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14 de agosto de 1945: la paz que llegó sobre las cenizas de Hiroshima y Nagasaki

14 de agosto de 1945: la paz que llegó sobre las cenizas de Hiroshima y Nagasaki
por Javier Garcia Isac
24 de agosto de 2026 a las 10:00
opinion

Aquel día Japón comunicó su aceptación de los términos de la Declaración de Potsdam y la rendición se anunció al mundo

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Hay fechas que aparecen en los libros de Historia como días de celebración y que, cuando uno se detiene a contemplarlas sin la comodidad que proporciona el paso del tiempo, tienen bastante más de tragedia que de fiesta. El 14 de agosto de 1945 es una de ellas.

Aquel día Japón comunicó su aceptación de los términos de la Declaración de Potsdam y la rendición se anunció al mundo. La firma formal llegaría el 2 de septiembre a bordo del USS Missouri, pero aquel 14 de agosto la Segunda Guerra Mundial podía darse prácticamente por terminada.

Europa llevaba meses en silencio. Hitler se había suicidado en su búnker, Alemania había capitulado y solamente quedaba abierto el terrible frente del Pacífico.

Y entonces llegaron Hiroshima y Nagasaki.

El 6 de agosto de 1945 una bomba atómica arrasó Hiroshima. Tres días después, el 9 de agosto, otra bomba nuclear cayó sobre Nagasaki. Japón terminaría aceptando la rendición pocos días más tarde.

Se nos ha explicado durante décadas que aquello fue necesario.

Que había que terminar la guerra.

Que una invasión de Japón habría provocado centenares de miles de muertos.

Que las bombas, paradójicamente, salvaron vidas.

Puede discutirse históricamente sobre esas afirmaciones —y los historiadores llevan décadas haciéndolo—, pero existe una realidad que ninguna explicación estratégica consigue borrar: se utilizaron dos armas de destrucción inimaginable sobre ciudades habitadas por población civil.

Y a mí me cuesta aceptar que una salvajada deje de ser una salvajada simplemente porque la cometa el vencedor.

MATAR PARA TERMINAR DE MATAR

La Segunda Guerra Mundial fue probablemente la demostración más brutal de hasta dónde puede llegar el ser humano cuando convierte al adversario en una categoría y deja de verlo como una persona.

Los campos de concentración, las matanzas del frente oriental, las de los partisanos en Yugoslavia contra italianos, los bombardeos masivos sobre ciudades europeas por parte de los aliados, las atrocidades japonesas en Asia, las deportaciones soviéticas, Dresde, Tokio, Hiroshima, Nagasaki...

Una sucesión de horrores.

No pretendo establecer equivalencias morales entre regímenes ni borrar responsabilidades históricas. Eso forma parte de la Historia, y una guerra que comenzó con la excusa de liberar Polonia, al final resultó que se permitió la invasión soviética y Polonia nunca fue liberada.

Pero precisamente porque condenamos aquellas barbaridades debemos conservar un principio elemental: la condición de vencedor no convierte automáticamente en moral cualquier decisión tomada para alcanzar la victoria.

Hiroshima y Nagasaki obligan todavía hoy a formular una pregunta incómoda.

¿Puede justificarse la muerte deliberada de decenas de miles de civiles afirmando que con ella se evitarán otras muertes futuras?

Aquellas personas no eran el emperador Hirohito.

No eran generales.

No habían diseñado Pearl Harbor.

Eran trabajadores, ancianos, mujeres y niños que una mañana cualquiera vieron aparecer sobre sus cabezas una tecnología capaz de convertir una ciudad en un infierno.

La humanidad había cruzado una frontera.

Hasta entonces el hombre había fabricado armas para ganar guerras.

Desde agosto de 1945 había demostrado que podía fabricar armas capaces de acabar con la civilización.

UNA PAZ QUE INAUGURÓ OTRA GUERRA

Existe además otra enorme ironía histórica.

Las bombas se lanzaron para terminar una guerra y terminaron inaugurando una nueva época basada en el miedo a la siguiente.

Acababa la Segunda Guerra Mundial y comenzaba casi inmediatamente la Guerra Fría.

Estados Unidos tenía la bomba. La Unión Soviética no tardaría en conseguirla. Después vendrían otras potencias nucleares. El planeta entraría en la delirante doctrina de la destrucción mutua asegurada: conservamos la paz porque podemos destruirnos todos.

Magnífico progreso.

Pasamos de morir en las trincheras a vivir pendientes de que alguien apretase un botón.

El llamado nuevo orden internacional tampoco convirtió repentinamente al mundo en un paraíso. Llegaron Corea, Vietnam, Afganistán y tantos conflictos librados directa o indirectamente por las grandes potencias.

Cambian las banderas. Cambian los discursos. Cambian las organizaciones internacionales.

Pero los muertos continúan poniendo la parte más desagradable de la Historia.

ESPAÑA Y LA SABIDURÍA DE NO IR A LA GUERRA

Y aquí conviene recordar algo que muchas veces olvidamos.

España no participó como beligerante en ninguna de las dos guerras mundiales.

Durante la Primera Guerra Mundial, bajo Alfonso XIII, España permaneció neutral. La documentación del propio Ministerio de Asuntos Exteriores recoge expresamente la neutralidad española durante la contienda de 1914-1918.

