Hoy, noventa años después, apenas se le recuerda fuera de determinados círculos. Y eso, en mi opinión, no es casualidad.
Vivimos en una España donde abundan las calles dedicadas a revolucionarios extranjeros, donde se homenajea a personajes cuya trayectoria estuvo ligada a la violencia política de la izquierda, donde se blanquean episodios protagonizados por organizaciones terroristas, pero donde recordar a quienes combatieron en el otro bando sigue siendo considerado poco menos que un delito moral.
No comparto esa forma de entender la historia.
Creo que un país maduro debe ser capaz de recordar a todos sus muertos, y sobre todo, a todo sus héroes que como Onésimo Redondo, entregaron su vida por una España mejor, capaz de estudiar a todos sus protagonistas y de comprender las circunstancias dramáticas que llevaron a miles de españoles a enfrentarse entre sí.
Onésimo Redondo fue una figura decisiva dentro del sindicalismo revolucionaria de la Segunda República. Junto a Ramiro Ledesma y posteriormente junto a José Antonio Primo de Rivera impulsó un movimiento político que aspiraba a transformar España desde posiciones nacional-sindicalistas. Fue un hombre profundamente comprometido con sus ideas y extraordinariamente activo en los años previos a la Guerra Civil.
Podrá discutirse su pensamiento, podrán analizarse críticamente sus escritos, podrá discreparse de sus propuestas políticas. Todo eso forma parte del debate histórico.
Lo que no debería hacerse es intentar borrarlo de la memoria colectiva.
Porque eliminar nombres, destruir monumentos o censurar biografías nunca ha servido para comprender mejor el pasado.
Al contrario.
Solo consigue empobrecerlo.
España atraviesa desde hace años una auténtica guerra contra su propia memoria. Se decide qué muertos merecen respeto y cuáles deben desaparecer del recuerdo. Se dictan leyes que pretenden imponer una única interpretación del pasado y se castiga moralmente a quien se aparta de esa versión oficial.
Yo siempre he defendido que la historia debe estudiarse, no legislarse.
Y precisamente por eso considero necesario recordar y reivindicar, hoy a Onésimo Redondo.
No para reabrir heridas.