(Dedicado a todos sus familiares, a todos sus pacientes y a todo el mundo)
Hace apenas unos días que nos ha dejado el doctor José García Juncal, y la ciudad se siente un poco más vacía sin su presencia.
Amante del mar, de su querido Bueu y de la literatura, decidió un día marcharse a Santiago de Compostela para estudiar Medicina. Terminó la carrera en cinco años, cuando lo habitual eran seis, un logro que reflejaba no solo su inteligencia, sino también la constancia, la disciplina y el compromiso que siempre caracterizaron su manera de entender la vida.
Después eligió especializarse en Otorrinolaringología y ejerció la profesión hasta el último momento. Se fue como quiso: trabajando.
Para él no existían horarios ni esperas. Su teléfono permanecía abierto para todos. Atendía a cualquier hora con una naturalidad que hoy parece extraordinaria. Era un médico excepcional, pero también algo más difícil de encontrar: una buena persona.
Y qué gran lección nos ha dejado.
Una lección de generosidad, de entrega y de serenidad. Una forma de vivir dedicada a los demás, ofreciendo su tiempo y sus conocimientos sin esperar nada a cambio.
Por eso se siente ahora un vacío tan grande.
Era habitual que te recibiera con alguna de sus expresiones inolvidables: «Hey, amiga», «A toda vela» o aquel entrañable «Vai polo rego». Bastaban unas pocas palabras para que la preocupación comenzara a disiparse.
Entrar en su consulta de Cosaga era entrar en otro tiempo. Allí estaban su mesa de madera, sus plumas, sus libros. Todo parecía recordar una época en la que los médicos todavía podían ejercer con calma, escuchando no solo las dolencias del oído, la nariz o la garganta, sino también esas heridas invisibles que todos llevamos dentro.
Porque Juncal poseía una virtud cada vez más escasa: sabía escuchar.
Quienes tuvimos la fortuna de conocerlo sabemos que su sensibilidad iba mucho más allá de la medicina. Con la misma dedicación con la que cuidaba a sus pacientes, encontraba belleza en las pequeñas cosas de la vida. Recogía conchas en la playa y las transformaba pacientemente en collares únicos, pequeñas obras de arte que muchos conservaremos siempre como un tesoro.
También amaba la escritura.
Escribía a mano, con pluma, como quien sabe que las palabras merecen su propio ritmo. De esa pasión nacieron sus novelas Oceanía y El Marino, dos obras que reflejan su mirada profunda y humana sobre la existencia.
Nos queda su literatura.
Nos quedan sus conchas.
Nos quedan sus palabras.
Y, sobre todo, nos queda el ejemplo de una vida vivida con pasión, creatividad y generosidad hasta el último instante.







