En el Partido Socialista, cuando estalla el escándalo, nadie conoce a nadie. Nadie sabía nada. Nadie estaba allí. Nadie firmó. Nadie cobró. Y, sin embargo, el dinero circulaba, las decisiones se tomaban y el poder se ejercía. El llamado “caso de las mascarillas” no es un hecho aislado: es, sencillamente, una nueva pieza de un engranaje mucho más profundo. Un sistema.
Hay algo que define al Partido Socialista mejor que cualquier programa político, mejor que cualquier sigla o cualquier discurso grandilocuente sobre progreso o derechos sociales: su capacidad para fingir amnesia colectiva cuando la corrupción llama a la puerta.
Lo hemos visto estos días con crudeza. El llamado juicio de las mascarillas —mal llamado, porque aquí no estamos ante una simple irregularidad en la compra de material sanitario, sino ante una trama estructural— está dejando al descubierto algo mucho más grave: un modelo de funcionamiento.
Un modelo en el que el dinero fluye. En el que unos entregan y otros recogen. En el que unos callan y otros miran hacia otro lado. Y, sobre todo, un modelo en el que, cuando todo sale a la luz, se activa el mecanismo de defensa: “yo no sabía nada”.
De repente, José Luis Ábalos —quien fuera número dos del partido, ministro, secretario de Organización y hombre de máxima confianza de Pedro Sánchez— pasa a ser poco menos que un espontáneo. Un personaje marginal. Un accidente. Casi un “pequeño Nicolás” infiltrado en el poder.
Pero, ¿de verdad pretenden que los españoles crean eso?
¿De verdad alguien puede sostener que un hombre que fue clave para aupar a Pedro Sánchez a la Secretaría General del PSOE, que organizó su estructura territorial, que manejó los resortes del partido y del Gobierno, no pintaba nada?
Ábalos no es una anomalía.
Ábalos es el sistema.
Y lo mismo ocurre con todo lo que estamos conociendo. El dinero en efectivo que iba y venía. Las declaraciones que apuntan a entregas periódicas. Los movimientos opacos. Las redes clientelares. Todo encaja demasiado bien como para ser casualidad.
Esto no es un caso aislado.
Esto no es una desviación.
Esto no es una excepción.
Esto es continuidad histórica.
Porque el PSOE de Pedro Sánchez no es un partido nuevo, ni regenerado, ni distinto. Es heredero directo de una forma de hacer política que viene de lejos. Muy lejos.
Desde los tiempos de los GAL, pasando por Filesa, Malesa, Time-Export, los ERE de Andalucía, hasta llegar a las tramas actuales, siempre el mismo patrón: utilización del poder para beneficio propio, estructuras paralelas, financiación opaca y, cuando se descubre, el silencio o la negación.
Un partido que presume de su historia, pero que olvida convenientemente sus episodios más oscuros.
Un partido que se envuelve en la bandera de la democracia mientras erosiona sus pilares desde dentro.
Y ahora, cuando las piezas empiezan a encajar, cuando las declaraciones apuntan a un sistema organizado de circulación de dinero, lo que vemos no es colaboración con la justicia, sino distracción.
Nos hablan de aborto.
Nos hablan de regularizaciones masivas.







