Siento tristeza al observar cómo una nación milenaria se entrega con mansedumbre a las ocurrencias de una pandilla de adolescentes tardías con presupuesto de Estado. Si me estás leyendo, querido amigo, asumo que es porque tu capacidad craneal todavía no ha sido colonizada por el lenguaje inclusivo ni por esa papilla ideológica que sirven en los telediarios de TelePedro. Estas leyendo EDATV.News, así que asumo que sabes leer, y leer bien, lo cual ya te sitúa en una preocupante minoría aristocrática frente a la masa que prefiere el estímulo fácil de una red social y el eslogan de tres palabras diseñado para mentes que no llegan al final del párrafo.
Ahora que no nos oyen las huestes del pensamiento único ni las patrullas de la corrección política, te voy a contar algo. Hemos estado perdiendo la batalla, pero no porque ellos sean mejores, sino porque nosotros hemos sido demasiado educados. La persona de derecha en España es un ejemplar de una elegancia trágica: observa cómo desguazan su país desde la barrera, comenta la jugada en petit comité con tres amigos de confianza y, tras un suspiro cargado de preocupación por el futuro de sus hijos, se vuelve a casa esperando que las próximas elecciones operen el milagro. Pero el milagro no llega, porque mientras tú cultivas tu jardín en silencio, ellos han ocupado la calle, la televisión y, lo que es peor, el significado de las palabras.
Los hombres y las mujeres no somos iguales. Y no hablo solo de la evidencia anatómica que cualquier médico de los de antes certificaría. Hablo de una diferencia biológica que se manifiesta en la propia estructura del alma y en la manera de procesar el mundo. El Ministerio de Igualdad, el monumento al despilfarro de 580 millones de euros, pretende convencernos de que el género es un capricho administrativo, un sentimiento que se elige como el que escoge zapatos. Pero la realidad es tozuda, casi tanto como una feminista de pelo morado buscando una subvención.
El hombre, por una herencia de siglos de estoicismo, reacciona a los problemas aislándose. Es una cuestión de circuitos, de genética, de honor heredado. Cuando el mundo se quiebra, cuando el corazón se nos parte o cuando la injusticia de un divorcio diseñado por el enemigo nos deja en la calle con lo puesto, el hombre sonríe. Es una sonrisa amarga, sí, pero es una sonrisa. ¿Estás bien?, nos preguntan. "Sí, todo en orden, tirando", respondemos, mientras por dentro cargamos con un dolor que nos quiebra el espinazo. Es nuestra forma de dignidad, una suerte de nobleza silenciosa que el feminismo radical ha confundido con masculinidad tóxica.
La mujer, por el contrario, necesita exteriorizar, verbalizar, buscar la opinión y la validación del entorno para sanar. Y ahí reside la genialidad táctica y malévola de la izquierda actual: han convertido la necesidad de queja en una política de Estado. Han institucionalizado el ruido mientras nosotros nos hundíamos en el silencio. Llevamos años dejándonos ganar terreno porque hemos creído que el silencio era una virtud caballeresca, cuando en realidad ha sido nuestra mayor condena. El ruido de ellas, financiado con tu dinero, ha silenciado nuestro dolor.
Con esa fascinación morbosa que produce un accidente de tráfico en cadena, manejan las estadísticas en ese Ministerio del Odio al Pene. Nos venden la cifra de las mujeres asesinadas como la única métrica de la maldad humana en la península. Pero si rascamos un poco la purpurina, la pintura se cae a pedazos. ¿Dónde están los 45 hombres asesinados a manos de sus parejas cada año, de los que nunca se habla? ¿Por qué se ocultan las muertes en parejas lesbianas? Porque no sirven para el negocio. Si la víctima no ayuda a demonizar al varón heterosexual, la víctima no existe para la estadística oficial.
Y qué decir de ese drama que nadie se atreve a llevar a una portada: los 2.800 suicidios al año de hombres. Muchos de ellos son tipos que han tirado la toalla desesperados por divorcios leoninos, por esa tortura moderna llamada alienación parental que les arranca a sus hijos de los brazos, o por denuncias falsas que los convierten en parias sociales antes de que un juez pueda siquiera leer su nombre. Es un genocidio anímico regado con dinero público para mantener a flote un chiringuito que solo produce resentimiento y clientelismo.
Mientras esto sucede, la frontera es un colador de dimensiones épicas. Estamos importando a unos 800.000 médicos e ingenieros aeronáuticos, procedentes del Magreb. Gente que, casualmente, votará en breve. Un plan maestro para que el Adonis cadavérico presidencial, siga luciendo su palmito, mientras España se desangra demográfica y económicamente.
El sujeto progre, ese personaje que todos tenemos dibujado en la cabeza en este momento. No me refiero al socialista de la vieja guardia, aquel hombre educado y con convicciones que hoy mira hacia la Moncloa con asco. Ese es hoy un lince ibérico, una especie protegida que ya vota a la derecha por orfandad.







