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SEAT: cuando España fabricaba coches y no excusas

SEAT: cuando España fabricaba coches y no excusas
por Javier Garcia Isac
17 de septiembre de 2026 a las 07:15
opinion

La opinión de Javier García Isac

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Hay marcas que son empresas y hay marcas que forman parte de la memoria de un país. SEAT pertenece a las segundas.

Decir SEAT es hablar de nuestros padres y nuestros abuelos, de aquellas carreteras nacionales interminables, de las vacaciones con el coche cargado hasta los topes, de las primeras escapadas a la playa, del bocadillo envuelto en papel de aluminio y de una España que descubría que podía desplazarse, viajar y conocer otros lugares sin depender de nadie.

SEAT fue mucho más que una fábrica de automóviles.

Fue libertad.

Por eso produce una mezcla de nostalgia, tristeza y rabia conocer las noticias que llegan desde el Grupo Volkswagen. El gigante alemán atraviesa una profunda reestructuración y tiene acordada la reducción de alrededor de 50.000 puestos de trabajo en Volkswagen, Audi, Porsche y CARIAD hasta 2030. Y paralelamente ha aparecido una noticia todavía más dolorosa para nosotros: el futuro de la histórica marca SEAT está en cuestión y se especula con su progresiva desaparición hacia 2029, mientras Volkswagen concentra buena parte de su apuesta española en CUPRA.

Conviene decirlo con rigor: la desaparición de SEAT no está oficialmente decidida, aunque todo indica que su final está próximo.

Pero que estemos hablando de esa posibilidad ya debería hacernos reflexionar.

Porque SEAT no nació ayer.

Nació el 9 de mayo de 1950 como Sociedad Española de Automóviles de Turismo. Su objetivo era tan sencillo como ambicioso: poner a España sobre ruedas.

Y lo consiguió.

En 1953 comenzó la producción en la Zona Franca de Barcelona. Primero llegó el SEAT 1400. Después otros modelos. Y finalmente apareció aquel pequeño automóvil que acabaría convertido en uno de los grandes símbolos de nuestra historia reciente: el SEAT 600.

El 600 no era solamente un coche.

Era una revolución sobre cuatro ruedas.

Permitió que miles y posteriormente millones de españoles descubrieran algo que hoy damos por descontado: la libertad de desplazarse.

Aquella familia que anteriormente dependía del tren o del autobús podía meter unas maletas en un automóvil y marcharse de vacaciones. Podía visitar a unos familiares. Podía conocer España. Podía salir un domingo al campo.

Podía, sencillamente, ir donde quisiera.

Después llegarían el 850, el 124, el 127, el 131, el Ritmo, el Panda y tantos otros.

Y posteriormente, ya dentro de otra etapa empresarial, aparecieron modelos como el Ibiza o el León que también forman parte de la memoria sentimental de varias generaciones.

SEAT llegó a fabricar más de veinte millones de vehículos a lo largo de sus primeros 75 años.

Pero detrás de aquellos coches existía algo todavía más importante.

Existía industria.

Cuando España quería fabricar

La España de los años cincuenta entendió una cosa elemental que algunos parecen haber olvidado: un país que quiere ser soberano necesita producir.

Necesita fábricas.

Necesita energía.

Necesita trabajadores cualificados.

Necesita ingenieros.

Necesita industria pesada.

Necesita empresas capaces de generar tecnología y riqueza.

Alrededor del Instituto Nacional de Industria se desarrollaron durante décadas compañías y sectores estratégicos. Ahí estuvieron SEAT, ENDESA, ENASA, ENSIDESA y tantas otras empresas vinculadas a un proyecto de industrialización nacional.

Naturalmente, aquella España tenía enormes carencias. Veníamos de una Guerra Civil devastadora y de una posguerra durísima. Pero el pueblo español tenía fe en sí mismo, y eso era suficiente.

Pero existe un hecho difícil de discutir: España quería industrializarse.

