Si algún día alguien decide escribir una novela sobre los últimos años del socialismo español, probablemente descubra que existen dos personajes femeninos que representan dos formas distintas de ejercer el poder en la sombra.
Dos mujeres.
Dos estilos.
Dos maneras de entender el servicio al partido.
Dos perfiles aparentemente opuestos.
Y, sin embargo, ambas orbitando alrededor del mismo sol: el PSOE.
Por un lado tenemos a Gertrudis, la secretaria fiel de José Luis Rodríguez Zapatero. Discreta. Silenciosa. Invisible. La mujer que siempre estaba allí sin estar. La que conocía los secretos pero nunca aparecía en los titulares. La que organizaba agendas, llamadas, viajes y reuniones. La guardiana del templo.
Por otro lado aparece Leire Díez.
La anti-Gertrudis.
La secretaria obediente frente a la fontanera combativa.
La mujer discreta frente a la estrella mediática.
La sombra frente al foco.
Si Gertrudis era la monja de clausura del zapaterismo, Leire parecía una mezcla entre inspectora Gadget, comisaria política y directora general sin nombramiento oficial.
Porque mientras Gertrudis trabajaba detrás de la cortina, Leire parecía disfrutar moviéndose por los pasillos del poder como si fuera la auténtica dueña del edificio.
La secretaria y la sabionda
Gertrudis siempre transmitía una imagen casi maternal.
La secretaria de toda la vida.
La persona de confianza.
La que conocía cada detalle de Zapatero.
La que sabía dónde estaba cada papel.
La que abría y cerraba puertas.
La que protegía al jefe.
Leire, sin embargo, parecía responder a otro modelo.
Ella no quería custodiar secretos.
Ella quería dirigir la orquesta.
No era la mujer que sostenía la carpeta.
Era la mujer que daba instrucciones sobre lo que debía hacerse con la carpeta.
Mientras Gertrudis parecía decir: "¿Qué desea el presidente?", Leire transmitía más bien un "yo me encargo".
Y cuando uno escucha algunas de las informaciones conocidas durante los últimos meses, la sensación resulta casi cinematográfica.
Porque no estamos hablando de una simple militante socialista.
Estamos hablando de alguien que, presuntamente, mantenía contactos permanentes con personas situadas en el corazón mismo del aparato del Estado.
La mujer que parecía saberlo todo
La gran diferencia entre ambas es muy sencilla.
Gertrudis conocía los secretos.
Leire parecía sentirse protagonista de ellos.
Gertrudis protegía a Zapatero.
Leire parecía convencida de que podía proteger a todo el PSOE.
Y eso genera una diferencia psicológica enorme.
La secretaria clásica actúa desde la lealtad.
La fontanera moderna actúa desde la influencia.
La primera sirve al poder.
La segunda cree formar parte del poder.
Y quizá por eso sorprende tan poco la imagen que ha ido apareciendo durante los últimos meses.
Una Leire que parecía sentirse cómoda moviéndose entre despachos, altos cargos y estructuras institucionales.
Una Leire que, según las informaciones publicadas, presumía de contactos.
Que hablaba con soltura de operaciones.
Que se relacionaba con personas situadas en posiciones estratégicas.
Que parecía sentirse importante.
Muy importante.
Demasiado importante.
Del despacho a las alturas
Porque una cosa es conocer a alguien.
Y otra muy distinta actuar como si todo el mundo dependiera de ti.







