Pedro Sánchez vuelve a hacer lo único que realmente sabe hacer en política: inocular miedo. Cuando no hay gestión, cuando no hay proyecto, cuando la corrupción cerca al Gobierno, cuando el desgaste es evidente y cuando incluso parte de sus propios votantes empiezan a mostrar cansancio y hartazgo, el sanchismo activa de nuevo el mismo mecanismo de siempre: la llamada “alarma antifascista”.
Ya no les queda otra cosa.
Durante años, Pedro Sánchez ha gobernado enfrentando a unos españoles contra otros. Lo hizo con la Guerra Civil y la memoria histórica, lo hizo con el separatismo, lo hizo durante la pandemia, lo hizo enfrentando territorios, hombres contra mujeres, ricos contra pobres, jóvenes contra mayores, vacunados contra no vacunados. Y ahora vuelve a hacerlo con el viejo espantajo de la “ultraderecha”.
Porque el PSOE ya no moviliza por ilusión. Moviliza por miedo.
La izquierda española atraviesa uno de sus peores momentos de credibilidad política y moral. Los casos de corrupción rodean al entorno del presidente; las sospechas sobre el uso partidista de las instituciones son constantes; la degradación institucional es evidente; la economía real no acompaña el triunfalismo oficial; la inmigración ilegal preocupa cada vez más a los ciudadanos; la inseguridad crece; el acceso a la vivienda se convierte en una quimera para miles de jóvenes; y Europa empieza a observar con preocupación el deterioro democrático español.
Pero frente a todo eso, Sánchez no ofrece soluciones. Ofrece propaganda.
Y esa propaganda se resume en una frase: “o yo o el fascismo”.
Es exactamente la misma estrategia que lleva utilizando desde que llegó al poder. Pedro Sánchez no gobierna para unir a España, sino para dividirla en bloques irreconciliables. Necesita mantener vivo el miedo porque sabe que, sin ese miedo, gran parte de la izquierda dejaría de movilizarse.
El problema para Sánchez es que el desgaste empieza a ser irreversible. Y ahí entra en escena Vox.
La simple posibilidad de que Vox pueda entrar en gobiernos o influir decisivamente en un futuro Ejecutivo nacional provoca auténtico pánico en la izquierda mediática y política. No porque Vox represente ninguna amenaza para la democracia —como repiten de forma obsesiva desde las terminales mediáticas del régimen—, sino porque representa una amenaza para el sistema de poder construido alrededor del PSOE.
Lo que realmente temen no es a Vox.
Temen perder el control.
Temen perder las redes clientelares.
Temen perder el dominio sobre los medios subvencionados.
Temen perder el control ideológico de las instituciones.
Temen perder el monopolio cultural y político que han impuesto durante décadas.
Por eso vuelven a activar la “alarma antifascista”. Porque necesitan convertir cada elección en una batalla emocional donde el votante de izquierdas acuda a las urnas aterrorizado ante la supuesta llegada del “monstruo”.
Y en esta operación resulta especialmente lamentable el papel del Partido Popular.
Porque el PSOE conoce perfectamente las debilidades del PP. Las ha estudiado durante años. Sabe que el Partido Popular vive permanentemente acomplejado por la izquierda mediática y por Bruselas. Sabe que gran parte de la dirección popular teme más el qué dirán de los periódicos progresistas europeos que decepcionar a sus propios votantes.
Y precisamente por eso Sánchez aprieta.
La amenaza es clara: cualquier acuerdo con Vox será presentado como una alianza con el “fascismo”. Cualquier pacto parlamentario será utilizado para desatar una campaña de miedo nacional e internacional. Y no es descartable que desde determinados sectores de Bruselas se presione al Partido Popular para impedir cualquier entendimiento con Vox en un futuro escenario electoral.
Ya estamos viendo cómo en distintos países europeos se intenta levantar un cordón sanitario contra partidos patrióticos o soberanistas mientras se normalizan alianzas entre socialistas, populares y extrema izquierda cuando conviene al sistema.
Lo preocupante es que el PP parece entrar siempre en el marco mental del PSOE. En vez de combatir el relato, muchas veces lo acepta parcialmente. En vez de desmontar la propaganda, intenta justificarse ante ella. Y cuando la derecha acepta el lenguaje ideológico de la izquierda, la izquierda ya ha ganado una parte de la batalla cultural.
Mientras tanto, Sánchez continúa explotando el miedo como herramienta política.
Miedo al fascismo.
Miedo a la ultraderecha.
Miedo a Vox.
Miedo a cualquier alternativa.
Es una política profundamente irresponsable y extremadamente peligrosa. Porque convertir media España en una amenaza para la otra media sólo conduce al deterioro de la convivencia nacional. Sánchez no busca reconciliar ni construir; busca resistir políticamente a cualquier precio.
Y lo más grave es que lo hace porque sabe que su proyecto político carece ya de otro pegamento ideológico. La izquierda actual no se une por esperanza ni por un programa común de futuro. Se une únicamente por el rechazo al adversario.
Ese es el verdadero cemento del sanchismo.
El odio político.
Pedro Sánchez no se mantiene en el poder por sus éxitos de gestión. Se mantiene porque ha conseguido convencer a parte de la izquierda de que cualquier alternativa sería poco menos que el apocalipsis democrático. Esa es la gran manipulación emocional de nuestro tiempo político.
Pero cada vez más españoles empiezan a darse cuenta del engaño.
Porque cuando un Gobierno necesita vivir permanentemente del miedo, de la amenaza y de la demonización del adversario, es porque ya ha perdido la capacidad de ofrecer ilusión, proyecto y esperanza.
Y eso es exactamente lo que le ocurre hoy al sanchismo.