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El PSOE y la gran mentira: cuando nadie sabía nada, pero todos estaban dentro

El PSOE y la gran mentira: cuando nadie sabía nada, pero todos estaban dentro
Pedro Sánchez
porJavier Garcia Isac
opinion

La opinión de Javier García Isac de hoy, viernes 24 de abril de 2026

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En el Partido Socialista, cuando estalla el escándalo, nadie conoce a nadie. Nadie sabía nada. Nadie estaba allí. Nadie firmó. Nadie cobró. Y, sin embargo, el dinero circulaba, las decisiones se tomaban y el poder se ejercía. El llamado “caso de las mascarillas” no es un hecho aislado: es, sencillamente, una nueva pieza de un engranaje mucho más profundo. Un sistema.


Hay algo que define al Partido Socialista mejor que cualquier programa político, mejor que cualquier sigla o cualquier discurso grandilocuente sobre progreso o derechos sociales: su capacidad para fingir amnesia colectiva cuando la corrupción llama a la puerta.

Lo hemos visto estos días con crudeza. El llamado juicio de las mascarillas —mal llamado, porque aquí no estamos ante una simple irregularidad en la compra de material sanitario, sino ante una trama estructural— está dejando al descubierto algo mucho más grave: un modelo de funcionamiento.

Un modelo en el que el dinero fluye. En el que unos entregan y otros recogen. En el que unos callan y otros miran hacia otro lado. Y, sobre todo, un modelo en el que, cuando todo sale a la luz, se activa el mecanismo de defensa: “yo no sabía nada”.


De repente, José Luis Ábalos —quien fuera número dos del partido, ministro, secretario de Organización y hombre de máxima confianza de Pedro Sánchez— pasa a ser poco menos que un espontáneo. Un personaje marginal. Un accidente. Casi un “pequeño Nicolás” infiltrado en el poder.

Pero, ¿de verdad pretenden que los españoles crean eso?

¿De verdad alguien puede sostener que un hombre que fue clave para aupar a Pedro Sánchez a la Secretaría General del PSOE, que organizó su estructura territorial, que manejó los resortes del partido y del Gobierno, no pintaba nada?


Ábalos no es una anomalía.

Ábalos es el sistema.

Y lo mismo ocurre con todo lo que estamos conociendo. El dinero en efectivo que iba y venía. Las declaraciones que apuntan a entregas periódicas. Los movimientos opacos. Las redes clientelares. Todo encaja demasiado bien como para ser casualidad.

Esto no es un caso aislado.

Esto no es una desviación.

Esto no es una excepción.

Esto es continuidad histórica.

Porque el PSOE de Pedro Sánchez no es un partido nuevo, ni regenerado, ni distinto. Es heredero directo de una forma de hacer política que viene de lejos. Muy lejos.

Desde los tiempos de los GAL, pasando por Filesa, Malesa, Time-Export, los ERE de Andalucía, hasta llegar a las tramas actuales, siempre el mismo patrón: utilización del poder para beneficio propio, estructuras paralelas, financiación opaca y, cuando se descubre, el silencio o la negación.


Un partido que presume de su historia, pero que olvida convenientemente sus episodios más oscuros.

Un partido que se envuelve en la bandera de la democracia mientras erosiona sus pilares desde dentro.

Y ahora, cuando las piezas empiezan a encajar, cuando las declaraciones apuntan a un sistema organizado de circulación de dinero, lo que vemos no es colaboración con la justicia, sino distracción.

Nos hablan de aborto.

Nos hablan de regularizaciones masivas.

Nos hablan de cualquier cosa… menos de lo que realmente importa.

Es la vieja táctica del trilero: mover la atención para que nadie mire donde está el truco.

Pero España ya ha visto esta película demasiadas veces.

Y la pregunta que empieza a abrirse paso, incómoda pero inevitable, es la siguiente:

¿qué ocurre si no estamos ante casos aislados, sino ante un modelo estructural de financiación irregular?

Porque si eso se confirma —y hay evidencias cada vez más claras de que así podría ser— ya no estaríamos hablando de responsabilidades individuales.

Estaríamos hablando de responsabilidades colectivas.

De un partido que habría utilizado el poder no para servir a los ciudadanos, sino para sostenerse a sí mismo mediante mecanismos opacos.

Y entonces el debate dejaría de ser político para convertirse en algo mucho más serio:

un debate jurídico, institucional y moral.

¿Puede un partido que se financia ilegalmente seguir gobernando?

¿Puede una organización que habría pervertido las reglas del sistema seguir formando parte de él?

¿Puede una democracia tolerar que quienes la dirigen estén bajo sospecha permanente?

La respuesta, en cualquier país serio, sería clara.

Pero en España, de momento, seguimos instalados en la anestesia.

Mientras tanto, el PSOE continúa actuando como si nada ocurriera. Como si todo fuera una invención. Como si la corrupción fuera siempre cosa de otros, hasta que deja de serlo.

Y cuando deja de serlo, entonces nadie sabe nada.

Nadie conoce a nadie.

Nadie estaba allí.

Pero el dinero, ese sí, siempre aparece.

Y cada vez con más fuerza, con más claridad y con más pruebas, empieza a dibujar una realidad incómoda:

que lo que estamos viendo no es el final de un caso…

sino apenas la punta del iceberg de algo mucho más profundo.

Un sistema.

Una forma de hacer política.

Y, sobre todo, una historia que, por desgracia, se repite. Sin lugar a dudas, el Partido Socialista es el partido más criminal y corrupto de la historia de España.


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