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La nueva censura

La nueva censura
porEDATV
opinion

Por Jota Camacho

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Hace tiempo la censura llevaba uniforme, sellos oficiales y decretos firmados. Era una censura visible, reconocible. El poder prohibía directamente aquello que consideraba peligroso y el ciudadano, al menos, sabía identificar al censor.

La censura moderna funciona de otra manera. Es más sofisticada, más emocional y más eficaz. Ya no hace falta prohibir un libro; basta con convertir a su autor en un apestado público. No se clausuran teatros por orden gubernamental; se señala al organizador, se presiona al espacio que acoge el acto y se moviliza una turba digital para generar el suficiente miedo como para que alguien decida cancelar antes de tener problemas.

España presume de pluralidad, diversidad y libertad de expresión, pero cada vez tolera menos la discrepancia. Hay opiniones permitidas y opiniones castigadas. Hay relatos oficiales y relatos prohibidos. Y quien se atreve a cuestionar el marco ideológico dominante sabe perfectamente lo que le espera: insultos, campañas de señalamiento, amenazas, escraches y una presión constante destinada no a debatir, sino a desgastar.

El mecanismo siempre es el mismo. Primero llega la etiqueta: machista, ultraderechista, negacionista o cualquier otro término diseñado para deshumanizar al disidente sin necesidad de responder a sus argumentos. Después aparece la presión organizada: asociaciones, perfiles coordinados en redes sociales y activistas profesionales exigiendo cancelaciones bajo la excusa de la protección social. Finalmente, llega el miedo institucional. Bibliotecas, centros culturales y ayuntamientos prefieren evitarse problemas antes que defender el derecho de alguien a expresar una opinión incómoda.

Lo sabe bien mi amigo escritor y periodista Juan Soto Ivars, convertido en uno de los rostros más visibles del debate sobre la cancelación en España. Cada presentación, conferencia o charla suya viene acompañada de campañas de presión que buscan impedir directamente que hable. No ha cometido ningún delito. Se ha atrevido a cuestionar determinados dogmas culturales contemporáneos. El objetivo nunca ha sido discutir con él; el objetivo es impedir que otros le escuchen.

Y ahí está precisamente el verdadero problema: el miedo al debate. Una sociedad segura de sus ideas no necesita cancelar nada. Cuando una ideología cree tener razón, argumenta. Cuando empieza a temer perder influencia, censura.

En España llevamos años viviendo una peligrosa deriva donde determinadas causas políticas han adquirido inmunidad moral. Cuestionar discursos se considera automáticamente una agresión. Y eso ha generado un clima asfixiante para cualquiera que no acepte repetir las consignas oficiales.

El caso de la violencia doméstica y los debates relacionados con el feminismo institucional es probablemente uno de los ejemplos más evidentes. Existe una enorme diferencia entre defender la igualdad y convertir una ideología concreta en un dogma intocable. Pero esa diferencia parece haberse vuelto imposible de expresar públicamente sin pagar un precio social.

El año pasado, en Pamplona, una de mis charlas sobre violencia doméstica fue vetada después de que el Ayuntamiento gobernado por Bildu me denegara el uso de un espacio público en la Casa de las Mujeres por no encajar dentro de la línea ideológica esperada. El mensaje fue cristalino: ciertos temas solo pueden abordarse desde una perspectiva de género autorizada. Todo lo demás queda fuera.

Comprobé hasta qué punto muchas instituciones culturales dejaron de comportarse como espacios abiertos para convertirse en filtros ideológicos. Ya no importa tanto la calidad de una obra, la complejidad de una historia o la voluntad de generar debate. Lo importante es la alineación política del creador.

Y, sin embargo, cuanto más agresiva se vuelve la maquinaria de la cancelación, más evidente resulta el cansancio de una parte creciente de la sociedad. El ciudadano común empieza a detectar el patrón. Empieza a sospechar que, si determinadas voces generan tantísimo nerviosismo, quizá merece la pena escucharlas antes de aceptar el veredicto oficial.

Por eso los intentos de boicot suelen producir el efecto contrario. La censura moderna tiene una gran contradicción: cuanto más intenta silenciar algo, más curiosidad genera. El público quiere ver aquello que ciertos colectivos consideran peligroso. Quiere escuchar por sí mismo. Quiere comprobar si realmente existe ese monstruo que describen o si simplemente se trata de alguien que se ha atrevido a decir cosas incómodas.