Quería fabricar.

Quería producir.

Quería dejar atrás décadas de atraso.

Y lo consiguió en buena medida.

Las chimeneas de las fábricas no eran consideradas entonces una vergüenza que hubiera que esconder. Eran el símbolo de que detrás existían miles de nóminas, miles de familias y una economía real.

Durante las décadas siguientes buena parte de aquel patrimonio empresarial público fue privatizándose. Algunas privatizaciones pudieron tener sentido económico. Otras son bastante más discutibles. Y otras terminaron significando que sectores considerados estratégicos dejaron de estar bajo control español.

No pretendo abrir aquí un debate simplista entre empresa pública y empresa privada.

La cuestión es mucho más profunda.

La pregunta es: ¿qué proyecto industrial tiene España?

Porque privatizar puede ser perfectamente legítimo.

Lo que resulta suicida es privatizar, vender, deslocalizar, cerrar y finalmente descubrir que ya no fabricamos aquello que necesitamos.

Entonces dejamos de ser propietarios de nuestro destino para convertirnos simplemente en consumidores.

Y ahora podemos contemplar el último capítulo de aquella historia.

SEAT terminó integrada completamente en Volkswagen en 1990.

Y 36 años después nos preguntamos si dentro de tres años seguirá existiendo como marca.

Del SEAT 600 al coche como enemigo

Existe además una paradoja extraordinaria.

SEAT ayudó a “democratizar" la movilidad.

Ahora una determinada izquierda, sino toda, parece empeñada en convertir la movilidad privada en algo sospechoso.

Durante décadas tener un automóvil significó progreso.

Hoy algunos quieren convencernos de que significa culpabilidad.

El trabajador que compraba un SEAT para llevar a su familia de vacaciones había prosperado.

Ahora parece que debe pedir perdón por utilizarlo.

Zonas de bajas emisiones, restricciones, impuestos, prohibiciones, encarecimiento de los combustibles, aparcamientos imposibles y una regulación europea que durante años ha enviado señales contradictorias a fabricantes y compradores.

El automóvil ha pasado de símbolo del progreso a convertirse para cierta progresía en una especie de enemigo ideológico.

Curiosa forma de entender el progreso.

Nuestros abuelos soñaban con tener coche.

Algunos de nuestros gobernantes sueñan con que dejemos de utilizarlo.

Nuestros padres querían carreteras mejores.

Ahora nos explican que lo moderno consiste en limitar nuestra capacidad de desplazarnos.

Nuestros abuelos querían salir de las cavernas.

Y algunos progresistas parecen empeñados en devolvernos a ellas, eso sí, con conexión wifi y una aplicación que nos indique nuestra huella de carbono.

Porque el coche proporciona algo tremendamente incómodo para quien pretende regular hasta el último minuto de nuestra existencia:

independencia.

Uno entra en su automóvil, arranca y decide dónde va.

Sin horarios.

Sin autorizaciones.

Sin depender de un transporte público que demasiadas veces no llega donde necesitamos.

Eso también es libertad.

Y probablemente por eso el automóvil privado molesta tanto a determinados ingenieros sociales.

Europa se disparó en el pie

Sería injusto atribuir todos los problemas de Volkswagen o de SEAT únicamente a las políticas medioambientales europeas. La realidad es bastante más compleja.

Existe una competencia china formidable. Hay problemas de costes. Existen errores empresariales. Europa ha perdido competitividad. El mercado chino ha cambiado radicalmente y fabricantes europeos que durante décadas dominaron determinados segmentos han descubierto competidores capaces de fabricar mucho y barato.

Precisamente por eso resulta todavía más incomprensible que Europa haya decidido añadir dificultades a sus propias empresas.

Mientras China desarrollaba una gigantesca industria automovilística y controlaba buena parte de las cadenas de suministro necesarias para el vehículo eléctrico, Bruselas parecía creer que la economía podía dirigirse desde un despacho mediante reglamentos, calendarios y prohibiciones.

