Hay conceptos que en cualquier nación seria entrarían dentro de la más absoluta normalidad, pero que en España, por culpa de décadas de complejos, propaganda ideológica y una clase política entregada al globalismo, se convierten en motivo de escándalo. Uno de ellos es la llamada prioridad nacional, término puesto sobre la mesa por Santiago Abascal y Vox, aunque en realidad no debería pertenecer a ningún partido, sino al sentido común.
Porque, ¿qué significa prioridad nacional? Muy sencillo: que en España, los españoles deben ser la prioridad de las políticas públicas. Que las ayudas sociales, el acceso a la vivienda pública, las becas, los recursos sanitarios o las políticas familiares deben pensar primero en quienes sostienen el país con sus impuestos, su trabajo y su esfuerzo. Nada más revolucionario hoy que defender lo evidente.
Lo normal convertido en herejía
En cualquier hogar se entiende perfectamente. Un padre y una madre cuidan primero de sus hijos. Una familia atiende primero sus necesidades básicas antes de repartir lo que no tiene. Una empresa protege primero a sus trabajadores antes de embarcarse en aventuras externas. Y un Estado responsable debería hacer exactamente lo mismo con sus ciudadanos.
Sin embargo, en España decir “primero los españoles” provoca histeria en tertulias, editoriales y despachos ministeriales. Los mismos que no ven problema en regalar recursos públicos a quien acaba de llegar, montan en cólera si alguien recuerda que hay pensionistas que no llegan a fin de mes, jóvenes sin vivienda, autónomos asfixiados, familias numerosas abandonadas o agricultores arruinados.
La prioridad nacional no es xenofobia. No es odio. No es rechazo al extranjero. Es justicia política. Es poner orden en las obligaciones de un Estado.
El ejemplo de la mascarilla en el avión
Durante años nos repitieron en los aviones una imagen muy clara: en caso de emergencia, póngase usted primero la mascarilla de oxígeno y después ayude al de al lado. ¿Por qué? Porque si usted se desploma, no podrá ayudar a nadie.
Eso mismo sucede con una nación.
Si España no protege a sus trabajadores, si no garantiza natalidad, seguridad, vivienda y prosperidad a sus ciudadanos, si no fortalece sus servicios públicos y su tejido productivo, ¿cómo pretende luego sostener políticas exteriores generosas o absorber flujos migratorios sin límite?
Primero hay que ponerse la mascarilla nacional. Primero asegurar a los españoles. Después, desde la fortaleza, se ayuda a otros.
El mundo al revés
Vivimos tiempos absurdos. Se pita o se desprecia el himno nacional y se aplaude como libertad de expresión. Pero se cuestiona cualquier medida que defienda a los españoles y se la tacha de extremismo.
Se ha instalado una moral perversa donde parece más noble preocuparse por cualquiera que por los tuyos. Donde defender la frontera es malo, pero abrirla sin control es solidario. Donde exigir reciprocidad es insolidario, pero castigar fiscalmente al que produce es progresista.
Ese mundo al revés solo beneficia a quienes quieren una España débil, culpabilizada y sin conciencia de sí misma.
Extremadura y el debate que viene
Que en Extremadura se haya puesto sobre la mesa un acuerdo entre Partido Popular y Vox donde aparezca el concepto de prioridad nacional demuestra que el debate ya no puede esconderse.







