El 20 de junio de 1833, una niña que todavía no había cumplido los tres años era nombrada princesa de Asturias y heredera al trono de España. Aquella niña era Isabel, hija de Fernando VII y de María Cristina de Borbón. A simple vista podía parecer un acto dinástico más, una cuestión sucesoria dentro de la monarquía española. Pero la realidad fue muy distinta. Aquel nombramiento, hace ahora 192 años, marcaría el inicio de uno de los siglos más convulsos, sangrientos y decadentes de nuestra historia contemporánea.
Porque con Isabel II no comenzó únicamente un reinado. Comenzó una fractura nacional. Comenzó la España de los pronunciamientos, de las guerras civiles permanentes, de la inestabilidad política, del caciquismo, de la corrupción, de la pérdida del Imperio y de la demolición progresiva de la nación histórica española.
La designación de Isabel como heredera supuso la ruptura del orden sucesorio tradicional. Fernando VII, que durante años había jurado y defendido la Ley Sálica implantada por los Borbones, decidió modificar las reglas para permitir que su hija pudiera reinar. La Pragmática Sanción reabrió un conflicto latente que terminaría desembocando en las guerras carlistas.
Carlos María Isidro, hermano de Fernando VII, reclamó sus derechos dinásticos, y España quedó dividida entre isabelinos y carlistas. Pero aquello no fue simplemente una disputa familiar entre dos ramas borbónicas. Fue algo mucho más profundo. Fue el enfrentamiento entre dos modelos de España.
Por un lado, la España tradicional, católica y foral. Por otro, la España liberal, centralista y revolucionaria que comenzaba a importar las ideas surgidas de la Revolución Francesa. Ahí nace verdaderamente el drama español contemporáneo.
Las guerras carlistas no fueron simples guerras dinásticas. Fueron auténticas guerras civiles. Y España quedó condenada desde entonces a vivir en una tensión permanente. El siglo XIX español se convirtió en una sucesión interminable de enfrentamientos internos, golpes de Estado, levantamientos militares, cambios de régimen y derrumbes nacionales.
Porque conviene recordar una verdad que muchas veces se oculta: el siglo XIX español fue un auténtico desastre histórico.
La Guerra de la Independencia contra Napoleón, presentada tantas veces como epopeya nacional, tuvo también un fuerte componente de guerra civil. Había españoles luchando contra los franceses y españoles colaborando con José Bonaparte. Los llamados afrancesados representaban ya esa élite acomplejada que siempre ha preferido servir a intereses extranjeros antes que defender la soberanía nacional.
Después llegaron las guerras carlistas. Tres guerras civiles que desangraron España. Más tarde vendrían los pronunciamientos militares, las repúblicas fallidas, las sublevaciones cantonales, el terrorismo anarquista, las persecuciones religiosas y el caos institucional permanente.
Mientras otras naciones europeas consolidaban sus Estados y fortalecían sus economías, España se consumía en luchas internas.
Y en medio de todo ello, el reinado de Isabel II fue probablemente uno de los más nefastos y corruptos de nuestra historia.
La reina terminó convirtiéndose en símbolo de decadencia moral, de corrupción política y de degradación institucional. Su corte fue un foco permanente de escándalos, intrigas y favoritismos. Los gobiernos caían uno tras otro. Los militares intervenían constantemente en la política. La nación se fragmentaba territorial y socialmente.
España dejó de ser una potencia respetada para convertirse en un país débil, inestable y manejado por camarillas.
La revolución de 1868, “La Gloriosa”, expulsó finalmente a Isabel II del trono, pero no solucionó nada. Al contrario. La situación empeoró todavía más. Sexenio Revolucionario, Primera República, cantonalismo, nuevos conflictos carlistas… España parecía incapaz de encontrar estabilidad.