En los últimos días, varias asociaciones feministas radicales han anunciado además su intención de intentar boicotear públicamente la presentación de El Diario de Carmen, continuación de Relatos de un maltratador, una novela incómoda precisamente porque se atreve a explorar las zonas grises de las relaciones tóxicas sin recurrir al panfleto simplista que domina gran parte de la ficción actual. Entre los colectivos más activos vuelve a aparecer la asociación Madres Protectoras, conocida por sus campañas especialmente agresivas en redes sociales y por su presión constante sobre cualquier contenido que se salga del marco ideológico oficialista en cuestiones de género y familia.

Mientras tanto, las amenazas, insultos y llamadas intimidatorias se multiplican. el clima se ha vuelto todavía más agresivo. Esta misma semana he recibido llamadas telefónicas de personas completamente fuera de sí insultándome y llamándome fascista.  A uno de ellos le he dejado en evidencia en mis RRSS, ya no por el tono de su amenaza, sino por lo patético de su intento de intimidación. También he recibido amenazas directas a través de redes sociales, incluyendo mensajes donde me advierten de posibles agresiones físicas durante próximos actos públicos. El objetivo ni siquiera es discutir; el objetivo es intimidar. No hablamos de crítica literaria o discrepancia política, sino de auténticos intentos de intimidación social. Personas que jamás han leído una página de mis obras exigen su cancelación simplemente porque alguien les ha dicho que no deberían existir.

La cultura convertida en tribunal popular. Es también significativo es que el fenómeno ya no nos afecta únicamente a escritores. Lo hace con músicos, creadores y artistas que empiezan a sufrir las consecuencias de no alinearse públicamente con determinadas consignas. Nerea Rodríguez, compositora de la canción Somos Iguales y una de las voces visibles del movimiento Otro 8M.

Su delito ha sido defender una igualdad alejada de la confrontación permanente entre hombres y mujeres. Algo que, en teoría, debería resultar perfectamente razonable en una democracia madura. Sin embargo, las campañas de acoso y señalamiento contra ella en redes sociales llevan semanas creciendo precisamente por no someterse a la ortodoxia dominante.

El problema de fondo es evidente: ciertos sectores no soportan la existencia de mujeres que discrepen del feminismo oficial. Porque desmontan el relato simplista según el cual cualquier crítica al discurso dominante solo puede venir de hombres reaccionarios. Cuando una mujer rompe ese esquema, la reacción suele ser especialmente feroz.

Y aun así, algo parece estar cambiando. La estrategia del miedo empieza a desgastarse. Cada vez más personas perciben la censura cultural como una forma de autoritarismo disfrazado. La gente empieza a acudir precisamente a aquellos lugares que los activistas intentan convertir en territorio prohibido.

No es extremismo ni odio. Es agotamiento ante una sociedad donde todo debe ser filtrado ideológicamente. Agotamiento ante la infantilización constante del ciudadano. Ante la idea de que solo determinadas opiniones merecen espacios públicos mientras otras deben esconderse o desaparecer.

Por eso muchos eventos culturales incómodos para el régimen terminan convirtiéndose en puntos de encuentro de personas muy distintas entre sí, pero unidas por una misma sensación: la de que alguien está intentando decidir qué se puede pensar, leer o escuchar.

Este viernes 29 de mayo, a las 19:00 horas, el Auditorio Sebastián Cestero de Villanueva del Pardillo acogerá la presentación de El Diario de Carmen, la esperada continuación de Relatos de un maltratador. Y os aseguro que no será una simple presentación literaria.

Allí estarán escritores, creadores de contenido, medios independientes y artistas como Nerea Rodríguez, en una cita que se ha convertido casi sin quererlo en un símbolo contra la cultura de la cancelación. El acceso será gratuito hasta completar aforo, en un evento que ya está generando más expectación por los intentos de boicot que por la promoción en sí.

La censura moderna ha cometido un error: pensar que la gente seguiría obedeciendo eternamente. Y este viernes muchos acudirán no solo por un libro, sino por algo bastante más importante. Por comprobar qué ocurre cuando todavía queda gente dispuesta a no callarse.


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