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El Precio de la Sumisión

El Precio de la Sumisión
porEDATV
opinion

Por Jota Camacho

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Para entender la magnitud del expolio que sufrimos los españoles, es necesario despojar al impuesto de su mística de solidaridad colectiva y viajar al pasado. La historia de la fiscalidad no empieza con la financiación de escuelas ni de hospitales públicos; nace con la guerra y el sostenimiento del poder. Hacia el año 3000 antes de Cristo, en el Antiguo Egipto, los escribas del Faraón ya recorrían las riberas del Nilo cobrando el diezmo sobre el grano y el ganado para sufragar las campañas militares del soberano. Siglos más tarde, el Imperio Romano perfeccionó la maquinaria mediante el tributum y las vectigalia, tasas indirectas que llegaron a gravar la orina en tiempos de Vespasiano. Cinco milenios después, la legitimidad del impuesto ha evolucionado mucho más que el impuesto mismo. Lo que en Egipto se exigía en nombre del faraón y en Roma en nombre del Imperio, hoy se recauda en nombre del interés general. La diferencia no está en la existencia del tributo, sino en la obligación de justificarlo.

El modelo europeo actual es una auténtica anomalía confiscatoria. Mientras la media impositiva mundial se sitúa entre el 15% y el 20% del (PIB), la Unión Europea eleva esa presión fiscal media hasta un asfixiante 39,7%. Dentro de este sistema hipertrofiado, los extremos son Francia, Dinamarca y Austria, que lideran la voracidad estatal con presiones fiscales que superan el 43% de su PIB, llegando a aplicar en el IRPF, tipos que van del 55% al 60%, En el extremo opuesto, la libertad financiera, plazas como Emiratos Árabes Unidos, Bahamas o Mónaco, donde el impuesto sobre la renta es del 0%. Incluso dentro de la propia Unión Europea, naciones competitivas como Irlanda se plantan en un modesto 21,9% de presión fiscal, mientras que Bulgaria aplica un atractivo tipo fijo del 10% tanto para rentas como para sociedades.

¿Dónde encaja España en este mapa? La propaganda oficial recurre de forma sistemática a una trampa estadística para anestesiarnos. Sostienen los portavoces gubernamentales que la presión fiscal española (la recaudación bruta sobre el PIB) ronda el 37% o 38%, situándonos ligeramente por debajo de la media europea. Lo que deliberadamente ocultan es el concepto de esfuerzo fiscal o Índice de Frank, que cruza la recaudación con la renta per cápita de los ciudadanos. Dado que un español es sustancialmente más pobre que un alemán o un francés, pagar un porcentaje similar de impuestos supone un sacrificio real entre un 15% y un 20% superior a la media de la eurozona. Los datos actualizados a mayo de 2026 confirman que España es ya el tercer país de la Unión Europea con mayor presión fiscal específica sobre pymes y autónomos, detrayendo a nuestro tejido productivo el 17,8% del PIB frente al 14,8% del promedio comunitario.

La traducción temporal de este calvario es el denominado Día de la Liberación Fiscal, un indicador que calcula cuántos días al año debe trabajar un ciudadano exclusivamente para cumplir con Hacienda. Según los informes de referencia de la Fundación Civismo, el español medio necesita destinar la friolera de 228 días de su salario anual para saldar sus obligaciones tributarias, directas e indirectas. Esto se alcanza a mediados de agosto. Es decir, desde el 1 de enero hasta bien entrado el octavo mes del año, cada madrugón, cada hora extra y cada riesgo asumido se transfiere íntegramente a las arcas del Estado. El fenómeno se entiende mejor cuando se traduce a tiempo. Según diversas estimaciones sobre carga fiscal efectiva, una parte sustancial del año laboral de un español medio está destinada a financiar las distintas administraciones antes de generar renta disponible para sí mismo y su familia. La discusión ya no es matemática. Es filosófica: ¿dónde sitúa una sociedad el límite razonable entre solidaridad y apropiación? Una versión tecnocrática del feudalismo donde el siervo ha sido sustituido por el asalariado.

