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LA CARTA MAGNA, ROBIN HOOD Y EL FRACASO DE LA CONSTITUCIÓN ESPAÑOLA: DE PONER LÍMITES AL PODER A DESARMAR A LA NACIÓN

LA CARTA MAGNA, ROBIN HOOD Y EL FRACASO DE LA CONSTITUCIÓN ESPAÑOLA: DE PONER LÍMITES AL PODER A DESARMAR A LA NACIÓN
porJavier Garcia Isac
opinion

Unas semanas después, el 15 de junio de 1215, en Runnymede, aquel rey sin prestigio se vio obligado a aceptar la Carta Magn

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El 24 de mayo de 1215, Londres contempló una de esas escenas que parecen escritas para una novela medieval: el llamado “Ejército de Dios y de su Santa Iglesia”, formado por barones rebeldes y apoyado por sectores eclesiásticos, entraba en la ciudad entre aclamaciones populares. Al otro lado estaba Juan sin Tierra, rey de Inglaterra, acorralado por sus propios abusos, por sus impuestos, por sus derrotas y por su incapacidad para gobernar con algo parecido a la prudencia.

Unas semanas después, el 15 de junio de 1215, en Runnymede, aquel rey sin prestigio se vio obligado a aceptar la Carta Magna, un texto nacido no de la generosidad del monarca, sino del hartazgo de quienes ya no estaban dispuestos a soportar la arbitrariedad del poder. La Carta Magna fue, en esencia, una advertencia escrita al soberano: ni siquiera el rey está por encima de la ley.

Juan sin Tierra no fue precisamente un modelo de virtud. Tampoco conviene idealizar a su hermano Ricardo Corazón de León, más útil para la leyenda que para la administración de un reino. Ricardo fue el héroe de las cruzadas, el rey guerrero, el personaje romántico; Juan fue el administrador torpe, desconfiado, abusivo y derrotado. Uno llenó cantares; el otro provocó documentos. Y, a veces, la historia avanza más por los errores de los mediocres que por las hazañas de los héroes.

La Carta Magna no nació como una constitución moderna, ni como una declaración universal de derechos. Fue un pacto feudal, limitado, concreto, pensado para ordenar relaciones entre el rey, la Iglesia y los grandes señores. Pero su importancia histórica está precisamente en el principio que dejó sembrado: el poder debe tener límites, las obligaciones deben estar claras y la ley debe servir para impedir la arbitrariedad.

Y ahí es donde el paralelismo con España resulta inevitable, aunque doloroso.

La Constitución española de 1978 proclama en su artículo 2 la “indisoluble unidad de la Nación española”, pero al mismo tiempo reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las “nacionalidades y regiones”. Esa ambigüedad, presentada entonces como fórmula de concordia, ha terminado convirtiéndose en una grieta por la que han entrado décadas de chantaje separatista, cesiones, desigualdad territorial y debilitamiento del Estado.

La Carta Magna inglesa surgió para limitar al poder y proteger al reino frente a los abusos del soberano. La Constitución española, casi medio siglo después de su aprobación, ha servido demasiadas veces para lo contrario: para blindar una partitocracia, multiplicar administraciones, alimentar estructuras autonómicas insaciables y permitir que quienes quieren destruir España se sienten a negociar con el Estado como si fueran acreedores de una deuda histórica.

Aquella Inglaterra medieval quiso saber a qué atenerse. La España constitucional vive demasiadas veces sin saber quién manda, quién responde, quién paga y quién defiende la unidad nacional.

Juan sin Tierra fue obligado a firmar porque sus vasallos comprendieron que un reino no podía depender del capricho de un rey. España debería aprender la lección: una nación no puede sobrevivir si sus leyes no sirven para protegerla de quienes la atacan desde dentro.

