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1964: Cuando Estados Unidos descubría los derechos civiles y España ya no necesitaba aprender esa lección

1964: Cuando Estados Unidos descubría los derechos civiles y España ya no necesitaba aprender esa lección
porJavier Garcia Isac
opinion

La opinión de Javier García Isac

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El 2 de julio de 1964, el presidente estadounidense Lyndon B. Johnson firmaba la histórica Ley de Derechos Civiles. Una legislación fundamental que prohibía la discriminación por motivos de raza, color, religión u origen nacional y que pretendía poner fin, al menos jurídicamente, a una realidad vergonzosa: la segregación racial que todavía imperaba en buena parte de Estados Unidos.

Aquella ley culminaba un proceso impulsado durante la presidencia de John F. Kennedy, asesinado apenas unos meses antes. Fue uno de los grandes hitos legislativos del siglo XX norteamericano y una prueba evidente de que, en pleno año 1964, la nación que hoy pretende dar lecciones de moral al mundo seguía luchando contra una realidad que en muchos lugares resultaba escandalosa: escuelas separadas para blancos y negros, restricciones al voto, discriminación institucionalizada y una fractura racial que tardaría décadas en empezar a cerrarse. Aunque el presidente que desarrolló esa norma y la puso en práctica, fue sin lugar a dudas Richard Nixon.


Conviene recordar esta efeméride porque nos ayuda a desmontar muchas de las falsedades históricas que hoy nos llegan importadas desde Estados Unidos bajo la etiqueta del progresismo, el multiculturalismo y las políticas wok.

Porque mientras hoy se intenta presentar a España como una nación racista, opresora y culpable de todos los males imaginables, la realidad histórica es muy diferente.

España nunca conoció una segregación racial comparable a la norteamericana. Jamás existieron autobuses para blancos y para negros. Nunca hubo universidades separadas por razón de raza. Nunca se prohibió votar a una persona por el color de su piel. Nunca existieron leyes equivalentes a las denominadas "Jim Crow" que durante décadas marcaron la vida de millones de ciudadanos estadounidenses.

Es más, mientras Estados Unidos mantenía todavía la segregación racial bien entrado el siglo XX, España llevaba siglos desarrollando una realidad completamente distinta en América.


La obra de la Hispanidad no fue una empresa de exterminio racial, sino de integración. Los españoles no fueron a América a crear reservas para los indígenas ni a construir sistemas de apartheid. Fueron a fundar ciudades, universidades, hospitales, catedrales y estructuras políticas que incorporaron a millones de personas a una misma comunidad cultural y espiritual.

Por supuesto que hubo errores, abusos y episodios condenables. Como en cualquier empresa humana de semejante magnitud. Pero reducir tres siglos de presencia española en América a una caricatura colonial es una manipulación histórica de dimensiones gigantescas.

Mientras el mundo anglosajón construía imperios basados frecuentemente en la separación racial, España desarrolló una civilización mestiza. Esa es precisamente la gran diferencia que hoy muchos intentan ocultar.

Resulta paradójico que quienes exigen a España pedir perdón por la evangelización de América guarden silencio sobre los verdaderos sistemas de segregación racial que existieron en otras partes del mundo occidental hasta fechas sorprendentemente recientes.


La Ley de Derechos Civiles de 1964 fue necesaria porque Estados Unidos tenía un problema gravísimo que resolver. Y merece reconocimiento que lo resolviera mediante reformas democráticas y constitucionales. Pero precisamente por eso debería servirnos para recordar que no todas las historias nacionales son iguales.

Hoy asistimos a una nueva forma de revisionismo histórico. Desde universidades, medios de comunicación y organismos internacionales se exporta una visión del mundo nacida en los conflictos raciales norteamericanos. Una visión que divide a las sociedades entre opresores y oprimidos, entre culpables hereditarios y víctimas permanentes.

Ese modelo, importado sin reflexión, está generando más enfrentamiento que convivencia. Se nos habla constantemente de racismo estructural, privilegios históricos y deudas colectivas, incluso en países donde esas categorías apenas tienen sentido histórico.

España no necesita importar los complejos de Estados Unidos.

Nuestra historia es distinta. Nuestra relación con América fue distinta. Nuestra concepción de la comunidad política fue distinta.

La Hispanidad constituye probablemente la mayor obra evangelizadora, cultural y civilizadora de la historia moderna. Un espacio común que hoy comparten cientos de millones de personas a ambos lados del Atlántico, unidas por una lengua, una cultura y una herencia espiritual compartidas.

Por eso, cuando algunos exigen que España pida perdón por su pasado, conviene recordar efemérides como la del 2 de julio de 1964.


No para negar los problemas que tuvo Estados Unidos ni para despreciar los avances que supuso aquella ley, sino para poner las cosas en perspectiva.

Porque mientras algunos pretenden reescribir la historia de España desde los prejuicios ideológicos de nuestro tiempo, los hechos siguen siendo tozudos.

Y los hechos nos recuerdan que quienes hoy pretenden dar lecciones universales de moral fueron precisamente quienes tuvieron que esperar hasta 1964 para reconocer legalmente unos derechos civiles básicos que en otros lugares jamás habían sido negados por razones raciales de la misma manera.


La historia debe servir para comprender el pasado, no para fabricar culpabilidades colectivas. Y mucho menos para obligar a España a pedir perdón por haber llevado a América una civilización que, con sus muchas luces y algunas sombras, contribuyó decisivamente a construir el mundo hispánico que hoy compartimos más de seiscientos millones de personas.


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