; es una metástasis. La defensa a capa y espada de una asesina confesa, el despliegue de generosidad. Cientos de mujeres se han concentrado vestidas de rosa frente al juzgado. Algunas llevaban mensajes como "Believe", "She Needed Help" o "Peace for Lindsay". La concentración llegó a reunir a más de 400 personas. Y una campaña creada para ayudar económicamente a los padres de Clancy ha superado ya el millón de dólares y acumula decenas de miles de donaciones. No estamos hablando de cuatro amigas haciendo una colecta privada. Estamos hablando de una movilización social de enormes dimensiones alrededor de una mujer que admitió haber matado a sus tres hijos y la construcción de un martirologio en torno a una asesina, nos obliga a mirar los valores y moral de esta gente. ¿Dónde termina la empatía y dónde empieza la complicidad? ¿En qué momento el "hermana, yo sí te creo" se convirtió en un salvoconducto para la atrocidad?
Porque una cosa es defender que una persona con una enfermedad mental reciba tratamiento. Otra muy distinta es construir alrededor de quien ha matado a tres niños un relato de victimización que termina desplazando a las auténticas víctimas. Cora tenía cinco años, Dawson tenía tres, Callan tenía ocho meses. Ellos no pueden acudir a un plató, publicar un vídeo, contratar un abogado, explicar su sufrimiento ni pedir que alguien los comprenda. Están muertos. Y mientras tanto, la conversación pública se ha dedicado a comprender a la madre.
Es aberrante observar la bajeza moral de quienes sostienen esas banderas. La vara de medir se vuelve elástica, como las gomas de las que se valió la asesina, según el cromosoma del autor. Todos recordamos el caso de José Bretón; la furia social fue unánime, el desprecio por su figura, absoluto. No hubo campañas de crowdfunding para su defensa, ni intelectuales orgánicas justificando sus actos por una salud mental quebrada que, si bien puede explicar el proceso, jamás puede legitimar el resultado. La diferencia es evidente y dolorosa: cuando el asesino es un hombre, la sociedad exige justicia; cuando es una mujer, se exige comprensión, se busca la justificación en el sistema, en el posparto, en el estrés o en una supuesta maldad estructural del entorno que empujó injustamente a la madre a la tragedia.
La memoria es selectiva cuando conviene a la agenda 2030. ¿Cuántas lágrimas feministas se derramaron por la pequeña Olivia cuando en Gijón en el año 2022 fue asesinada por su madre, Noemí Martínez Largo? ¿Hubo concentraciones? Hubo declaraciones en el congreso de la entonces ministra Irene Montero sugiriendo que aquello era un acto de amor para proteger a la niña de un maltratador, con su concepto delictivo de “Madres Protectoras”. Mientras las cómplices de la asesina encontraban justificaciones entre quienes dictan el dogma moral, el padre de la criatura, Eugenio García, se veía obligado a trabajar a destajo, sin el amparo del Estado, enfrentando la soledad del duelo sin ningún apoyo económico ni moral. Esa es la verdadera brecha de género: la que divide a quienes merecen la compasión del sistema y quienes son abandonados a su suerte por no encajar en el relato.
Hemos normalizado el horror bajo eufemismos. El "suicidio ampliado" es el término con el que la corrección política del progresismo blanquea el asesinato de hijos a manos de sus madres saltando por el balcón. Conceptos inventados que buscan despojar de humanidad el acto de segar una vida, convirtiendo el filicidio en un accidente existencial.
Mientras tanto, en las redes sociales, se despliega un espectáculo dantesco. Mujeres con sus hijos en brazos confiesan, con una frialdad que me hiela la sangre, haber sentido el impulso de acabar con ellos. Incluso algunas exponiendo el maltrato a sus hijos directo a cámara, buscando el like y la validación de otras que, bajo la excusa de la salud mental, convierten la maternidad en un escenario de peligro inminente.
La pregunta es obligada: ¿por qué el sistema, siempre tan rápido para intervenir en la educación de nuestros hijos o en el lenguaje inclusivo que debemos usar, se mantiene impasible ante estas confesiones? ¿Dónde está el protocolo de actuación cuando una mujer como Tania Llasera admite públicamente su apoyo y comprensión a una asesina? La respuesta es tan evidente como estúpida: el buenismo feminista ha colonizado las instituciones. Si esas declaraciones las hubiese hecho el padre, la justicia habría actuado de oficio, la custodia habría sido retirada en cuestión de horas y el escarnio público habría sido su condena perpetua. Pero cuando la protagonista es una mujer con bandera morada declarada, el silencio es la norma. La maternidad, ahora, parece otorgar una inmunidad que no reconoce la ley natural.
El feminismo es un cáncer metastásico que infecta todo lo que toca. Nunca ha buscado la igualdad, busca la superioridad moral a través de la destrucción de la responsabilidad. Nos quieren vender la idea de que la mujer es un ser de luz, inmaculado, ajeno a la perversidad humana. Pero esto no es feminismo, es infantilización. Los hombres no somos violadores en potencia, y las mujeres no son las dueñas de una palabra que no se puede contradecir. Todos somos capaces de lo peor cuando la brújula moral se desvía. En mi novela “El Diario de Carmen”, segunda entrega de “Relatos de un Maltratador”, abordo precisamente esta idea: que la maldad no distingue géneros, pero sí distingue discursos. Cuando nos atrevemos a decir que la asesina no es una víctima más de su circunstancia, sino alguien que tomó una decisión, se nos acusa de machistas. Cuando exigimos que el asesinato de un niño sea tratado como lo que es, sin matices ni coartadas de género, se nos tacha de fascistas.
No miremos para otro lado. El blanqueo del filicidio es el síntoma de una sociedad que ha perdido el norte. Si permitimos que el victimismo se convierta en una patente, estaremos renunciando a nuestra propia humanidad. La justicia debe ser ciega, sí, pero no puede ser tonta. La condena debe ser contundente, sin importar quién sostiene el arma, sin importar cuántos seguidores tenga en Instagram ni cuántos likes acumule su causa.
Es hora de romper el espejo en el que se miran quienes justifican lo injustificable. La maternidad no es un título que garantice la bondad, y el feminismo no debe ser una herramienta para blindar la impunidad. La decencia consiste en llamar a las cosas por su nombre, incluso cuando el nombre escuece. Los niños, cuyo único pecado fue haber nacido, merecen algo más que nuestras excusas; merecen una verdad que no se ajuste a las necesidades de una agenda política. Si no somos capaces de defender esto, no merecemos que nos llamen civilizados. El resto es puro ruido, y el ruido no salvará a nadie.