Hay nombres que aparecen en los libros de Historia.
Dos guardias civiles, un coche bomba y una España que no tiene derecho a olvidar

La opinión de Javier García
Y hay otros que solamente permanecen en la memoria de una familia, en una fotografía antigua, en una placa, en un expediente amarillento o en el recuerdo de quienes todavía se niegan a olvidar.
Manuel Ávila García.
Federico Carro Jiménez.
Probablemente muchos españoles no sepan quiénes fueron.
Ésa es precisamente la razón por la que hoy quiero escribir sobre ellos.
Porque un país que olvida a quienes murieron defendiéndolo termina corriendo el riesgo de olvidar también quiénes los mataron.
Y España no tiene derecho a hacerlo.
9 DE SEPTIEMBRE DE 1987
Era miércoles.
Gernika.
Vizcaya.
Las diez de la noche.
El guardia civil Manuel Ávila García tenía solamente 22 años.
Veintidós.
A esa edad uno debería estar pensando en vivir.
En enamorarse.
En hacer planes.
En volver a casa durante un permiso.
En imaginar todo aquello que todavía queda por delante.
Manuel era natural de Alcalá la Real, Jaén. Estaba soltero y llevaba solamente unos meses destinado en el País Vasco.
Su compañero era el cabo Federico Carro Jiménez.
Tenía 29 años.
También estaba soltero.
También llevaba pocos meses destinado en Gernika.
Aquella noche ambos salieron del cuartel en un vehículo camuflado de la Guardia Civil. Entre sus cometidos estaba vigilar el itinerario entre el acuartelamiento y la fábrica de armas Astra.
Una tarea rutinaria.
Aunque en el País Vasco de aquellos años pocas cosas podían considerarse rutinarias para un guardia civil.
Apenas habían recorrido unos cientos de metros cuando observaron un vehículo sospechoso.
Se acercaron.
Era exactamente lo que los terroristas esperaban.
El coche estaba cargado con explosivos.
La bomba fue accionada a distancia.
Manuel Ávila murió en el acto.
Federico Carro resultó herido de extrema gravedad y murió durante el traslado.
Dos vidas.
22 y 29 años.
Terminadas en unos segundos.
ETA acababa de sumar dos nombres más a su interminable contabilidad del terror.
NO ERAN CIFRAS
Éste es el primer error que cometemos cuando hablamos del terrorismo.
Convertimos a las víctimas en números.
Tantos muertos.
Tantos heridos.
Tantos atentados.
Pero Manuel no era el número de una estadística.
Federico tampoco.
Tenían padres.
Hermanos.
Amigos.
Compañeros.
Planes.
Una habitación en algún lugar.
Fotografías.
Recuerdos.
Personas que esperaban una llamada.
La bomba no asesinó solamente a dos guardias civiles.
Destrozó dos familias.
Y eso ocurrió cientos de veces.
LOS AÑOS DE PLOMO
Para las generaciones más jóvenes resulta difícil comprender qué significaba ser guardia civil, policía, militar, juez, empresario, periodista o simplemente alguien señalado por ETA en determinados lugares del País Vasco durante aquellos años.
Había que mirar debajo del coche.
Cambiar los itinerarios.
No contar determinadas cosas.
Observar quién caminaba detrás.
Vigilar quién preguntaba.
Había casas cuartel convertidas en objetivos.
Había niños viviendo dentro de ellas.
Había esposas que despedían a sus maridos sin saber con certeza si regresarían.
Y había una parte de la sociedad que miraba hacia otro lado.
Éste fue uno de los elementos más miserables de aquellos años.
ETA mataba.
Pero alrededor de ETA existía también un ecosistema de miedo, justificación, silencio y exclusión social.
Había funerales a los que algunos preferían no acudir.
Había víctimas cuya presencia incomodaba.
Había familias señaladas.
Había personas que después de un asesinato bajaban la persiana y otras que continuaban tomando algo como si nada hubiera sucedido.
Y había lugares donde el asesinado parecía molestar más que el asesino.
Eso también fue terrorismo.
