La Revolución Francesa sigue siendo presentada en demasiadas ocasiones como el gran mito fundacional de la modernidad política europea. Libertad, igualdad y fraternidad. Tres palabras hermosas, aparentemente nobles, repetidas hasta la saciedad por profesores, intelectuales y políticos que han convertido aquel episodio histórico en una especie de religión laica incuestionable. Sin embargo, detrás de aquellos lemas románticos, detrás de la épica revolucionaria y de los discursos grandilocuentes, se escondía algo mucho más oscuro: el nacimiento del terror político moderno.
Hace 232 años comenzaba oficialmente el llamado “Reinado del Terror”, cuando los extremistas jacobinos de la Convención declaraban fuera de la ley a los girondinos, considerados demasiado moderados. A partir de ese momento, Francia dejó de ser una nación para convertirse en un inmenso matadero ideológico. La revolución devoraba a sus propios hijos. Y lo hacía, como siempre ocurre en estos procesos, en nombre del pueblo, de la libertad y del supuesto progreso.
La historia debería habernos enseñado una lección elemental: toda revolución que promete el paraíso en la tierra acaba construyendo el infierno. Ocurrió en Francia. Ocurrió después en Rusia. Ocurrió en China. Ocurrió en Camboya. Y ocurre todavía hoy en todas aquellas sociedades donde el fanatismo ideológico pretende destruir el orden natural, la tradición, la religión y la propia identidad nacional para levantar un “hombre nuevo”.
La Revolución Francesa comenzó derrocando una monarquía, pero pronto terminó declarando la guerra a Dios, a la familia, a la tradición y a la propia Francia histórica. Porque las revoluciones jamás se conforman con cambiar gobiernos; necesitan destruir civilizaciones enteras para imponer una nueva moral revolucionaria.
Robespierre y los jacobinos entendieron muy pronto que el poder revolucionario solo podía sostenerse mediante el miedo. La libertad se convirtió en censura. La igualdad derivó en persecución. Y la fraternidad terminó siendo la excusa perfecta para llenar París de sangre.
La guillotina pasó a convertirse en el símbolo de la nueva Francia. Un instrumento de muerte industrializado, casi burocrático, utilizado con una frialdad aterradora contra cualquiera que fuese sospechoso de no ser suficientemente revolucionario. Bastaba una denuncia, una sospecha o incluso una palabra mal dicha para acabar con la cabeza cortada en la plaza pública.
Miles de personas fueron ejecutadas. Nobles, sacerdotes, campesinos, monjas, intelectuales, ciudadanos corrientes e incluso antiguos revolucionarios. Porque el terror tiene una característica inevitable: nunca se detiene. Necesita enemigos constantes para justificar su existencia.
Especialmente brutal fue la persecución contra los católicos. La Revolución Francesa no solo quería cambiar un sistema político; pretendía destruir las raíces cristianas de Europa. Iglesias saqueadas, conventos arrasados, sacerdotes asesinados, religiosas humilladas y un intento delirante de sustituir el cristianismo por una especie de culto revolucionario a la razón. La izquierda española es digna heredera de ese fanatismo anticlerical, cuando en los años 30 del siglo pasado, intentaron copiar ese modelo de terror que se implantó en Francia.
Aquello no fue libertad. Fue fanatismo ideológico. Fue totalitarismo antes del totalitarismo moderno. Fue el ensayo general de los grandes crímenes políticos de los siglos posteriores.







