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Sánchez, la OMS y el regreso de la política del miedo

Sánchez, la OMS y el regreso de la política del miedo
porJavier Garcia Isac
opinion

La opinión de Javier García Isac

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Del fracaso del COVID a la amenaza permanente: ¿preparan otra vez a la sociedad para vivir bajo el miedo?

Pedro Sánchez vuelve a aparecer junto a la Organización Mundial de la Salud. Y no lo hace precisamente para pedir perdón por la desastrosa gestión de la pandemia del COVID-19, ni para asumir responsabilidades políticas por los miles de muertos, los encierros ilegales o la ruina económica y social provocada por unas decisiones que el tiempo y los tribunales han desmontado parcialmente. No. Sánchez reaparece sonriente, cómodo, alineado con los mismos organismos internacionales que durante años alimentaron el miedo, justificaron restricciones sin precedentes y avalaron políticas que jamás debieron imponerse en una democracia.


Lo preocupante no es solo la fotografía. Lo verdaderamente inquietante es el discurso que vuelve a acompañarla.

Ahora nos hablan del hantavirus. Del ébola en el Congo. De nuevas amenazas sanitarias globales. De la necesidad de estar preparados para futuras pandemias. Y uno no puede evitar recordar demasiado bien cómo empezó todo aquello en 2020. Primero fueron pequeños avisos. Después recomendaciones. Luego campañas mediáticas basadas en el miedo constante. Más tarde llegaron los confinamientos, la suspensión de derechos fundamentales, la persecución social, el señalamiento del discrepante y el sometimiento absoluto de la población bajo el mantra de la “emergencia sanitaria”.

Y hoy, mientras el sanchismo se desmorona políticamente, mientras los casos de corrupción cercan al Gobierno, mientras la desconfianza hacia las instituciones crece y mientras el PSOE pierde apoyo social y electoral, vuelven otra vez los mismos mensajes, las mismas advertencias y el mismo tono apocalíptico.


No parece casualidad.

Porque el miedo se ha convertido en el principal instrumento político del sanchismo. Cuando no pueden convencer, asustan. Cuando la realidad les golpea, crean una nueva alarma. Cuando la corrupción aprieta, aparece una nueva emergencia. Y siempre bajo la tutela de organismos supranacionales que actúan como legitimadores ideológicos de políticas cada vez más invasivas.

La OMS quedó absolutamente desacreditada durante la crisis del COVID. Cambió criterios constantemente, se contradijo en numerosas ocasiones y avaló medidas que destruyeron economías enteras mientras gigantes tecnológicos y farmacéuticos multiplicaban beneficios. Se nos dijo que las mascarillas no eran necesarias y luego eran obligatorias incluso en exteriores. Se nos aseguró que las vacunas impedirían contagios y transmisión, algo que terminó desmintiendo la propia realidad. Se demonizó a quienes discrepaban, se censuraron opiniones médicas alternativas y se utilizó la ciencia no como herramienta de conocimiento, sino como arma política.


En España, además, el resultado fue devastador.


Miles de ancianos murieron en residencias mientras el Gobierno se lavaba las manos. Se encerró ilegalmente a millones de españoles, como posteriormente señalaría el Tribunal Constitucional. Se arruinó a autónomos, pequeños empresarios y familias enteras. Se utilizó a las fuerzas de seguridad para perseguir ciudadanos mientras miembros del Gobierno incumplían sus propias normas. Se inoculó el miedo hasta extremos enfermizos. Vecinos denunciando vecinos. Niños creciendo bajo una cultura de terror sanitario. Ancianos muriendo solos. Familias separadas. Y una sociedad completamente anestesiada por el bombardeo mediático permanente.

Y pese a todo ello, nadie ha asumido responsabilidades.

Ni Sánchez. Ni Illa. Ni Marlaska. Ni la OMS. Nadie.

Al contrario. Hoy pretenden reescribir la historia y presentarse como salvadores. Y lo hacen mientras vuelven a sonar las alarmas globales.


El problema no es negar que existan enfermedades o riesgos sanitarios. El problema es cómo se utilizan políticamente esos riesgos. Porque lo vivido durante el COVID demostró que las élites políticas descubrieron algo extremadamente eficaz: una sociedad aterrorizada acepta casi cualquier cosa. Acepta restricciones. Acepta control. Acepta vigilancia. Acepta censura. Acepta pérdida de libertades. Acepta incluso el señalamiento público del disidente.

Y eso deja una pregunta inquietante: ¿están preparando psicológicamente a la población para volver a activar ese mecanismo?

Porque da la sensación de que vivimos en una permanente política de la alarma. Cambio climático. Pandemias. Emergencias energéticas. guerras globales. Amenazas digitales. Todo gira alrededor del miedo. Todo parece orientado a mantener a la sociedad en un estado de ansiedad permanente donde el ciudadano, agotado y atemorizado, termine aceptando cualquier decisión tomada desde arriba.


Y Sánchez se mueve como pez en el agua en ese escenario.

No hay más que ver su trayectoria política. El COVID le permitió concentrar un poder extraordinario. Gobernó mediante decretos. Controló la movilidad de millones de personas. Utilizó la televisión pública y buena parte de los grandes medios como instrumentos de propaganda institucional. Impulsó relatos únicos. Persiguió voces críticas. Y mientras la población permanecía encerrada, el Gobierno aprovechaba para consolidar su control político y mediático.

Por eso preocupa tanto esa cercanía permanente con organismos como la OMS. Porque muchos ciudadanos ya no ven en esas estructuras organismos independientes preocupados únicamente por la salud pública, sino actores políticos globales profundamente ideologizados y alineados con agendas de control social cada vez más agresivas.


Y mientras tanto, España sigue sin debatir seriamente qué ocurrió realmente durante aquellos años.

No se habla del impacto psicológico sobre los jóvenes. No se habla del aumento de suicidios y depresiones. No se habla de los negocios millonarios alrededor de las mascarillas, las PCR o determinados contratos públicos. No se habla del autoritarismo político disfrazado de emergencia sanitaria. No se habla del uso partidista del miedo.

Pero sí vuelven las advertencias.

Ahora el hantavirus. Mañana el ébola. Pasado mañana cualquier otra amenaza que permita mantener activa la maquinaria del miedo global.

Y quizá por eso cada vez más españoles miran con recelo estas campañas permanentes de alarma. Porque ya aprendieron que detrás de muchas de ellas no solo hay preocupación sanitaria, sino también intereses políticos, económicos e ideológicos.


La gran cuestión es si la sociedad volverá a aceptar sin resistencia lo que aceptó en 2020.

Porque aquella crisis dejó algo muy claro: el mayor virus no fue solo sanitario. Fue el miedo. Y algunos descubrieron que gobernar a través del miedo resulta extraordinariamente eficaz.


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