Hubo un tiempo en que el Real Madrid no necesitaba vender una marca global porque ya era una religión civil para millones de españoles. Un tiempo en que el fútbol olía a puro, a bocadillo de calamares, a bufanda vieja y a transistor pegado a la oreja. Un tiempo en que uno podía recitar de memoria las alineaciones de su equipo, como quien reza un credo aprendido desde niño. Un tiempo en que el Bernabéu no era un parque temático para turistas adinerados ni una pasarela de influencers asiáticos, jeques árabes o ejecutivos de paso. Era otra cosa. Era hogar. Era sentimiento. Era identidad.
Y quizá por eso duele tanto contemplar en qué se ha convertido hoy el Real Madrid.
Porque sí, sería absurdo negar los éxitos deportivos de Florentino Pérez. Ahí están las Copas de Europa, las Ligas, los títulos internacionales y la construcción de un imperio económico sin precedentes. Florentino ha sido, probablemente, el presidente más exitoso de la historia del club en términos empresariales y de resultados. Eso es innegable. Pero también es innegable que, en paralelo, ha ido vaciando al club de su alma.
El problema del Madrid actual no es deportivo. El problema es emocional. El problema es que muchos madridistas ya no reconocen a su equipo.
Florentino Pérez lleva prácticamente veintiséis años dominando el club con mano de hierro. Y cuando alguien concentra tanto poder durante tanto tiempo, deja de existir una presidencia para convertirse en un régimen. Ahora anuncia elecciones porque dice estar molesto con una parte de la prensa que le ha criticado tras esa rueda de prensa esperpéntica de hace unos días, donde apareció más como un empresario irritado que como el presidente de la entidad más grande del mundo. Pero hablar de elecciones en el Real Madrid actual es casi un sarcasmo.
Porque Florentino cambió los estatutos para blindarse.
Porque hoy solo pueden presentarse multimillonarios con unas condiciones prácticamente imposibles para cualquier socio normal.
Porque el Madrid ya no pertenece a sus socios, aunque se siga utilizando esa frase como reclamo romántico. El Madrid pertenece a una estructura gigantesca de intereses económicos, empresariales y financieros que viven alrededor del club. El socio ha quedado reducido a mero figurante. Ya no decide nada. Ya no pinta nada.
Y eso es profundamente triste.
Ahora aparece el nombre de Enrique Riquelme, empresario alicantino con intereses en Panamá y México, como posible alternativa. Pero incluso eso demuestra hasta qué punto el club ha mutado. Ya no hablamos de hombres de fútbol. Hablamos de empresarios, fondos, operaciones, inversiones, megaproyectos y expansión global. El Madrid ya no busca presidentes; busca gestores de un conglomerado multinacional.
Y mientras tanto, el madridismo auténtico se desvanece.
Porque el Bernabéu ya no es el Bernabéu. Es una atracción turística espectacular, sí. Un estadio moderno, brillante, deslumbrante. Pero vacío por dentro. Un escenario perfecto para selfies y vídeos de TikTok, pero cada vez más alejado del madridista de toda la vida. Ese que sufría los domingos, el que viajaba en autobús para ver un partido en invierno, el que discutía alineaciones en el bar, el que lloraba derrotas y celebraba victorias como si le fuera la vida en ello.
Hoy muchos ni siquiera conocen la alineación titular. Los nombres son impronunciables, intercambiables, globalizados. Antes tener dos extranjeros era algo exótico. Hoy lo exótico es encontrar españoles sobre el césped. Antes uno se identificaba con jugadores concretos. Con Di Stéfano. Con Pirri. Con Juanito. Con Santillana. Con Camacho. Con la Quinta del Buitre. Con esos futbolistas que parecían pertenecer a la familia de cada aficionado.







