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El Terror revolucionario: cuando la libertad terminó en la guillotina

El Terror revolucionario: cuando la libertad terminó en la guillotina
porJavier Garcia Isac
opinion

La opinión de Javier García Isac de hoy, lunes 1 de junio de 2026

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La Revolución Francesa sigue siendo presentada en demasiadas ocasiones como el gran mito fundacional de la modernidad política europea. Libertad, igualdad y fraternidad. Tres palabras hermosas, aparentemente nobles, repetidas hasta la saciedad por profesores, intelectuales y políticos que han convertido aquel episodio histórico en una especie de religión laica incuestionable. Sin embargo, detrás de aquellos lemas románticos, detrás de la épica revolucionaria y de los discursos grandilocuentes, se escondía algo mucho más oscuro: el nacimiento del terror político moderno.


Hace 232 años comenzaba oficialmente el llamado “Reinado del Terror”, cuando los extremistas jacobinos de la Convención declaraban fuera de la ley a los girondinos, considerados demasiado moderados. A partir de ese momento, Francia dejó de ser una nación para convertirse en un inmenso matadero ideológico. La revolución devoraba a sus propios hijos. Y lo hacía, como siempre ocurre en estos procesos, en nombre del pueblo, de la libertad y del supuesto progreso.


La historia debería habernos enseñado una lección elemental: toda revolución que promete el paraíso en la tierra acaba construyendo el infierno. Ocurrió en Francia. Ocurrió después en Rusia. Ocurrió en China. Ocurrió en Camboya. Y ocurre todavía hoy en todas aquellas sociedades donde el fanatismo ideológico pretende destruir el orden natural, la tradición, la religión y la propia identidad nacional para levantar un “hombre nuevo”.


La Revolución Francesa comenzó derrocando una monarquía, pero pronto terminó declarando la guerra a Dios, a la familia, a la tradición y a la propia Francia histórica. Porque las revoluciones jamás se conforman con cambiar gobiernos; necesitan destruir civilizaciones enteras para imponer una nueva moral revolucionaria.

Robespierre y los jacobinos entendieron muy pronto que el poder revolucionario solo podía sostenerse mediante el miedo. La libertad se convirtió en censura. La igualdad derivó en persecución. Y la fraternidad terminó siendo la excusa perfecta para llenar París de sangre.


La guillotina pasó a convertirse en el símbolo de la nueva Francia. Un instrumento de muerte industrializado, casi burocrático, utilizado con una frialdad aterradora contra cualquiera que fuese sospechoso de no ser suficientemente revolucionario. Bastaba una denuncia, una sospecha o incluso una palabra mal dicha para acabar con la cabeza cortada en la plaza pública.


Miles de personas fueron ejecutadas. Nobles, sacerdotes, campesinos, monjas, intelectuales, ciudadanos corrientes e incluso antiguos revolucionarios. Porque el terror tiene una característica inevitable: nunca se detiene. Necesita enemigos constantes para justificar su existencia.

Especialmente brutal fue la persecución contra los católicos. La Revolución Francesa no solo quería cambiar un sistema político; pretendía destruir las raíces cristianas de Europa. Iglesias saqueadas, conventos arrasados, sacerdotes asesinados, religiosas humilladas y un intento delirante de sustituir el cristianismo por una especie de culto revolucionario a la razón. La izquierda española es digna heredera de ese fanatismo anticlerical, cuando en los años 30 del siglo pasado, intentaron copiar ese modelo de terror que se implantó en Francia.


Aquello no fue libertad. Fue fanatismo ideológico. Fue totalitarismo antes del totalitarismo moderno. Fue el ensayo general de los grandes crímenes políticos de los siglos posteriores.

Y, sin embargo, todavía hoy existe una visión romántica de la Revolución Francesa. Se sigue enseñando como un proceso casi heroico, ocultando deliberadamente los horrores que provocó. Como si el asesinato masivo pudiera justificarse cuando se hace en nombre de determinadas ideas consideradas “progresistas”.


La izquierda lleva siglos romantizando revoluciones sangrientas. Lo hizo con la Revolución Francesa, después con la soviética, más tarde con Cuba y todavía hoy continúa justificando dictaduras y procesos revolucionarios siempre que compartan determinados dogmas ideológicos. Cambian las banderas, cambian los uniformes y cambian los lemas, pero el mecanismo siempre es el mismo: primero prometen libertad y justicia; después llegan la censura, la persecución y el miedo.


Robespierre acabó siendo víctima de su propia maquinaria del terror. El mismo hombre que había enviado a miles de franceses a la guillotina terminó subiendo al cadalso apenas un año después. El 27 de julio de 1794 fue derrocado y al día siguiente ejecutado.

La revolución volvía a demostrar su naturaleza caníbal. Al que a hierro mata, a hierro muere.


Y resulta profundamente significativo que, tras años de caos, violencia y descomposición social, Francia terminara necesitando la aparición de una figura fuerte como Napoleón Bonaparte para restaurar cierto orden y estabilidad. Porque las revoluciones suelen destruir mucho, pero rara vez saben construir. Tras el caos revolucionario, las sociedades buscan desesperadamente seguridad, autoridad y paz.


La Revolución Francesa dejó una herencia profundamente contradictoria. Por un lado, el nacimiento de ciertas ideas políticas modernas; por otro, la legitimación del terror ideológico como herramienta política. Y esa semilla venenosa ha recorrido buena parte de la historia contemporánea.


Hoy, dos siglos después, seguimos viendo cómo determinadas corrientes políticas intentan imponer un pensamiento único, perseguir al discrepante, reescribir la historia y señalar públicamente a quienes no se someten al dogma oficial. Cambian los métodos, pero no el fondo. Ayer era la guillotina; hoy son la censura, la cancelación y el linchamiento mediático.


Por eso conviene recordar esta efeméride. No para celebrar una revolución romantizada por la propaganda, sino para advertir de los peligros del fanatismo político y de las utopías ideológicas. Cada vez que una ideología promete construir el paraíso eliminando al adversario, la historia acaba escribiéndose con sangre.


La Revolución Francesa nos dejó una lección que demasiados prefieren olvidar: cuando el hombre pretende ocupar el lugar de Dios y destruir todos los límites morales, el resultado inevitable es el terror.


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