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La infancia de la sospecha

La infancia de la sospecha
porEDATV
opinion

Jota Camacho

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Los manuales de pedagogía dicen que madurar consiste en aceptar el consenso. Dicen también que discrepar de las verdades oficiales es un síntoma de anacronismo, una patología cívica propia de quienes se resisten a marchar al compás del progreso. Se nos invita a delegar la tarea de pensar en comités de expertos casi siempre inexistentes y en ministerios que malgastan nuestros impuestos. Sin embargo, la verdadera madurez intelectual, se parece mucho más a una infancia permanente. No a la infancia de la rabieta o el capricho, sino a la de la mirada limpia, la que se niega a dar el paisaje por bueno y se empeña en el ejercicio más subversivo que conoce la historia humana: preguntar por qué…

Hace unos días tuve la oportunidad de conversar extensamente en mi pódcast con Pablo Sánchez Acero. Quienes busquen en él al agitador de tertulia o al profeta del apocalipsis se llevarán una profunda decepción. Pablo es un hombre cabal, de una coherencia que asusta en estos tiempos de transformismo político, y poseedor de una lucidez tan despejada que uno no puede evitar asociar su calvicie prematura con una absoluta ausencia de filtros entre su cerebro y la realidad. Tras años de investigación meticulosa y ajena al ruido de los titulares, ha volcado en su obra “Llueve” una radiografía de nuestra época que no busca el aplauso fácil del convencido, sino el escalofrío del que empieza a dudar.

El encuentro tuvo, además, el encanto de los viejos ritos literarios. Tuvimos la fortuna de intercambiar ejemplares: la primera entrega de mi trilogía, Relatos de un maltratador, pasó a sus manos mientras yo me sumergía en las páginas de Llueve. Confieso que el libro me tiene atrapado. Y lo está logrando no por el uso de la pirotecnia verbal, sino por el peso específico de sus datos y la sutil elegancia con la que va desmontando los andamios de la corrección política. Al leerlo, uno experimenta la inquietante fascinación de quien mira detrás del decorado de un teatro y descubre las cuerdas, las poleas y las trampillas que hacen posible la magia del ilusionista.

El título de su ensayo encierra una advertencia: Llueve es la vieja consigna con la que los masones se avisan cuando un secreto se escapa de las logias y llega a oídos profanos. A partir de esa premisa, el libro se adentra en las entrañas de una hermandad que, proclamándose discreta, ha sido un actor decisivo en la construcción del mundo moderno, moldeando la política, la cultura y la espiritualidad contemporáneas. Desde sus vínculos con tradiciones antiguas hasta su influencia en revoluciones y sociedades secretas como los Illuminati. Pablo no propone una simple denuncia conspiranoica, sino una invitación a explorar lo que habitualmente se oculta tras el velo de lo simbólico.

El progresismo está edificado sobre una norma tramposa: la infalibilidad de sus intenciones. Se nos dice que el feminismo, el intervencionismo y la deconstrucción de las certezas biológicas e históricas nacen de un deseo irreprochable de justicia. Y es ahí donde el ciudadano, asiente y pasa de largo. Aceptamos el dogma porque cuestionarlo implica el exilio social, el etiquetado automático en el cajón de sastre de la reacción. Pero la obra de Sánchez Acero opera en un plano distinto. No combate la ideología con otra; la combate con la lupa. Nos abre los ojos a un entramado inquietante a la vez que preocupante, un mapa donde la política ya no se divide entre la gestión de lo público y la representación ciudadana, sino entre la ocultación de la realidad y la fabricación del relato.

Esta inmersión me ha ayudado a comprender con mucha mayor nitidez los mecanismos de la realidad que nos rodea. El gran triunfo del progresismo no ha sido ganar las elecciones, sino colonizar el lenguaje. Cuando un sistema logra que llamar a las cosas por su nombre sea considerado un acto de audacia o una provocación, ese sistema ha dejado de ser una opción política para convertirse en una atmósfera. Nos enseñan a aceptar sin preguntar, a consumir consignas en formato de píldora digerible y a mirar con sospecha a cualquiera que ose detenerse a examinar la letra pequeña del contrato social que nos imponen.

Frente a esa inercia adormecedora, la pasión con la que Pablo articula su letanía del "por qué, por qué, por qué" actúa como un revulsivo. Es la misma pregunta que desarmaba a los sofistas en la Atenas clásica y la que hoy descompone el gesto de los portavoces oficiales en las ruedas de prensa. ¿Por qué las soluciones a los problemas sociales siempre implican más control estatal y menos libertad individual? ¿Por qué la defensa de la mujer se ha transformado en una industria burocrática que vive del conflicto y no de la resolución? ¿Por qué el disidente ya no es rebatido con argumentos, sino cancelado con adjetivos?

Insistir en estas preguntas nos mantiene en esa infancia constante de la que habla Pablo con tanto entusiasmo. Una infancia que no tiene nada que ver con la inmadurez, sino con la resistencia a ser domesticados. El niño que pregunta por qué el rey va desnudo no lo hace por malicia ideológica, sino porque sus ojos aún no han aprendido a ver los ropajes inexistentes que el miedo y la conveniencia imponen a los adultos. Necesitamos más Pablos en nuestra esfera pública. Hombres y mujeres capaces de recordarnos que la curiosidad no es un pasatiempo, sino el único antídoto eficaz contra el totalitarismo blando que nos acecha.

La izquierda que aún conserve el saludable hábito de la lectura crítica encontrará en las páginas de Llueve, y espero que también en estas líneas, un argumento difícil de despachar con el manual de tópicos habituales. No se trata de cambiar un dogma de izquierdas por un dogma de derechas, sino de recuperar el derecho sagrado a la sospecha metódica. Cuando la verdad se oculta tras capas de propaganda bien financiada, la única forma de rozarla es raspar la superficie con la uña de la curiosidad.

Al final, lo que nos queda es la inquietud. El libro de Pablo no cierra debates; los abre de par en par. Nos deja sobre la mesa unas ganas inmensas de seguir investigando, de no conformarnos con la versión oficial de los hechos, de entender que el mundo que nos rodea es mucho más complejo y a menudo más oscuro de lo que dicen los telediarios. La literatura y la investigación independientes tienen esa incómoda virtud: te hacen dudar de todo lo que dabas por sentado. Y en esa duda, precisamente, es donde empieza la libertad. Mientras haya quienes sigan preguntando "por qué" con la insistencia de un niño, el relato oficial nunca estará del todo a salvo. Y esa es, sin duda, la mejor de las noticias.

 


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