Hay fechas que deberían enseñarse con letras de oro en nuestras escuelas y, sin embargo, permanecen deliberadamente ocultas. No porque carezcan de importancia, sino precisamente porque desmontan uno de los grandes relatos construidos durante siglos contra España. Uno de esos hechos es que, apenas ocho años después del descubrimiento de América, Isabel I de Castilla, nuestra inolvidable Isabel la Católica, prohibió la esclavitud de los indígenas, reconociéndolos como súbditos libres de la Corona.
Conviene repetirlo una y otra vez: en el año 1500, cuando buena parte del mundo seguía considerando normal la esclavitud, la Reina de Castilla ya establecía que los habitantes del Nuevo Mundo no podían ser tratados como mercancía.
No fue una decisión improvisada ni fruto de la casualidad. Fue consecuencia de una concepción profundamente cristiana de la dignidad de la persona. Isabel entendió que aquellos hombres y mujeres descubiertos por la expedición de Cristóbal Colón tenían alma, derechos y una dignidad que debía ser protegida por la Corona.
Ese es el verdadero legado de España.
Mientras hoy algunos pretenden presentarnos como una nación genocida, colonialista o esclavista, conviene recordar los hechos. Los hechos siempre son mucho más sólidos que la propaganda.
España no fue perfecta. Ninguna nación lo ha sido. Hubo abusos, hubo errores y hubo quienes incumplieron las órdenes de la Corona. Pero precisamente por eso existieron leyes, disposiciones reales, juicios y mecanismos para impedir esos abusos. Porque la voluntad de la Monarquía Hispánica no era la explotación indiscriminada, sino la incorporación de aquellos territorios y de sus habitantes a una comunidad política mucho más amplia.
Por eso Isabel la Católica merece ocupar un lugar de honor entre las grandes figuras de la historia universal.
Mientras otros imperios levantaban su riqueza sobre la esclavitud sin el menor remordimiento, España debatía cuestiones morales, jurídicas y religiosas sobre los derechos de los pueblos recién descubiertos.
Mientras en otros lugares los indígenas eran simples objetos de explotación, en España comenzaba un debate que acabaría cristalizando en una de las aportaciones jurídicas más extraordinarias de nuestra historia.
Y conviene comparar.
Porque muchos de quienes hoy exigen a España pedir perdón guardan un silencio atronador sobre su propia historia.
En Estados Unidos, por ejemplo, la segregación racial siguió formando parte de la vida cotidiana hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX. No estamos hablando de la Edad Media ni del Renacimiento. Hablamos de hace apenas unas décadas.
Hasta 1964 la legislación estadounidense mantenía una separación legal entre blancos y negros en numerosos ámbitos de la vida pública. Existían escuelas separadas, baños separados, establecimientos separados y una discriminación institucionalizada que avergonzaría a cualquier sociedad moderna.
Mientras tanto, cuatro siglos antes, Isabel la Católica ya había afirmado que los indígenas eran personas libres bajo la protección de la Corona de Castilla.
La diferencia histórica resulta sencillamente abrumadora.
Y, sin embargo, hoy se intenta invertir el relato.
Se acusa a España de todos los males imaginables mientras se silencian los enormes avances que impulsó la Monarquía Hispánica.
Se habla continuamente de conquista, pero rara vez de evangelización.
Se habla de imperio, pero nunca del mestizaje.
Se habla de explotación, pero jamás de universidades, hospitales, catedrales, ciudades, caminos, instituciones y un inmenso legado cultural que todavía hoy permanece vivo a ambos lados del Atlántico.
España no exterminó pueblos; creó una civilización compartida.
España no levantó un sistema basado en la segregación racial; promovió el mestizaje como muy pocas potencias hicieron en la historia.
España no convirtió América en una colonia destinada exclusivamente al saqueo; la integró jurídicamente en la propia Corona.
Todo ello comenzó con una mujer extraordinaria.
Isabel la Católica comprendió mucho antes que muchos gobernantes posteriores que la fuerza sin justicia termina convirtiéndose en tiranía.
Su decisión de proteger a los indígenas constituye uno de los grandes hitos de nuestra historia y demuestra hasta qué punto la Corona española actuó con una concepción moral muy superior a la de su tiempo.
Por eso resulta tan injusto contemplar cómo hoy algunos gobiernos españoles alimentan la leyenda negra y aceptan complejos que nunca debieron existir.
No debemos pedir perdón por nuestra historia.
Debemos conocerla.
Debemos estudiarla.
Debemos defenderla.
Y debemos sentir orgullo de aquellos españoles que llevaron una lengua, una fe, un derecho y una cultura que hoy comparten centenares de millones de personas.
No se trata de negar los errores del pasado. Se trata de no permitir que los errores oculten las inmensas aportaciones que España realizó a la historia de la humanidad.
Isabel la Católica simboliza precisamente eso.
Representa una España que descubrió un continente, que abrió el mundo a una nueva era y que, apenas ocho años después, proclamó que aquellos nuevos pueblos no podían ser esclavizados.
Ese gesto dice mucho más sobre nuestra nación que mil campañas de desprestigio.
Cuando algunos pretenden avergonzarnos de ser españoles, conviene recordar a Isabel.
Cuando nos exijan pedir perdón por nuestra historia, respondamos con hechos.
Y uno de esos hechos, incuestionable, es que en el año 1500 una reina española defendió la libertad de los indígenas cuando buena parte del mundo todavía no había empezado siquiera a comprender el verdadero significado de la dignidad humana.
Por eso España no tiene nada de lo que avergonzarse.
Tiene, en cambio, una inmensa historia que conocer, proteger y transmitir con orgullo a las generaciones futuras.