Hay pueblos que nacen luchando contra un imperio. Hay naciones que se forjan en la adversidad, en la guerra y en la resistencia. Y hay países que, después de haber alcanzado la prosperidad, terminan devorados por el odio, la violencia y la ingeniería ideológica. La historia de Sudáfrica es, probablemente, una de las mayores paradojas políticas del siglo XX y comienzos del XXI.
Hace ahora 115 años, apenas una década después de la Segunda Guerra Bóer, nacía la Unión Sudafricana bajo dominio británico limitado. Aquellos bóers, descendientes de holandeses, afrikaners endurecidos por generaciones de guerras y sacrificios, jamás aceptaron de buen grado el sometimiento al Imperio Británico. Habían combatido con heroísmo frente a Londres y habían sufrido campos de concentración donde murieron miles de mujeres y niños bóers a manos británicas. Aquella herida jamás cicatrizó.
La creación de Sudáfrica no fue simplemente un proyecto colonial más. Fue también el intento de construir una nación propia, blanca, afrikaner, profundamente marcada por la idea de independencia frente al imperialismo británico. Y esa obsesión por preservar su identidad acabaría desembocando en uno de los sistemas políticos más polémicos y condenados del siglo XX: el apartheid.
Sería absurdo negar la realidad histórica. El apartheid fue un régimen de segregación racial institucionalizada. Un sistema injusto que no podía sostenerse eternamente en un mundo que caminaba, al menos teóricamente, hacia la igualdad jurídica. Las leyes que separaban a negros y blancos, que limitaban derechos políticos y establecían categorías raciales, terminaron aislando internacionalmente a Sudáfrica y convirtiéndola en objetivo de campañas globales.
Pero también sería una manipulación histórica presentar aquella realidad de forma simplista, como si Sudáfrica hubiese sido únicamente un infierno racista sin contexto alguno. Porque la historia nunca es tan sencilla como la propaganda.
La Sudáfrica blanca levantó la economía más poderosa de África. Construyó infraestructuras, industria, universidades, un sistema financiero sólido, redes energéticas modernas y un aparato estatal eficiente. Mientras gran parte del continente africano se desangraba entre guerras tribales, golpes de Estado y dictaduras marxistas, Sudáfrica era un gigante económico y tecnológico. Era el país de África que más inmigración negra recibía, sobre todo de sus países vecinos inmensos en eternas guerras civiles. Vivían mejor en la Sudáfrica del apartheid que en sus propios países.
Y conviene recordar algo que hoy casi nadie se atreve a decir: durante décadas, el régimen sudafricano no sobrevivió únicamente por la minoría blanca. Contó también con el respaldo de importantes sectores zulúes, enemigos históricos del Congreso Nacional Africano. De hecho, el Inkatha Freedom Party, liderado por Mangosuthu Buthelezi, combatió abiertamente al ANC de Nelson Mandela en violentos enfrentamientos étnicos y políticos. La imagen romántica de “todos los negros unidos contra los blancos” es otra falsificación histórica.
Porque el ANC no era simplemente un movimiento pacifista y democrático. Estaba profundamente infiltrado e influenciado por el Partido Comunista Sudafricano y respaldado internacionalmente por la Unión Soviética y Cuba. Nelson Mandela, convertido después en icono global, mantuvo relaciones estrechas con regímenes comunistas y organizaciones revolucionarias armadas. Occidente, en plena Guerra Fría, sabía perfectamente lo que estaba en juego.
Sin embargo, el sistema era insostenible. Y Frederik Willem de Klerk entendió algo que muchos otros líderes se negaron a aceptar: no podía mantenerse eternamente un modelo basado en la separación racial. En 1989 inició el desmantelamiento legal del apartheid y abrió el camino hacia las primeras elecciones multirraciales de 1994.
Aquellas elecciones fueron presentadas al mundo como el inicio de una nueva era. La reconciliación. La igualdad. La convivencia. La “nación arcoíris” nos dijeron.







