Resulta casi grotesco contemplar estos días a dirigentes de Sumar y Podemos fingiendo indignación ante los escándalos de corrupción que cercan al PSOE y al Gobierno de Pedro Sánchez. Escuchamos declaraciones grandilocuentes, discursos supuestamente moralizantes y ataques teatrales contra los socialistas, pero la realidad política es mucho más simple y mucho más miserable: ni Sumar ni Podemos van a romper con Sánchez, ni van a permitir la caída del Gobierno, porque ellos forman parte de ese mismo entramado político y porque saben que su supervivencia depende de mantener vivo al sanchismo.
No son observadores externos. No son víctimas. No son oposición. Son cómplices necesarios.
Conviene recordar algo fundamental que demasiados intentan ocultar: primero Podemos y después Sumar han formado parte de los Consejos de Ministros de Pedro Sánchez. Han sido Gobierno. Han compartido mesa, decisiones y responsabilidades. No eran meros acompañantes decorativos; participaban en las deliberaciones y aprobaban decisiones colegiadas. Y cuando un Consejo de Ministros aprueba ayudas, rescates o adjudicaciones bajo sospecha, todos los miembros de ese Consejo son políticamente responsables.
Por eso resulta imposible separar a Sumar y Podemos de casos como el rescate de Plus Ultra o las ayudas públicas vinculadas al entorno de Juan Carlos Barrabés, empresario estrechamente relacionado con Begoña Gómez. Mientras la esposa del presidente firmaba cartas de recomendación favoreciendo a determinadas empresas, esas mismas empresas acababan recibiendo ayudas públicas millonarias aprobadas desde el propio Gobierno del que formaban parte Podemos primero y Sumar después.
¿Dónde estaban entonces Yolanda Díaz, Ione Belarra, Irene Montero, Pablo Iglesias o Íñigo Errejón? Estaban sentados en el Consejo de Ministros o apoyando las decisiones que tomaba el gobierno. Callaban. Votaban. Asentían. Participaban.
Y ahora pretenden hacerse pasar por fiscales anticorrupción.
La izquierda española vive instalada en una gigantesca farsa moral. Hablan mucho de corrupción cuando afecta a otros, pero cuando la corrupción salpica a los suyos aparecen los silencios, las excusas y las maniobras de distracción. El problema para Sumar y Podemos es que cuanto más se investiga al sanchismo, más evidente resulta que ellos han sido colaboradores necesarios de este sistema de poder.
Porque Pedro Sánchez jamás habría podido mantenerse en La Moncloa sin ellos.
Podemos fue la coartada ideológica del sanchismo durante años. Le dieron apariencia de “gobierno progresista”, justificaron todas sus políticas sectarias y respaldaron cada ataque institucional contra jueces, oposición y prensa crítica. Después llegó Sumar, que no deja de ser una reformulación estética de la misma extrema izquierda que ya había fracasado electoralmente con Podemos. Cambiaron el envoltorio, pero no el contenido.
Yolanda Díaz quiso venderse como una figura moderada, dialogante y distinta, pero terminó siendo exactamente lo mismo: una pieza más del engranaje sanchista. Una vicepresidenta útil para mantener el relato mientras el Gobierno se hundía entre escándalos, cesiones al separatismo y sospechas de corrupción.
Mientras tanto, Pablo Iglesias continúa ejerciendo de agitador profesional desde sus terminales mediáticas, intentando marcar perfil contra el PSOE, aunque sabe perfectamente que sin Sánchez su espacio político desaparecería definitivamente. El llamado “macho alfa de la manada”, que venía a asaltar los cielos y acabar con “la casta”, terminó convertido en una pieza más del sistema que prometía destruir y apoyando al PSOE en su particular asalto a las arcas del Estado.
Y no olvidemos a Íñigo Errejón, Mónica García, Irene Montero o Ione Belarra, que durante años legitimaron todas las decisiones del Ejecutivo mientras ocupaban ministerios, cargos públicos o escaños. Todos ellos participaron en el proyecto político que hoy aparece cercado por investigaciones, escándalos y sospechas gravísimas.
Por eso hablan mucho, pero hacen muy poco.