La alternancia política ofrece un veredicto sobre la gestión de esta carga. Las únicas ventanas de alivio y rebajas generalizadas de la presión fiscal han llevado siempre la firma de gobiernos de centroderecha. La administración de José María Aznar (1996-2004), cuya reforma del IRPF redujo el tipo marginal máximo del 56% al 45%, además de rebajar el Impuesto sobre Sociedades. Lejos de mermar los ingresos del Estado, esta medida expandió la actividad económica demostrando empíricamente los principios de la curva de Laffer. Tras los ajustes de la primera etapa de Mariano Rajoy, el Ejecutivo popular volvió a acometer rebajas fiscales en 2015. En el reverso de la moneda, los gobiernos de izquierda se caracterizan por una confiscación insaciable. El actual Ejecutivo de Pedro Sánchez ostenta el récord absoluto de la democracia con más de 90 modificaciones fiscales al alza, recurriendo además a la recaudación silenciosa: negarse a deflactar la tarifa del IRPF con la inflación, lo que supone una subida impositiva encubierta a las clases medias aprovechando el encarecimiento de la vida.

Para comprender a quién exprime prioritariamente este diseño institucional, debemos observar la pirámide de la tributación efectiva porcentual. El asalariado es el rehén y el verdadero pagano del sistema. Aunque cree que solo aporta el IRPF que figura en su nómina, soporta un gravamen oculto: las cotizaciones sociales a cargo de la empresa, que representan el 25,8% de la recaudación total en España frente al 17,9% de la media de la Unión Europea. Ese dinero es salario diferido que el trabajador genera, pero jamás llega a tocar. Si a esto sumamos que al consumir lo poco que le queda le espera un IVA general del 21%, el asalariado medio entrega al Estado entre el 40% y el 50% de su coste laboral.

El autónomo ocupa el peldaño de la mayor vulnerabilidad: sometido a tramos progresivos de IRPF que en regiones con impuestos propios altos como Cataluña alcanzan el 47% o 50%, y atrapado en el nuevo sistema de cotizaciones por ingresos reales, carece de las coberturas de un asalariado, pero arriesga la totalidad de su patrimonio personal ante el fisco. Finalmente, el empresario societario se enfrenta a un Impuesto sobre Sociedades del 25%. Lo sangriento en su caso es la doble imposición: tras pagar el 25% corporativo, el empresario debe tributar de nuevo en su IRPF personal para poder disponer de sus dividendos, elevando la carga real combinada por encima del 50%, sin contar el peaje por cada puesto de trabajo que crea.

Esta asfixia ha roto el pacto social en España. El ciudadano acepta el tributo cuando percibe contraprestación y ejemplaridad. Sin embargo, la indignación actual afecta a votantes de todo signo porque la percepción generalizada es de fraude institucional. Los datos oficiales de la Intervención General de la Administración del Estado (IGAE) confirman que el gasto en personal eventual y asesores de confianza colocados a dedo se ha disparado un 76,5% en los últimos años, superando los 71 millones de euros anuales, mientras la cúpula de altos cargos nos cuesta ya 170 millones al año.

Cuando el contribuyente ve que su esfuerzo diario no financia una sanidad ágil ni una educación de excelencia, sino ministerios de dudosa utilidad, duplicidades autonómicas, chiringuitos ideológicos y, para colmo, desvíos millonarios devorados por la corrupción política que asedia las siglas del poder, la desafección fiscal pasa de ser una opción a un mecanismo de defensa. El incremento de la economía sumergida y el refugio en el dinero en efectivo para ocultar operaciones no son caprichos delictivos; son la respuesta psicológica de una sociedad extenuada que ve cómo el fruto de su sudor se dilapida en el altar del clientelismo político.

El dinero público, lejos de no ser de nadie, pertenece a los ciudadanos, y gestionarlo con la actual infidelidad no es política social, es simplemente un saqueo a las instituciones y a los españoles.

 


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