EL SILENCIO
El terrorismo necesita explosivos.
Necesita armas.
Necesita comandos.
Pero necesita además otra cosa.
Silencio.
Necesita una sociedad suficientemente aterrorizada para que demasiadas personas decidan no mirar.
ETA comprendió perfectamente ese mecanismo.
No pretendía solamente asesinar a una persona.
Pretendía que el asesinato educara a miles.
Que todos comprendieran el mensaje.
Si haces esto, puedes ser el siguiente.
Si dices aquello, puedes ser el siguiente.
Si perteneces a la Guardia Civil, puedes ser el siguiente.
Si defiendes públicamente a España, puedes ser el siguiente.
Si te enfrentas a nosotros, puedes ser el siguiente.
Eso es el terror.
No solamente matar.
Enseñar a los vivos a tener miedo.
SER GUARDIA CIVIL
Por eso quiero detenerme en Manuel y Federico.
Porque detrás de los grandes discursos sobre el terrorismo hubo hombres concretos que cada mañana se ponían un uniforme.
Muchos eran extraordinariamente jóvenes.
Procedían de Andalucía.
De Castilla.
De Galicia.
De Extremadura.
De cualquier rincón de España.
Y eran destinados al País Vasco.
Algunos llegaban con veinte años.
Veintiuno.
Veintidós.
Mientras otros jóvenes de su edad pensaban en el fin de semana, ellos aprendían a comprobar los bajos de un vehículo.
A desconfiar de una motocicleta.
A observar un coche estacionado.
A no repetir rutas.
A vivir sabiendo que alguien podía estar estudiando sus movimientos.
Y aun así salían.
Todos los días.
UN DÍA ANTES
Hay además un detalle terrible.
Manuel y Federico fueron asesinados el 9 de septiembre de 1987.
El día anterior, ETA había asesinado en Bilbao al subteniente de la Guardia Civil Cristóbal Martín Luengo.
Un día.
Después otro.
Un muerto.
Después dos más.
Ésa era la normalidad que ETA pretendía imponer.
Hoy pronunciamos aquellas fechas con la distancia que concede el calendario.
Entonces había semanas en las que parecía que España despertaba permanentemente con un nuevo atentado.
Un coche bomba.
Un tiro en la nuca.
Una bomba lapa.
Un paquete explosivo.
Un cuartel.
Una cafetería.
Un supermercado.
Y detrás, siempre, familias.
HIPERCOR
Aquel mismo 1987 había ocurrido algo que debería haber destruido para siempre cualquier intento de presentar a ETA como una organización con algún tipo de justificación moral.
Hipercor.
Barcelona.
19 de junio.
Un coche bomba en el aparcamiento de un centro comercial.
Hombres.
Mujeres.
Niños.
Veintiún asesinados.
Decenas de heridos.
¿Qué causa política puede justificar algo semejante?
Ninguna.
¿Qué patria se construye quemando niños?
Ninguna.
¿Qué libertad nace asesinando inocentes?
Ninguna.
ETA no fue una organización romántica.
No fueron guerrilleros de una película.
No fueron jóvenes idealistas obligados por las circunstancias.
Fue una organización terrorista. Una banda de asesinos de izquierda.
Y sus víctimas merecen que utilicemos las palabras correctas.
MIGUEL ÁNGEL BLANCO
Después llegarían otros nombres.
Miguel Ángel Blanco.
Gregorio Ordóñez.
Fernando Múgica.
Ernest Lluch.
Francisco Tomás y Valiente.
Y tantos otros.
Algunos conocidos.
Otros prácticamente olvidados.
Pero la inmensa mayoría compartían algo.
ETA había decidido que no tenían derecho a continuar viviendo.
Y se arrogó la facultad de ejecutar aquella sentencia.
Sin tribunal.
Sin defensa.
Sin apelación.
Una pistola.
Una bomba.
Y después un comunicado.
LAS VÍCTIMAS INCÓMODAS
Durante años las víctimas del terrorismo tuvieron que luchar no solamente contra el dolor.
