Hay momentos en la política en los que da la sensación de que los acontecimientos se alinean para favorecer a quienes más necesitados están de una cortina de humo. Y si alguien ha demostrado una capacidad extraordinaria para sobrevivir políticamente gracias a las circunstancias, ese ha sido Pedro Sánchez.
A finales de junio de 2026, España atraviesa una de las mayores crisis institucionales de su historia reciente. Nunca antes un Gobierno había acumulado tantas sombras judiciales, tantos escándalos políticos y tantas sospechas de corrupción afectando de forma tan directa al entorno del presidente del Gobierno. Sin embargo, una vez más, el calendario internacional parece acudir en auxilio de La Moncloa.
Primero fue la visita del Papa. Después, el inicio del Mundial de fútbol. Y entre ambos acontecimientos mediáticos, las informaciones sobre corrupción, tráfico de influencias, adjudicaciones sospechosas, redes de intermediación y posibles financiaciones irregulares desaparecen progresivamente de las portadas para dejar paso a imágenes, ceremonias, partidos y emociones colectivas.
El problema es que, mientras España mira hacia otro lado, los escándalos siguen ahí.
Y son cada vez más graves.
Un mes demoledor para el sanchismo
Junio ha sido un mes especialmente devastador para el Gobierno.
Los españoles han asistido a la declaración judicial de José Luis Rodríguez Zapatero, figura clave en numerosos episodios que desde hace años generan interrogantes sobre sus relaciones internacionales, sus negocios y sus conexiones con determinados regímenes iberoamericanos.
También hemos visto avanzar el procedimiento judicial que afecta a David Sánchez, el conocido como "hermanísimo", cuyo proceso continúa arrojando dudas sobre la creación y adjudicación de una plaza pública que jamás debió existir en los términos en los que fue concebida.
Al mismo tiempo, la investigación de la trama Koldo sigue avanzando.
Y lo hace de manera inexorable.
Cada semana aparecen nuevos nombres.
Cada semana aparecen nuevos documentos.
Cada semana aparecen nuevas contradicciones.
Y cada semana se hace más difícil sostener la ficción de que Pedro Sánchez no sabía nada.
Porque la pregunta ya no es quién conocía la trama.
La pregunta es quién no la conocía.
Resulta sencillamente inverosímil creer que durante años pudieron actuar libremente figuras tan próximas al presidente como José Luis Ábalos, Koldo García o Santos Cerdán sin que nadie en el núcleo del poder socialista tuviera conocimiento de lo que estaba ocurriendo.
El sanchismo nunca asume responsabilidades
Lo verdaderamente llamativo no es únicamente la gravedad de los hechos.
Lo escandaloso es la ausencia absoluta de responsabilidades políticas.
En cualquier democracia madura, los escándalos acumulados durante los últimos meses habrían provocado dimisiones en cadena, ceses inmediatos y probablemente una convocatoria electoral.
Pero España ya no funciona con parámetros normales.
El sanchismo ha instaurado una nueva cultura política.
La cultura de la resistencia a cualquier precio.
La cultura del "aquí no dimite nadie".
La cultura de negar la realidad incluso cuando las evidencias resultan abrumadoras.
No importa que haya ministros salpicados.
No importa que haya familiares investigados.
No importa que existan procedimientos judiciales abiertos.
No importa que antiguos colaboradores entren y salgan de los juzgados.
La respuesta siempre es la misma.
Negarlo todo.
Atacar a los jueces.
Atacar a la Guardia Civil.
Atacar a los medios de comunicación independientes.
Y esperar a que llegue el siguiente acontecimiento capaz de distraer la atención pública.
La política del entretenimiento
El problema es que esta estrategia suele funcionar.
Vivimos en una sociedad donde la información se consume a una velocidad vertiginosa.
Lo importante hoy deja de serlo mañana.
Y el Gobierno lo sabe.
Por eso cada gran evento internacional se convierte en una oportunidad política.
Durante unos días las portadas dejan de hablar de corrupción.
Los informativos abren con otras noticias.
Las tertulias cambian de tema.
La conversación pública gira hacia otro lugar.
Y mientras tanto, el poder gana tiempo.
No es casualidad que el inicio del Mundial coincida con uno de los momentos más delicados para el Ejecutivo.
Millones de personas pendientes de los partidos.







