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La fe como decorado: la hipocresía religiosa del sanchismo

La fe como decorado: la hipocresía religiosa del sanchismo
porJavier Garcia Isac
opinion

La opinión de Javier García Isac

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Hay imágenes que retratan mejor una época que mil discursos. Ver a buena parte del Gobierno de Pedro Sánchez ocupando lugares destacados en una misa presidida por el Papa constituye una de esas estampas que merecen ser analizadas con detenimiento. No por la presencia de los ministros en un acto religioso —algo perfectamente legítimo—, sino por la enorme contradicción política y moral que representa.


Porque resulta difícil no percibir una profunda incoherencia cuando quienes han dedicado años a promover leyes y políticas frontalmente enfrentadas a buena parte del pensamiento social y moral de la Iglesia Católica aparecen ahora buscando la fotografía institucional bajo la bendición papal.


No se trata de cuestionar la fe personal de nadie. La fe pertenece al ámbito de la conciencia individual y merece el máximo respeto. Lo que sí resulta legítimo cuestionar es el uso político de los símbolos religiosos cuando estos se convierten en mero atrezzo institucional.


Durante años hemos asistido a una campaña sistemática de revisión ideológica de la historia de España, de confrontación con tradiciones profundamente arraigadas en nuestra sociedad y de utilización partidista de la memoria colectiva. Hemos visto cómo se impulsaban proyectos destinados a transformar lugares de enorme significado histórico y religioso para millones de españoles. Hemos contemplado ataques constantes contra instituciones, asociaciones y fundaciones vinculadas a una determinada visión de España y de su pasado.


Y, sin embargo, los mismos dirigentes que han promovido esas políticas aparecen ahora en primera fila de una celebración religiosa, fotografiándose sonrientes bajo los focos y buscando la legitimidad moral que proporciona la presencia del Santo Padre.


La contradicción se vuelve aún más evidente cuando recordamos cómo este Gobierno ha gestionado algunos de los momentos más dramáticos de nuestra historia reciente.


Durante la pandemia, miles de familias españolas sufrieron la imposibilidad de despedir dignamente a sus seres queridos. Muchos ciudadanos vivieron el dolor de no poder acompañar a sus familiares en sus últimos momentos ni celebrar funerales con normalidad. España entera quedó marcada por aquella tragedia humana.


Por eso resulta inevitable que muchos ciudadanos se pregunten dónde estaba entonces la sensibilidad institucional que ahora se exhibe con tanto entusiasmo ante las cámaras.


La misma sensación de desconcierto provoca recordar determinadas declaraciones de algunos ministros socialistas en los últimos años. Comentarios despectivos hacia manifestaciones de religiosidad popular, burlas hacia tradiciones católicas o críticas a ceremonias religiosas forman parte de la hemeroteca reciente. De ahí que la presencia multitudinaria de miembros del Ejecutivo en actos litúrgicos genere una impresión de oportunismo difícil de ignorar.


Especialmente llamativo resulta cuando esas imágenes coinciden con momentos políticamente delicados para el Gobierno. La asistencia a grandes eventos internacionales, las fotografías con líderes religiosos o las ceremonias de gran impacto mediático parecen convertirse con frecuencia en herramientas de comunicación destinadas a proyectar una imagen de normalidad institucional mientras se acumulan problemas políticos, judiciales o económicos.


La religión, sin embargo, merece algo más que convertirse en un recurso propagandístico.


España posee una historia profundamente vinculada al cristianismo. Catedrales, monasterios, santuarios, tradiciones populares y fiestas religiosas forman parte inseparable de nuestra identidad nacional. Esa herencia merece respeto, independientemente de las creencias personales de cada ciudadano.


Precisamente por eso resulta tan difícil aceptar que quienes en numerosas ocasiones han mostrado escaso aprecio por esa tradición pretendan ahora presentarse como defensores de la misma cuando las circunstancias políticas lo aconsejan.


La fe no puede utilizarse como maquillaje institucional.


La religión no puede convertirse en un simple escenario para una fotografía oficial.


Y las ceremonias religiosas no deberían transformarse en instrumentos de marketing político.


Los españoles tienen derecho a preguntarse si detrás de determinadas imágenes existe una convicción sincera o simplemente una calculada operación de comunicación.


Porque la coherencia sigue siendo una de las virtudes más escasas en la política contemporánea. Sobre todo en un ejecutivo que prefiere ceremonias laicas y tenidas masónicas, antes que ceremonias católicas, un ejecutivo con ministros como Óscar Puente que llama Brujos a sacerdotes por bendecir un tren de alta velocidad. Un ejecutivo cuyo partido mayoritario fue el responsable de la persecución religiosa en España, con cerca de 7000 religiosos asesinados. La foto junto al Papá en una ceremonia católica, es un insulto a la inteligencia y sobre todo a los católicos.


Y cuando la distancia entre los hechos y las fotografías se vuelve demasiado grande, la ciudadanía termina percibiendo que aquello que se presenta como respeto es, en realidad, pura escenografía.


La fe puede inspirar a las personas.


Lo que no debería inspirar nunca es una campaña de imagen.


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