El resultado comienza a estar delante de nosotros.

Europa quiere salvar el planeta y corre el riesgo de quedarse sin fábricas mientras otros fabrican aquello que nosotros consumiremos.

Magnífico negocio.

Para ellos.

Una España que se nos fue

Por eso cuando veo un SEAT 600 perfectamente conservado no veo simplemente un coche antiguo.

Veo una fotografía de España.

Veo aquellas carreteras de doble sentido.

Veo las maletas sujetas como podían.

Veo familias enteras camino de Benidorm, Torremolinos, Alicante o cualquier pueblo de España.

Veo niños pegados a las ventanillas.

Veo padres que habían trabajado durante años para poder comprarse aquel coche.

Y sobre todo veo ilusión.

Era una España que quería vivir mejor que la generación anterior.

Una España que quería prosperar.

Una España que quería construir.

Una España que fabricaba barcos, acero, automóviles, energía y maquinaria.

No era perfecta.

Ninguna España lo ha sido.

Pero tenía algo que echo profundamente de menos en nuestros actuales gobernantes: ambición nacional.

La voluntad de convertir España en una potencia industrial.

Hoy demasiadas veces nuestra economía parece resignada a los servicios, al turismo y a esperar decisiones que se toman en consejos de administración situados a miles de kilómetros.

Y cuando llegan esas decisiones descubrimos hasta qué punto hemos perdido capacidad para decidir nuestro propio futuro.

SEAT somos nosotros

Por eso espero sinceramente que SEAT no desaparezca.

Espero que dentro de muchos años podamos seguir viendo automóviles llevando esas cuatro letras.

Porque SEAT significa mucho más que una cuenta de resultados.

Significa Barcelona y Martorell.

Significa miles de trabajadores.

Significa ingenieros, mecánicos, diseñadores y proveedores.

Pero también significa algo que ninguna hoja Excel puede calcular.

Memoria.

La memoria de millones de españoles.

El primer coche de nuestros padres.

El coche en el que aprendimos a conducir.

El coche con el que nos fuimos por primera vez de vacaciones.

El coche de nuestro primer viaje.

El coche de nuestra juventud.

Quizá por eso duele tanto pensar que pueda desaparecer.

SEAT nació en 1950 para poner España sobre ruedas.

Setenta y seis años después debemos preguntarnos qué hemos hecho para terminar discutiendo si aquellas cuatro letras seguirán existiendo después de 2029.

La respuesta seguramente no está solamente en Wolfsburgo.

Está también en Madrid.

Y en Bruselas.

Está en décadas de pérdida de soberanía industrial, en decisiones empresariales, en errores políticos, en una Europa cada vez menos competitiva y en una clase dirigente que demasiadas veces parece considerar la industria una molestia del pasado.

Nuestros abuelos querían fábricas porque sabían que una fábrica significaba trabajo.

Nuestros padres querían un coche porque sabían que un coche significaba libertad.

Y nosotros estamos permitiendo que nos convenzan de que las fábricas contaminan y los coches molestan.

Algo hemos hecho tremendamente mal.

Porque un país que deja de fabricar termina dependiendo de quien fabrica.

Y un ciudadano al que le dificultan desplazarse termina dependiendo de quien decide cómo puede desplazarse.

Ojalá SEAT sobreviva.

No solamente por nostalgia.

No solamente por sus trabajadores.

No solamente porque forma parte de nuestra historia industrial.

Sino porque cada SEAT 600 que todavía circula por nuestras carreteras nos recuerda una verdad que convendría recuperar:

hubo una España que quería avanzar, producir y ser dueña de su futuro.

Una España que se puso sobre ruedas.

Lo verdaderamente triste sería que aquellos hombres que soñaban con llevarnos hacia el futuro descubrieran que, setenta años después, quienes se llaman progresistas han decidido poner la marcha atrás.


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