También contra el olvido. Sobre todo las víctimas anteriores a 1982.
Primero fueron asesinadas.
Después, demasiadas veces, se les pidió discreción.
Que no molestaran.
Que no politizaran su sufrimiento.
Que no recordaran demasiado.
Que no preguntaran demasiado.
Que miraran hacia adelante.
Pero hay una diferencia enorme entre reconciliación y amnesia.
Una sociedad puede perdonar.
Puede buscar convivencia.
Puede superar una etapa terrible.
Pero jamás debería exigir a las víctimas que olviden para facilitar la comodidad política de los demás.
ETA DEJÓ DE MATAR
ETA anunció en 2011 el cese definitivo de su actividad armada.
En 2018 comunicó su disolución.
Y aquello fue una extraordinaria noticia. Pero lo cierto es que ETA había vencido. Ya no necesitaba matar. Estaba en las instituciones. Ahora es socio preferente del PSOE en la gobernabilidad de España.
No hubo que lamentar más coches bomba.
Más tiros en la nuca.
Más familias esperando llamadas imposibles.
Pero España había sido derrotada.
ETA dejó de matar.
Pero entonces comenzó otra batalla.
La batalla por el relato.
QUIÉN CUENTA LA HISTORIA
Toda organización derrotada, intenta ganar después en la memoria aquello que perdió en la realidad.
Por eso las palabras importan. La realidad es que ETA no fue derrotada. Dejó de matar porque se le acabó regalando mucho de lo que solicitaba.
No hubo un conflicto entre dos ejércitos equivalentes.
No hubo una guerra entre España y ETA.
Hubo una España acosada por una organización terrorista de izquierda.
Hubo asesinos.
Y hubo asesinados.
Hubo verdugos.
Y hubo víctimas.
Un Estado de derecho se diferencia de los terroristas porque está sometida a la ley. El PSOE, incluso cuando le interesó luchar contra ETA, lo hizo de forma ilegal y creando otra banda terrorista. Ahora, ese mismo PSOE se ha reconciliado con los herederos políticos de la banda terrorista.
Y LLEGAMOS AL PRESENTE
Aquí es donde la memoria se encuentra con la política.
Y aquí es donde algunos pretendemos no permanecer callados.
EH Bildu es hoy una fuerza política legal.
Participa en las instituciones.
Se presenta a las elecciones.
Tiene diputados.
Tiene alcaldes.
Sus votos cuentan exactamente igual que los de cualquier otro representante elegido democráticamente. Una anomalía democrática que debe ser corregida. Los asesinos y los que ponen en duda la propia existencia de España, no pueden ser presentados como una organización legítima, ni de ellos puede depender la gobernabilidad de la nación.
La legalidad presente no obliga a borrar la historia política de la izquierda abertzale ni las responsabilidades individuales de quienes en distintos momentos justificaron, pertenecieron o estuvieron vinculados al entramado político que acompañó al terrorismo.
Y mucho menos obliga a olvidar a las víctimas.
BILDU Y EL GOBIERNO
Hoy EH Bildu es uno de los socios parlamentarios sobre los que Pedro Sánchez ha construido buena parte de la estabilidad de su mayoría.
Sus diputados apoyaron su investidura en noviembre de 2023.
Y durante la legislatura sus votos han formado parte del bloque parlamentario que ha permitido al Gobierno continuar.
Éste es un hecho político.
Cada español podrá juzgarlo como considere oportuno.
Yo tengo mi opinión.
Y es profundamente crítica.
Porque hay imágenes que resultan difíciles de asumir para quienes todavía recordamos aquellos años.
No porque EH Bildu sea ilegal.
No porque sus diputados no hayan sido elegidos democráticamente.
Por desgracia Bildu es legal. Nunca les interesó su ilegalización.
Sino porque la política no puede exigirnos, además de todas estás anomalías, que tengamos amnesia.
22 Y 29 AÑOS
Por eso regreso a Manuel.
Y regreso a Federico.
