Eso tiene el deporte cuando alcanza la excelencia: consigue recordarnos que, por encima de tantas diferencias, existe una patria común llamada España.
Pero las victorias nunca nacen de la nada.
Los éxitos deportivos no son fruto de una generación espontánea. Detrás de cada campeonato hay décadas de esfuerzo, de derrotas, de frustraciones y de hombres que prepararon el camino sin llegar ellos a recoger los frutos.
Por eso, ahora que todos celebran esta nueva estrella, conviene hacer memoria.
Porque la historia del fútbol español no comenzó en 2008.
Mucho antes hubo pioneros que levantaron los cimientos sobre los que hoy se sostiene esta selección.
Hubo una España que, en 1964, conquistó la primera Eurocopa derrotando a la Unión Soviética en el estadio Santiago Bernabéu. Aquella final trascendía lo deportivo. Era una victoria futbolística, sí, pero también un momento histórico que quedó grabado para siempre en la memoria de varias generaciones de españoles.
Aquellos héroes demostraron que España podía competir con cualquiera.
Después llegarían muchos años de intentos.
Generaciones magníficas que rozaron la gloria sin alcanzarla.
Ahí estuvieron Santillana, Juanito, Asensi, Miguel Ángel, Pirri, Cardeñosa, Gordillo, Camacho y tantos otros futbolistas extraordinarios que vistieron la camiseta nacional cuando hacerlo todavía no garantizaba títulos, sino muchas veces decepciones.
Ellos mantuvieron viva la ilusión.
Ellos sostuvieron el prestigio de la selección cuando cada gran torneo terminaba demasiado pronto.
Y también merecen nuestro reconocimiento.
En 1984 volvió a aparecer la esperanza. Con Miguel Muñoz en el banquillo, España alcanzó la final de la Eurocopa de Francia. Aquella selección cayó frente a la Francia de Platini, pero devolvió al país la ilusión de sentirse competitivo.
Fue otro escalón imprescindible.
Otro paso adelante.
Otra generación que sembró para que otros pudieran recoger.
Después llegaron años complicados. Equipos magníficos que parecían destinados a ganar y que, sin embargo, siempre encontraban una eliminación cruel en cuartos de final. Parecía existir una maldición que impedía a España dar el salto definitivo.
Hasta que apareció Luis Aragonés.
El "Sabio de Hortaleza" cambió muchas cosas.
No solo construyó un gran equipo.
Cambió la mentalidad.
Convenció a sus futbolistas de que España podía ganar.
Y ganó.
La Eurocopa de 2008 fue mucho más que un título. Fue el momento en que España dejó de sentirse inferior para convertirse en una potencia mundial.
Dos años más tarde llegó Johannesburgo.
Aquel inolvidable gol de Iniesta en la prórroga frente a Holanda convirtió a toda una generación en eterna.
Nunca olvidaremos dónde estábamos aquella noche.
Nunca olvidaremos aquel abrazo colectivo.
Nunca olvidaremos aquel grito de "¡Campeones del mundo!".
Y, como si fuera poco, todavía llegó la exhibición de la Eurocopa de 2012, de nuevo bajo la dirección de Vicente del Bosque, culminando probablemente el mejor ciclo futbolístico que jamás haya vivido una selección nacional.
Muchos pensaron que aquello sería irrepetible.
Pero el fútbol siempre guarda nuevas páginas para la historia.
Y Luis de la Fuente ha escrito otra.
Con trabajo.
Con humildad.
Con un grupo extraordinario.
Con futbolistas jóvenes que sienten el orgullo de vestir la camiseta nacional y que han devuelto la ilusión a millones de españoles.
Por eso este Mundial pertenece a ellos.
Pero también pertenece a todos los que estuvieron antes.
Porque nadie llega a la cima sin que otros hayan abierto el camino.
Precisamente por eso me resultan profundamente injustos algunos comentarios que hemos escuchado durante estos días. Desde determinados sectores progresistas se insiste en afirmar que "ahora sí" esta selección representa a toda España porque cuenta con jugadores de distintos orígenes.
No comparto ese planteamiento.
Me parece magnífico que cualquier español, haya nacido donde haya nacido o tenga el origen familiar que tenga, vista la camiseta nacional si siente estos colores y defiende a España con orgullo.
Siempre ha sido así.
Lo que rechazo es la insinuación de que las generaciones anteriores representaban menos a España o eran menos legítimas.
Eso supone un desprecio gratuito hacia quienes durante décadas defendieron el escudo nacional con la misma entrega.
¿Acaso Juanito quería menos a España?
¿Acaso Camacho representaba menos a los españoles?
¿Acaso Santillana, Miguel Ángel o Asensi defendían peor la camiseta?
Por supuesto que no.
Todos ellos hicieron grande a nuestra selección cuando ganar era muchísimo más difícil.
Todos ellos merecen exactamente el mismo respeto que los campeones de hoy.
La historia no empieza cuando algunos deciden escribirla.
La historia es una cadena donde cada generación entrega el testigo a la siguiente.
Por eso este Mundial también es suyo.
Es de los campeones de 1964.
Es de los subcampeones de 1984.
Es de Luis Aragonés.
Es de Vicente del Bosque.
Es de todos los que lloraron en las derrotas para que hoy podamos celebrar otra victoria.
Y es, sobre todo, de millones de españoles que jamás dejaron de creer.
Hoy España vuelve a ser campeona del mundo.
Y durante unas horas hemos vuelto a sentir el orgullo de pertenecer a una nación capaz de levantarse, competir y vencer.
Ojalá sepamos conservar esa unidad que el fútbol nos regala tan pocas veces.
Porque cuando España cree en sí misma, cuando trabaja unida y cuando deja de lado el ruido, demuestra que sigue siendo capaz de conquistar cualquier meta.
Hoy celebramos un Mundial.
Pero también celebramos algo mucho más importante.
Celebramos que España, una vez más, ha recordado al mundo que sigue siendo una gran nación.