Su fallecimiento no supone únicamente la desaparición de uno de los mejores boxeadores que ha dado España; supone también el adiós a toda una generación de hombres
Hay hombres que trascienden el deporte y terminan formando parte de la memoria sentimental de un país. José Legrá, el inmenso Pepe Legrá, era uno de ellos. Su fallecimiento no supone únicamente la desaparición de uno de los mejores boxeadores que ha dado España; supone también el adiós a toda una generación de hombres que hicieron del sacrificio, del esfuerzo y del honor una forma de vida.
Con Pepe Legrá se marcha una leyenda. Un campeón del mundo. Un deportista irrepetible. Pero también se nos escapa un símbolo de aquella España que aprendía a levantarse golpe a golpe, dentro y fuera del cuadrilátero.
Nacido en Cuba, encontró en España una segunda patria. Aquí fue acogido, aquí construyó su carrera deportiva y aquí alcanzó la gloria. España le dio una oportunidad y él respondió de la mejor manera posible: llevando nuestro nombre por todos los rincones del mundo. Nunca renegó de la nación que le abrió las puertas. Al contrario. Siempre la defendió con orgullo.
Cuando conquistó el Campeonato del Mundo del peso pluma, dedicó aquel histórico triunfo al entonces Jefe del Estado, Francisco Franco, un gesto que hoy algunos pretenderían borrar o silenciar porque no encaja con el relato oficial. Pero la historia no puede escribirse eliminando aquello que resulta incómodo. Aquella dedicatoria existió y formó parte de una época concreta de nuestra historia. Pepe Legrá jamás escondió su agradecimiento hacia la España que le permitió convertirse en campeón.
Más allá de cualquier consideración política, lo verdaderamente importante es recordar que representó como pocos los valores del deporte: disciplina, humildad, sacrificio y espíritu de superación.
Quienes tuvimos la fortuna de vivir aquella época, aunque fuéramos unos niños, recordamos perfectamente lo que significaba una gran velada de boxeo. Los pabellones se llenaban. El antiguo Palacio de los Deportes vibraba. El Campo del Gas respiraba boxeo por los cuatro costados. España se paralizaba cuando uno de los nuestros peleaba por un título mundial o simplemente por una pelea de transición.
Aquellos campeones eran auténticos ídolos populares. No salían de campañas publicitarias ni de estrategias de marketing. Eran hombres hechos a sí mismos, procedentes casi siempre de familias humildes, que encontraban en el boxeo una oportunidad para cambiar su destino.
Se decía entonces que el boxeo no dejaba sonado a nadie. Que, en realidad, quienes llegaban sonados eran muchos jóvenes marcados por la pobreza, la calle o la falta de oportunidades, y que el boxeo les enseñaba disciplina, respeto, esfuerzo y dignidad. Les daba una segunda oportunidad. Les permitía construir un futuro donde antes solo había incertidumbre.
Pepe Legrá fue el mejor ejemplo de todo ello.
Junto a él brilló una generación extraordinaria. Pedro Carrasco, Manuel Durán, José Hernández, Perico Fernández, Urtain, Evangelista y tantos otros que hicieron del boxeo español una referencia internacional. Cada combate era seguido con pasión. Cada victoria se celebraba como un triunfo colectivo. Aquellos campeones peleaban fuera de nuestras fronteras llevando consigo el nombre de España y regresaban convertidos en héroes populares.
Hoy vivimos tiempos muy distintos. El deporte ha cambiado. También la sociedad. Quizá hemos perdido parte de aquella capacidad para admirar a quienes llegaban a la cima únicamente gracias a su esfuerzo personal. Aquellos boxeadores representaban una cultura del mérito que hoy parece cada vez más olvidada.
Pepe Legrá jamás necesitó artificios para convertirse en leyenda. Le bastaban unos guantes, un ring y un corazón inmenso. Mujeriego empedernido, vivió una vida sin freno, generoso hasta límites insospechados y confiado más veces de lo deseado, cuestión que le llevó varias veces a la ruina. Tuve el honor de conocerlo ya retirado y eso es algo difícil de olvidar.
Su sonrisa era tan conocida como su velocidad sobre el cuadrilátero. Su elegancia boxeando contrastaba con la dureza de una vida que nunca fue fácil. Cada combate era una lección de entrega. Cada victoria pertenecía también a todos aquellos españoles que encontraban en él un motivo de orgullo.
Despedimos a un campeón del mundo. Pero también despedimos una forma de entender el deporte y, en cierto modo, una manera de entender la vida.
Descansa en paz, Pepe Legrá.
Gracias por tantos combates inolvidables. Gracias por representar a España con honor allí donde peleaste. Gracias por recordarnos que el verdadero campeón no es únicamente quien levanta un cinturón, sino quien jamás deja de luchar.
Con tu marcha se apaga una de las grandes luces del boxeo español, pero tu nombre seguirá formando parte de la historia de nuestro deporte y del recuerdo agradecido de quienes todavía creemos que hubo una época en la que los campeones se forjaban con sacrificio, humildad y orgullo.
Porque mientras exista alguien que recuerde aquellas noches mágicas de boxeo, mientras alguien evoque las ovaciones del Palacio de los Deportes o del Campo del Gas, mientras alguien pronuncie tu nombre con admiración, Pepe Legrá seguirá subiéndose al ring para ganar, una vez más, el combate contra el olvido.