Porque entre tanto pacto, tanta votación parlamentaria, tanta negociación y tanta aritmética política existe el riesgo de que olvidemos lo esencial.
22 años.
29 años.
Un coche sospechoso.
Una aproximación.
Un mando a distancia.
Una explosión.
Y dos familias destruidas.
Eso ocurrió.
No es un relato.
No es una interpretación.
No es propaganda.
Ocurrió.
Recordar no significa pedir venganza. Es pedir justicia. La justicia que se les robó a todas las víctimas.
LOS QUE YA NO PUEDEN HABLAR
Manuel Ávila no puede contar qué pensaba aquella noche.
Federico Carro tampoco.
No pueden explicarnos qué sueños tenían.
Qué querían hacer cuando abandonaran el País Vasco.
Si querían casarse.
Tener hijos.
Ascender.
Regresar a casa.
No sabemos qué habría sido de ellos.
Porque alguien decidió que no habría futuro.
Ésa es la verdadera dimensión del asesinato.
No termina solamente una vida.
Destruye todas las vidas que aquella persona podría haber vivido.
UNA ESPAÑA SIN MEMORIA
Me preocupa una sociedad que recuerda perfectamente determinadas injusticias de hace ochenta o cien años pero comienza a olvidar asesinatos que muchos vimos en televisión.
Me preocupa la memoria selectiva.
Me preocupa que nuestros jóvenes puedan terminar creyendo que ETA fue una especie de organización política radical que tuvo algunos episodios violentos. Una especie de banda romántica que luchaba por la libertad y la democracia. Así nos la quieren pintar ahora.
No.
ETA asesinó.
Secuestró.
Extorsionó.
Amenazó.
Obligó a ciudadanos a marcharse.
Sembró miedo durante décadas.
Y nada de lo que ocurra políticamente después puede cambiar ese pasado.
DOS FOTOGRAFÍAS
Quizá deberíamos hacer un ejercicio muy sencillo.
Cada vez que discutamos sobre memoria, reconciliación o pactos políticos, colocar encima de la mesa fotografías.
No estadísticas.
Fotografías.
Manuel Ávila García.
22 años.
Federico Carro Jiménez.
29 años.
Mirarlos.
Y después continuar hablando.
Porque entonces las palabras pesan de otra manera.
NO OLVIDAR
El 9 de septiembre de 1987 ETA asesinó en Gernika a dos guardias civiles.
Han pasado décadas.
España ha cambiado.
ETA ya no mata.
El País Vasco de hoy no es el País Vasco de aquellos años.
Afortunadamente.
Hay jóvenes que han crecido sin escuchar cada pocas semanas que alguien ha sido asesinado por un tiro en la nuca.
EL ÚLTIMO DEBER
No podemos devolver la vida a Manuel.
No podemos devolver la vida a Federico.
No podemos devolver a sus familias los años que les robaron.
Pero podemos hacer algo.
Pronunciar sus nombres.
Contar qué ocurrió.
Explicar quién puso aquella bomba.
Recordar por qué tuvieron que vivir como vivieron tantos guardias civiles.
Y negarnos a permitir que la conveniencia política transforme la Historia.
Podemos convivir.
Debemos convivir.
Podemos pasar página.
Pero para pasar una página primero hay que haberla leído.
Y jamás arrancarla.
Porque un país no se construye solamente recordando sus victorias.
También se construye honrando a quienes pagaron el precio de defenderlo.
Manuel Ávila García.
Federico Carro Jiménez.
22 y 29 años.
Dos guardias civiles.
Dos españoles.
Dos vidas que ETA decidió terminar una noche de septiembre de 1987.
Hoy sus nombres quizá no abran informativos.
Quizá no provoquen grandes discursos.
Quizá muchos ni siquiera sepan quiénes fueron.
Por eso precisamente había que escribirlos.
Para que permanezcan.
Porque ETA dejó de matar.
Pero España solamente habrá derrotado definitivamente al terrorismo el día en que sea capaz de garantizar dos cosas al mismo tiempo:
que nunca vuelva a ocurrir
y que nunca olvidemos que ocurrió.
