Hay nombres que el paso del tiempo no consigue borrar. Podrán ser silenciados, podrán ser incómodos para el relato oficial, podrán ser condenados al olvido por quienes pretenden escribir una historia amputada de una parte de los españoles, pero siempre terminan regresando. Porque la historia, por mucho que algunos intenten manipularla, acaba imponiéndose.
El 24 de julio de 1936, apenas unos días después del comienzo del Alzamiento Nacional, caía abatido en las cercanías de Labajos (Segovia) Onésimo Redondo Ortega. Tenía tan solo treinta y un años. Había salido de la prisión de Ávila tras el inicio del levantamiento y, lejos de buscar refugio o seguridad, decidió incorporarse inmediatamente a quienes combatían en el frente. Su vida terminó en un enfrentamiento armado cuando el vehículo en el que viajaba se encontró con una columna republicana, en un episodio del que han existido distintas versiones históricas, pero cuyo desenlace fue el mismo: la muerte de uno de los fundadores del nacional-sindicalismo español.
Hoy, noventa años después, apenas se le recuerda fuera de determinados círculos. Y eso, en mi opinión, no es casualidad.
Vivimos en una España donde abundan las calles dedicadas a revolucionarios extranjeros, donde se homenajea a personajes cuya trayectoria estuvo ligada a la violencia política de la izquierda, donde se blanquean episodios protagonizados por organizaciones terroristas, pero donde recordar a quienes combatieron en el otro bando sigue siendo considerado poco menos que un delito moral.
No comparto esa forma de entender la historia.
Creo que un país maduro debe ser capaz de recordar a todos sus muertos, y sobre todo, a todo sus héroes que como Onésimo Redondo, entregaron su vida por una España mejor, capaz de estudiar a todos sus protagonistas y de comprender las circunstancias dramáticas que llevaron a miles de españoles a enfrentarse entre sí.
Onésimo Redondo fue una figura decisiva dentro del sindicalismo revolucionaria de la Segunda República. Junto a Ramiro Ledesma y posteriormente junto a José Antonio Primo de Rivera impulsó un movimiento político que aspiraba a transformar España desde posiciones nacional-sindicalistas. Fue un hombre profundamente comprometido con sus ideas y extraordinariamente activo en los años previos a la Guerra Civil.
Podrá discutirse su pensamiento, podrán analizarse críticamente sus escritos, podrá discreparse de sus propuestas políticas. Todo eso forma parte del debate histórico.
Lo que no debería hacerse es intentar borrarlo de la memoria colectiva.
Porque eliminar nombres, destruir monumentos o censurar biografías nunca ha servido para comprender mejor el pasado.
Al contrario.
Solo consigue empobrecerlo.
España atraviesa desde hace años una auténtica guerra contra su propia memoria. Se decide qué muertos merecen respeto y cuáles deben desaparecer del recuerdo. Se dictan leyes que pretenden imponer una única interpretación del pasado y se castiga moralmente a quien se aparta de esa versión oficial.
Yo siempre he defendido que la historia debe estudiarse, no legislarse.
Y precisamente por eso considero necesario recordar y reivindicar, hoy a Onésimo Redondo.
No para reabrir heridas.
No para alimentar enfrentamientos.
Sino para reivindicar el derecho a conocer toda nuestra historia.
Onésimo murió convencido de estar luchando por la España en la que creía. Esa convicción, compartida o no, forma parte de nuestra historia nacional. Su muerte fue uno de los primeros golpes que sufrió Falange durante los primeros días de la Guerra Civil y convirtió su figura en un símbolo para muchos de quienes combatían en el bando sublevado, en una contienda civil provocado por el partido que hoy nos gobierna, por el PSOE.
Resulta llamativo que hoy se hable constantemente de memoria democrática mientras se practica una memoria selectiva.
La auténtica memoria consiste en recordar.
No únicamente la que resulta útil políticamente.
No únicamente la que sirve para dividir a los españoles.
Cada 24 de julio merece la pena detenerse unos minutos para recordar a aquel joven castellano que decidió ponerse al frente de los suyos sabiendo perfectamente el riesgo que corría.
Su vida terminó demasiado pronto.
Pero su nombre sigue formando parte de la historia de España.
Y la historia, aunque algunos se empeñen en reescribirla, siempre termina sobreviviendo a quienes intentan censurarla.
Porque los pueblos que olvidan deliberadamente una parte de su pasado acaban perdiendo también una parte de su identidad.
Recordar a Onésimo Redondo no obliga a compartir sus ideas.
Obliga únicamente a reconocer que existió, que desempeñó un papel relevante en una de las etapas más dramáticas de nuestra historia y que murió apenas unos días después del comienzo de una guerra que marcaría para siempre el destino de España.
Y esa memoria, como todas las memorias, merece ser conocida, estudiada y respetada.