Y, además, existe otro elemento profundamente interesante en toda esta historia: cómo la ficción terminó moldeando nuestra visión de aquellos personajes hasta convertirlos casi en caricaturas morales. Porque la mayoría de nosotros no conocimos primero a Juan sin Tierra a través de un libro de historia, sino a través de las películas, de los cuentos y especialmente de la inolvidable versión de Walt Disney sobre Robin Hood.

Para toda una generación, Ricardo Corazón de León era el rey noble y heroico que regresaba de las cruzadas para devolver la justicia al reino; Juan sin Tierra, el tirano ridículo y cobarde que exprimía a su pueblo mientras chupaba literalmente el dedo en aquella maravillosa película animada; y Robin Hood, el héroe popular que robaba a los ricos para dárselo a los pobres. Todo ello acompañado de una música inolvidable, de una estética medieval romántica y de una narrativa tremendamente eficaz.

Aquellas películas nos devolvían a la infancia, a tardes de televisión y bocadillos, a un tiempo en el que creíamos que la historia era sencilla y que los buenos y los malos estaban perfectamente identificados. Pero la realidad histórica casi nunca es tan simple.

Ricardo Corazón de León, convertido por la leyenda en modelo de caballero cristiano, pasó gran parte de su reinado fuera de Inglaterra, preocupado más por las cruzadas y por sus guerras continentales que por gobernar realmente a sus súbditos. Fue admirado por su valor militar, sí, pero dejó un reino exhausto económicamente por los impuestos destinados a financiar sus campañas.

Y Juan sin Tierra, demonizado por la tradición y por Hollywood, terminó siendo, paradójicamente, el monarca bajo cuyo reinado nació uno de los documentos más importantes de la historia política de Occidente: la Carta Magna.

No porque él quisiera, desde luego. No fue un acto de bondad ni de iluminación política. Fue la consecuencia directa de su debilidad, de sus abusos y de la presión ejercida por aquellos barones rebeldes y por el llamado “Ejército de Dios y de su Santa Iglesia”, que comprendieron que el poder absoluto termina siempre degenerando en arbitrariedad.

Y ahí reside la gran paradoja histórica: el rey peor recordado de Inglaterra terminó siendo el punto de partida de una tradición jurídica destinada precisamente a limitar el poder de los reyes.

Por eso Juan sin Tierra sigue estudiándose hoy en facultades de Derecho de medio mundo. Porque aquella Carta Magna de 1215, aunque imperfecta y medieval, introdujo una idea revolucionaria para su tiempo: incluso el monarca debe someterse a normas y compromisos. Incluso el rey puede ser obligado a rendir cuentas.

La ficción convirtió a Ricardo en mito y a Juan en caricatura. Pero la historia, muchas veces, resulta más compleja y también más irónica que las películas.

Y quizá ahí exista otra reflexión aplicable a nuestro tiempo. Vivimos en una época donde nuevamente se fabrican relatos simplificados: héroes oficiales, villanos oficiales, discursos emocionales diseñados desde el poder político y mediático. Igual que Hollywood moldeó durante décadas nuestra visión romántica de la Inglaterra medieval, hoy las grandes estructuras políticas y mediáticas pretenden moldear nuestra visión de la historia, de la nación y hasta de nuestra propia realidad.

La diferencia es que, en 1215, aquellos nobles ingleses entendieron algo esencial: cuando el poder no tiene límites, la libertad desaparece. Y por eso obligaron al rey a firmar.

En España, por desgracia, llevamos décadas viendo cómo quienes deberían defender la nación utilizan precisamente las leyes y las instituciones para debilitarla desde dentro. La Constitución de 1978, presentada como punto final a los enfrentamientos civiles y garantía de estabilidad, ha terminado siendo demasiadas veces una herramienta al servicio del reparto partidista, del crecimiento descontrolado de las autonomías y de la cesión permanente ante quienes jamás creyeron en España.

Ochocientos diez años después de la entrada de aquel “Ejército de Dios” en Londres, la gran pregunta sigue siendo la misma: ¿sirven las leyes para proteger al pueblo frente al poder o sirven para proteger al poder frente al pueblo?


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