De enterrar a un compañero asesinado por ETA a señalar periodistas desde la tribuna del Congreso. La trayectoria de Patxi López simboliza la deriva moral de un sistema que hoy se sostiene sobre los herederos del terror y utiliza las instituciones para amordazar la disidencia.
Patxi López o la degradación moral del Parlamento
España atraviesa uno de los momentos más preocupantes de su historia reciente. No por una crisis económica o una amenaza exterior, sino por algo mucho más profundo: la degradación moral de sus instituciones.
Y si hay un nombre que hoy encarna esa decadencia, ese vaciamiento ético del poder, es el de Patxi López.
No hablamos de un político irrelevante. Hablamos de quien fue lehendakari del País Vasco gracias al apoyo del Partido Popular en uno de los momentos más duros de nuestra historia. De quien, en teoría, representaba la dignidad frente al terror de ETA.
Pero lo que vemos hoy es la caricatura de aquello.
De la dignidad al cinismo político
Hay imágenes que quedan grabadas para siempre. Una de ellas es la de Patxi López dando el último adiós a su compañero Isaías Carrasco, asesinado por la barbarie terrorista.
Aquella escena simbolizaba el dolor, la resistencia, la dignidad de un país que se negaba a rendirse.
Pero el tiempo ha demostrado que algunos no resistieron.
Porque ese mismo Patxi López ha terminado blanqueando, legitimando y conviviendo políticamente con quienes jamás han condenado de forma sincera aquellos crímenes. Con quienes hoy son socios preferentes del Gobierno de España.
Y conviene decirlo alto y claro: no fue ETA quien se rindió.
Fue el Estado.
El mamporrero del sanchismo
Hoy, Patxi López no es más que un engranaje al servicio de Pedro Sánchez. Un portavoz disciplinado cuyo papel no es defender ideas, sino atacar al disidente.
Su intervención reciente en el Congreso no fue un exceso puntual. Fue la confirmación de un patrón.
El uso de la tribuna parlamentaria para señalar periodistas. Para acusar, insultar y poner en la diana a quienes no siguen el relato oficial. Para convertir el Parlamento en un espacio de intimidación.
Eso no es política.
Eso es otra cosa.
El Congreso como instrumento de control
Y todo esto ocurre con la complicidad activa de quien debería impedirlo: la Presidente del Congreso, Paca Armengol.
Porque el problema no es solo lo que se dice, sino lo que se permite.
Hemos visto cómo se llama al orden a diputados por expresiones menores, cómo se les silencia, cómo se les corta la palabra. Pero cuando se trata de señalar periodistas o de atacar a la prensa incómoda, el silencio de la Presidencia es absoluto.
No es neutralidad.
Es complicidad.
Es el uso partidista de una institución que debería ser garante de la pluralidad.







