Hay decisiones políticas que no son casuales. Hay gestos que no son diplomacia, sino declaración de intenciones. Y hay viajes que no son agenda internacional, sino auténticos posicionamientos ideológicos. Lo que estamos viendo con Pedro Sánchez y su insistente acercamiento a China no es una anécdota: es un modelo.
Un modelo peligroso.
Cuatro viajes a China en tres años: algo más que diplomacia
No hablamos de una visita puntual. Hablamos de una estrategia continuada. Sánchez ha viajado a China cuatro veces en apenas tres años, algo sin precedentes entre líderes occidentales recientes
En esos viajes se ha reunido con Xi Jinping, ha reforzado relaciones económicas, ha pedido a China que lidere el nuevo orden mundial y ha llegado a tratar al régimen comunista como un aliado estratégico más que un rival.
No es diplomacia. Es alineamiento.
Porque mientras otros países occidentales miran a China con cautela —por su falta de libertades, su control social o su expansión geopolítica— el Gobierno de España parece mirar a Pekín con admiración.
El hilo conductor: Zapatero, el gran intermediario
Detrás de esta estrategia hay una figura clave: José Luis Rodríguez Zapatero.
Zapatero no solo fue el impulsor inicial de las relaciones con China. Hoy actúa como intermediario, lobista y puente político y empresarial entre el Gobierno español y el régimen chino
Ha participado en la organización de encuentros, ha facilitado contactos con empresas chinas y lidera estructuras como el Consejo de Cooperación Europa-China, financiadas en parte por intereses del propio gigante asiático.
El mismo Zapatero que durante años actuó como defensor del régimen venezolano, hoy aparece como el gran valedor del modelo chino en Europa.
Cambia el escenario, pero no el patrón: siempre al lado de los regímenes más cuestionados.
La izquierda española y la fascinación por el modelo chino
Y Zapatero no está solo.
El ex vicepresidente Pablo Iglesias ha llegado a hablar abiertamente del “éxito” del modelo chino. Un modelo que combina:
Control absoluto del ciudadano.
Vigilancia masiva.
Restricción de libertades políticas.
Censura informativa.
Partido único.
Un sistema donde el Estado decide quién prospera y quién desaparece. Donde el individuo no es ciudadano, sino súbdito.
Y eso, lejos de ser criticado, es presentado por parte de la izquierda como una alternativa válida.
China: el modelo que no se quiere contar