Y tampoco entró España en la Segunda Guerra Mundial.

Esto merece alguna precisión histórica, porque las cosas nunca fueron completamente blancas o negras. El régimen de Franco mostró inicialmente simpatía hacia las potencias del Eje y España pasó durante una etapa de la neutralidad a la denominada “no beligerancia”. Existió además la División Azul, formada por voluntarios españoles enviados a combatir al comunismo en la Unión Soviética, después del dolor causado por los soviéticos en España

Por tanto, sería históricamente incorrecto presentar la España de aquellos años como una especie de Suiza absolutamente equidistante.

Pero hay un hecho fundamental: Franco no metió a España en la Segunda Guerra Mundial.

Y visto lo que ocurrió entre 1939 y 1945, no fue precisamente una decisión menor.

España acababa de salir de una Guerra Civil devastadora. Tenía muertos que enterrar, familias destrozadas, ciudades que reconstruir y una economía exhausta. Meter a nuestro país en otra guerra habría supuesto prolongar nuestra tragedia durante años. El Frente Popular deseaba alargar la contienda para meternos de lleno en la II guerra mundial.

Franco pudo sentir proximidad ideológica hacia algunos de los regímenes que combatían contra los aliados, pero terminó anteponiendo algo mucho más importante: la supervivencia de España.

Después vendría el aislamiento internacional. Vendrían las condenas. Vendría incluso el enfriamiento de las relaciones con Estados Unidos y con la ONU, pero con la Guerra Fría la situación cambiaría y en 1953 llegarían los acuerdos con USA

La Historia tiene estas ironías.

La España que había sido presentada como un problema terminó convirtiéndose, pocos años después, en una pieza estratégica frente al comunismo soviético.

LA NEUTRALIDAD NO ES COBARDÍA

Durante demasiado tiempo se ha confundido neutralidad con debilidad.

Yo pienso exactamente lo contrario.

La neutralidad puede ser una extraordinaria demostración de soberanía.

Significa decir:

España decidirá cuándo combate, contra quién combate y, sobre todo, por qué combate.

No Washington.

No Moscú.

No Bruselas.

España.

Nuestro país pertenece hoy a la OTAN desde 1982 y forma parte de su estructura militar integrada desde 1999. La propia Alianza establece además un compromiso de defensa colectiva mediante el artículo 5.

También pertenecemos a una Unión Europea que dispone de una Política Exterior y de Seguridad Común que pretende coordinar posiciones internacionales y avanza incluso hacia una política común de defensa.

Es legítimo defender esas alianzas.

Pero también es legítimo preguntarse hasta qué punto España conserva dentro de ellas una política exterior verdaderamente propia.

Porque pertenecer a una organización internacional no debería significar entregar el criterio nacional en la puerta.

NI UNA GUERRA MÁS POR INTERESES AJENOS

España debería recuperar una vieja máxima que demasiadas veces funcionó: amistad con todos, subordinación a ninguno y guerras únicamente cuando esté directamente comprometida nuestra seguridad nacional.

No necesitamos convertirnos en enemigos automáticos de los enemigos de nuestros aliados.

Ni considerar amigos eternos a quienes mañana pueden defender intereses contrarios a los nuestros.

Las naciones serias no tienen amistades sentimentales.

Tienen intereses.

Y el primer interés de España debería ser España.

Esto no significa encerrarnos dentro de nuestras fronteras. España debe comerciar, negociar, mediar, cooperar y participar en organismos internacionales. Precisamente porque tenemos una extraordinaria historia diplomática podemos aspirar a desempeñar un papel distinto: ser puente antes que trinchera.

Tenemos relaciones históricas con Europa, Hispanoamérica, el Mediterráneo, el mundo árabe y Estados Unidos.

Utilicémoslas para hablar.

No para que otros decidan con quién debemos enfrentarnos.

HIROSHIMA COMO ADVERTENCIA

Ochenta y un años después de aquel 14 de agosto de 1945, Hiroshima y Nagasaki deberían servirnos para algo más que para contemplar fotografías en blanco y negro.

Deberían recordarnos que todas las guerras empiezan acompañadas de magníficos discursos.

Nadie dice que manda jóvenes a morir por intereses geopolíticos.

Siempre se combate por la libertad.

Por la democracia.

Por la patria.

Por la seguridad.

Por la paz.

Y algunas veces, incluso, se destruye una ciudad para conseguir la paz.

Ahí está la terrible paradoja de agosto de 1945.

No quiero una España aislada.

Quiero una España independiente.

No quiero una España indiferente ante el mundo.

Quiero una España capaz de hablar con el mundo sin pedir permiso para hacerlo.

No quiero que nuestros hijos mueran para resolver conflictos que nada tienen que ver con ellos.

España acertó manteniéndose fuera de la Primera Guerra Mundial.

España acertó evitando entrar en la Segunda.

Y quizá deberíamos recuperar algo de aquella prudencia.

Porque después de Hiroshima sabemos algo que nuestros antepasados no podían imaginar.

La próxima gran guerra quizá no termine con una rendición firmada sobre la cubierta de un acorazado.

Quizá no quede nadie para firmarla.



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