La izquierda española, especialmente la que habita a la izquierda del PSOE, vuelve a retratarse con una claridad meridiana. Cuando ya no le quedan ideas, cuando su proyecto económico ha fracasado, cuando su discurso social se ha agotado y cuando su gestión ha dejado tras de sí ruina moral, división y sectarismo, recurre a lo único que verdaderamente la cohesiona: el odio a España, el separatismo como palanca política y un feminismo convertido en religión dogmática. Eso es lo que representa hoy Irene Montero. No una esperanza, sino el síntoma de una izquierda desnortada, fanatizada y entregada a las peores causas.
En estos últimos días, Irene Montero ha compartido protagonismo político con Gabriel Rufián en un acto celebrado en Barcelona, en el que ambos exploraron fórmulas de entendimiento político entre Podemos y el mundo de ERC, envuelto todo ello en la vieja retórica del “bloque antifascista” y de la llamada “izquierda plurinacional”. Distintos medios lo han presentado como un intento de reconstrucción de la izquierda alternativa frente al auge de la derecha. Pero en realidad lo que vimos fue algo mucho más viejo, mucho más siniestro y mucho más peligroso: la enésima resurrección de la alianza entre el extremismo revolucionario y el separatismo antiespañol.
No hay nada nuevo bajo el sol. Cambian las etiquetas, cambian las consignas, cambian los rostros, pero el fondo permanece intacto. Antes lo llamaban frente popular. Hoy lo disfrazan de feminismo, de plurinacionalidad, de derechos civiles o de cordón sanitario frente al “fascismo”. Pero la mecánica es la misma: unir a todos los enemigos de España bajo una causa supuestamente moral superior. Ayer eran comunistas, separatistas y revolucionarios de distinto pelaje. Hoy son separatistas, feministas desnortadas, identitarios de extrema izquierda y toda esa fauna subvencionada que ha hecho de la política un negocio y de la confrontación civil una forma de vida.
Irene Montero encarna perfectamente esa impostura. Su feminismo no es un feminismo real, ni mucho menos una defensa sincera de la mujer. Es un feminismo de cartón piedra, burocrático, sectario y excluyente. Un feminismo que no protege a la mujer, sino que la instrumentaliza. Un feminismo que no busca la igualdad ante la ley, sino el privilegio ideológico. Un feminismo que no defiende a las mujeres, sino únicamente a aquellas que aceptan disciplinadamente el catecismo podemita. En definitiva, un feminismo enloquecido. Las demás, las que discrepan, las que no comulgan con la izquierda, las que defienden la familia, la nación o simplemente el sentido común, son para este feminismo poco menos que traidoras a su sexo.
Ahí está la gran mentira de Irene Montero. Quisieron venderla como la gran referente de una nueva política y no fue más que el rostro de un proyecto profundamente autoritario. Un proyecto que ha dividido a hombres y mujeres, que ha degradado el lenguaje público, que ha dinamitado la presunción de inocencia, que ha vaciado de contenido la palabra igualdad y que ha convertido el dolor real de muchas mujeres en propaganda partidista.
Irene Montero jamás ha defendido a la mujer española en su conjunto; ha defendido una agenda ideológica, sectaria y profundamente antinacional. Una mujer colocada por su pareja, que la convirtió en ministra. Muy similar a otro “referente” de esta izquierda casposa y desnortada, Sara Santaolalla, una indocumentada que debe toda su popularidad a su protector, Javierito Ruiz, el amigo de Villarejo. Siempre el mismo patrón en este feminismo de cartón piedra, siempre es el macho alfa quien las coloca, y luego odian a todos los hombres por los ambientes tóxicos en los que se mueven.
Y si grave es verlas convertidas en referentes de ese feminismo delirante, más grave aún es contemplar cómo tienden la mano al separatismo catalán con absoluta normalidad. Porque la izquierda española nunca ha combatido al separatismo, sino que lo ha asumido como socio preferente, como aliado necesario, como compañero de viaje. En lugar de defender la unidad nacional, el orden y la continuidad histórica de España, la izquierda ha decidido abrazarse a quienes llevan décadas trabajando para destruirla desde dentro.
Por eso no sorprende que ERC aparezca en esta operación. Esquerra Republicana no es una fuerza política cualquiera. Tiene una trayectoria histórica marcada por el sectarismo, la agitación y la violencia revolucionaria. Pretender blanquearla como si fuera un partido más de la normalidad democrática es un insulto a la verdad histórica. La izquierda actual podrá intentar maquillarlo todo con palabras melosas, con actos universitarios, con estética de resistencia y con apelaciones al antifascismo, pero la historia no desaparece porque se la quiera silenciar.
Y la historia de ese separatismo está manchada de sangre. Está unida a una etapa trágica en la que Cataluña, como tantas otras regiones de España, sufrió una persecución brutal contra religiosos, patriotas y ciudadanos inocentes. Bajo el poder revolucionario y separatista de aquellos años, miles de catalanes fueron asesinados en una espiral de barbarie que la izquierda de hoy jamás quiere recordar, porque rompe por completo su relato sentimental y mentiroso. Les gusta invocar la memoria histórica, pero solo cuando sirve para demonizar al adversario. Cuando la memoria señala sus propios crímenes, entonces callan, miran hacia otro lado o directamente falsifican el pasado.







